Ideas

El poder de contar el mundo

De la redacción del New York Times a la guerra informativa: cómo se fabrica, se roba y se resiste la autoridad de quien narra el mundo.

Por AO17 min de lectura
Cubierta de El reino y el poder de Gay Talese, edición de Alfaguara de 2026

Garet Garrett llevaba un sombrero azul, un traje oscuro y el pelo blanco sobre los hombros. Gay Talese lo recordaba entrando en la tienda de su padre, en Ocean City, Nueva Jersey, donde podía quedarse durante horas hablando del mundo y de The New York Times. Su padre era uno de los pocos lectores del periódico en aquel pueblo. Lo recibía por correo con dos días de retraso.

Cuando Talese empezó a trabajar en la redacción, su padre le preguntó más de una vez si alguien mencionaba a Garrett. Talese nunca lo había oído nombrar allí. Aquel hombre, tan importante en las conversaciones de la tienda, parecía haberse borrado del lugar del que hablaba. Años después, mientras investigaba El reino y el poder, Talese encontró unos fragmentos de su diario en The American Scholar. Garrett había conocido a Adolph Ochs, el propietario que había transformado el periódico. Sus anotaciones conservaban observaciones que las historias oficiales y las entrevistas todavía no le habían proporcionado. A través de Richard C. Cornuelle, que había facilitado aquellos fragmentos a la revista, consiguió acceder al diario completo.

El viaje del periódico y el de aquellos papeles dibujan dos recorridos distintos. Las noticias salían de Nueva York hacia el pueblo; para comprender a quien había construido su autoridad, el escritor tuvo que recuperar una memoria que había conocido lejos de la redacción. La institución poseía archivos, propietarios y una tradición profesional. El padre de Talese conservaba el nombre de un hombre.

Publicado originalmente en 1969 y recuperado ahora por Alfaguara, El reino y el poder nació de un perfil de Clifton Daniel que Harold Hayes encargó a Talese para Esquire en 1966. Al terminarlo, empezó a percibir las relaciones entre Daniel, los otros directivos y quienes los habían precedido. Había dejado el Times después de una década como reportero; la distancia le permitió ver conexiones que la urgencia de trabajar allí mantenía fuera de foco. El hombre del perfil adquirió una historia institucional. La redacción, acostumbrada a convertir en noticias las vidas ajenas