Máximo Pradera toma té rojo con leche en la terraza de un bar, en un parque de Pozuelo de Alarcón. Le he pedido una música a la que haya acudido últimamente como refugio. Busca un disco de Bach.
—Vamos a hacerlo al revés, te lo voy a pasar.
Busca cómo me tiene guardado en WhatsApp y me anuncia que ya tengo el enlace. La lista se titula Bach Marriner y aparece a nombre de Max Pradera. El disco había sido una recomendación para su compañero de radio Jesús Trujillo.
Lo dirige Neville Marriner, con la Academy of St Martin in the Fields. Los conciertos son reconstrucciones de Christopher Hogwood. Mi pregunta sobre gustos acaba de adquirir obligaciones de estudio.
A Pradera le gusta que la música parezca estar naciendo mientras se escucha, con la libertad de una improvisación. Marriner encuentra la velocidad que él considera justa.
—Creo que la velocidad a la que se cuentan las historias modifica las historias.
Habla de unas sinfonías juveniles de Mozart, vuelve a Bach, compara interpretaciones.
Aquel disco circulaba por su casa durante la adolescencia. Lo había comprado su madre, Gabriela Sánchez Ferlosio. Recordarlo le devuelve a una época en la que estaba matriculado en Filología Hispánica y no sabía muy bien qué hacer con su existencia. La música era una posibilidad. También era una ayuda. Al principio, mientras evoca, mira hacia el horizonte.
Había pasado una adolescencia aislada, encerrado en sí mismo. Dice «rumiación». Acudió a unos terapeutas argentinos para salir de aquello.
—Psicoanálisis —aventuro.
—Psicoterapia más que psicoanálisis.
Cuenta que consiguieron ayudarlo. Cuando intento conducir la explicación musical hacia la teoría de los afectos, precisa de nuevo qué fue importante para él.
—Lo que me consuela de Bach es que te ordena la cabeza.
Su padre, Javier Pradera, disfrutaba con Chaikovski, pero algunos de sus amigos melómanos preferían repertorios menos accesibles. Le había entrado complejo de disfrutar tanto con unas melodías que se dejaban escuchar con tanta facilidad.
Al recordar la historia, digo que a su padre no le gustaba Chaikovski por ser demasiado accesible.
—No, al revés.
Le gustaba. Lo que tenía era complejo.
—Y yo le quité el complejo.
En una familia de tanta autoridad intelectual, el hijo había encontrado una ocasión para conceder permiso.
Le pregunto qué cosa simple le gusta a él.
—Pues Wham, por ejemplo.
Ha dedicado una parte de su trabajo a llevar a otros hacia músicas que ya conocían o todavía no sabían reconocer. Entre sus títulos están Este burdel no es una ópera, ¿De qué me suena eso? y Tócala otra vez, Bach. La divulgación lleva años intentando que el conservatorio tolere una puerta de servicio.
Antes había tocado música antigua en Atrium Musicae. Al explicar en una entrevista de 2022 por qué renunció a ser intérprete, lo atribuyó a la falta de talento. La oportunidad de entrar en Radio El País le ofreció otro trabajo para aquel conocimiento. Vinieron LoQueYoTeDiga, los guiones de televisión y los seis años de Lo + Plus. Bajo el nombre de Joseph Gelinek escribió novelas de misterio musical; con su propio nombre, dos variaciones sobre Sherlock Holmes. Se ha ganado la vida explicando, preguntando, escribiendo y haciendo que otros hablen.
Pradera cuenta que no había sido el elegido inicial para copresentar. En las pruebas ocupaba el lugar del telefonista, que después tendría Chus Lampreave. Habían probado con Enric Calpena. Cuando lo probaron a él, funcionó. Había hecho muchas entrevistas y sabía hacerlas en el tono que buscaban.
En televisión, la impertinencia tenía una función acordada. Lo + Plus distribuía los papeles entre Fernando Schwartz y él: al mayor le correspondía la diplomacia; el joven debía provocar. Mantener la fiesta en paz era una tarea que necesitaba también a alguien dispuesto a estropearla un poco.
«No queremos agredir, crispar a nadie», le había dicho Schwartz a Ana Llovet en 1996. A finales de aquel año, Rocío García los observó antes de entrevistar a Anthony Hopkins. Amelia Alas lo consideraba la estrella más importante que habían recibido. Pradera hizo una salvedad: Jodie Foster tenía dos Óscar.
Recuerda también un conflicto con el director del programa, a quien no aceptaba tener por encima. Invoca la edad y la experiencia. Según su relato, cuando ya consideraba demostrado que funcionaba delante de la cámara, planteó un ultimátum.
—Mira, o se va este tío o me voy yo.
Dice que cambiaron al director. Había una jerarquía que discutir y otra que él reclamaba para sí.
En 2001 aceptó una mejora económica para dejar Canal + y marcharse a Antena 3. Maldita la hora tuvo que competir con Crónicas marcianas, de Javier Sardá. En la presentación, tres días antes del estreno, pidió paciencia con los errores de los primeros programas.
Cuando le pregunto por aquella debacle, devuelve la pregunta:
—¿Cuál de ellas?
Aquel octubre, su horario lo ocupó Diario de guerra, con Ernesto Sáenz de Buruaga. La cadena aún anunciaba una emisión semanal para Pradera; al acabar el mes había cancelado definitivamente el programa.
Pradera recuerda que, después, los directivos que lo habían fichado se marcharon a Telecinco. Cuenta que se quedó en casa, sin despacho y sin acceso al ordenador, aunque seguía cobrando.
—Como el chiste de agárrate a la brocha que te quito la escalera.
Llegaron unas declaraciones en una revista de cotilleos y una disputa contractual que afirma haber ganado. Al preguntarle si aquello terminó con su etapa de presentador, dice que no consiguió recuperar aquella continuidad.
Juan Carlos Rodríguez acabó dibujando una casa cuando lo entrevistó para Magazine, de El Mundo, en 2003. La propuesta era de Pradera. Le había dado tres minutos. Cuando lo detuvo, el tejado seguía sin dibujar. El periodista le preguntó si el fracaso lo había vuelto más humilde.
«En todo caso, más prudente».
Todavía en junio de 2005 anunciaba a los lectores de El País: «Mi vuelta a la tele es inminente». Quería regresar a Lo + Plus; decía que la empresa no estaba interesada.
Cuando revisamos aquella etapa en la terraza, dice que en otra época la habría interpretado como una deuda pendiente. Después de haber hecho un programa que consideraba bueno, la vida debía concederle otro. Ahora intenta recordar primero los seis años que tuvo y que, un cuarto de siglo después, haya gente que todavía los recuerde.
Su libro de 2025 se titula El cáncer y la madre que lo parió. El exabrupto queda incorporado al nombre de la enfermedad; la solemnidad tendrá que buscar otro volumen. Después ha publicado Memorias de un nieto confuso. Habla de ambos desde una experiencia que, según cuenta, le ha permitido entender mejor qué hacer con su ego.
Divide a las personas entre acreedores y agradecidos. En el primer grupo, cualquier logro deja algo por reclamar: un trabajo mejor remunerado, un coche más grande, una pareja más guapa. La vida entrega cosas y uno encuentra la manera de considerarlas insuficientes. En el segundo, todavía es posible recibirlas como una sorpresa.
—A mí el cáncer me ha desplazado desde el lado de los acreedores al lado de los agradecidos.
Agradece no haber tenido metástasis. Agradece a los médicos. Encontró además en los estoicos una filosofía para sobrellevar aquello que no controlaba. La pone a prueba en situaciones que no requieren la proximidad de la muerte: una cola en Alcampo, un atasco. El comentario que uno se hace sobre la espera puede resultar más insoportable que la propia espera.
Pregunto por Epicteto. Lo ha leído.
—Tenía la pierna jodida.
Yo menciono su esclavitud; él recuerda el maltrato de su amo. Llevo la conversación hacia los cínicos, hacia Diógenes y la vida recibida como un regalo. Al volver a lo que esperaba él de la suya antes de enfermar, precisa:
—No solamente que la vida me debía algo, sino que continuamente tenía que estar como creciendo y buscando cosas.
La lista de Bach que me ha enviado termina con Don't Worry Be Happy, de Bobby McFerrin.
Le propongo hablar de ascetismo.
—No tanto ascetismo.
El asceta se queda en la montaña. Él es muy sociable. Hablamos de un posible concierto de música barroca y quiere saber cuándo es. Tiene interés en ir si le encaja la fecha.
La madre que compraba aquellos discos vuelve cuando hablamos de feminismo. Pradera recuerda que Gabriela y Ana Guardione fueron detenidas por manifestarse en la Puerta del Sol en solidaridad con las mujeres de los mineros asturianos. Cuenta que pasaron un mes en prisión tras negarse a pagar una multa. Al ofrecerse para asumir tareas en el PCE, les propusieron hacer ganchillo y vender las labores para recaudar fondos. En su relato, ellas mandaron al partido a la mierda y se marcharon.
—Yo he mamado el feminismo de mi madre y de Carmen Martín Gaite.
Lo contrapone al que ahora llama punitivo. Cuando pongo en duda el historial académico de Irene Montero, introduce una diferencia. Tener formación académica y ser un intelectual no le parecen la misma cosa.
—Del historial académico no me voy a burlar.
Añade que se puede comprobar. En otro momento, al hablar de Yolanda Díaz, empieza una descalificación que yo completo con «mental».
—No mental, porque es buena ministra de Trabajo.
Después cuestiona su formación intelectual.
Cuando le pregunto por el porvenir de la izquierda, responde que un dirigente debe ser siempre un intelectual. Después precisa: «en el sentido praderesco del término o ferlosiano del término». Su medida vuelve a ser la de casa: buscar la verdad y admitir errores.
Juan Carlos Monedero lo había contratado para En la frontera, donde dice que podía hablar con libertad. Atribuye a Pablo Iglesias la retirada del programa porque Monedero defendía pactos con otras fuerzas de izquierda. En enero de 2024, el presentador había anunciado el final de la emisión en Canal Red por discrepancias con su línea ideológica.
En nuestra discusión política, Pradera llama sofista a quien utiliza el lenguaje para derrotar al adversario y conservar la razón.
—Y de ahí los sofismas —digo.
Él repite la frase. Después le pregunto:
—¿Ha habido alguna vez que alguien tuviera razón, pero tú tuvieses la mejor frase?
—¿Yo?
Insisto en si siempre ha mantenido la razón frente a la demagogia. Invoca una enseñanza paterna y ferlosiana: utilizar el pensamiento para llegar a la verdad. Admite que corregirse cuesta.
—Yo tengo hasta un jingle que lo meto de vez en cuando, que se llama Me la envaino.
Su rectificación tiene sintonía.
—Si el otro tiene razón, es que tiene razón.
Con la confianza, la mirada se vuelve directa y estamos más cómodos el uno frente al otro. Empieza también a hacerme preguntas. Quiere saber dónde estudio, cuánto me falta, de dónde soy. Sus preguntas son breves y algunas de mis respuestas necesitan bastante más espacio.
Para explicar el miedo que le produce el presente busca una película. Recuerda a dos jóvenes vestidos de golfistas que llaman a una casa para pedir unos huevos. A partir de esa petición doméstica, la historia se vuelve atroz. Reconstruye el argumento hasta recuperar el título: Funny Games.
Dice que ha visto la versión de 2007, con Naomi Watts y Tim Roth. La película le sirve para hablar de una costumbre del debate público: acomodar los hechos a las opiniones.
—Eso es terrorífico.
Antes de llegar a Haneke habíamos pasado del té rojo al café: el suyo, solo y descafeinado; el mío, con cafeína. Habíamos pedido también pinchos de tortilla. El servicio se demora. Pregunto por la trabajadora que nos atiende y él pide paciencia.
—Debe ser nueva, hay que tener paciencia con ella.
Dice que puede acercarse él, que allí lo conocen. Se ocupa de recordar qué habíamos pedido.
—¿Qué pediste, un café solo?
Retrato de archivo de Máximo Pradera (2005). Imagen publicada en Wikimedia Commons por Maxplus y cedida al dominio público.
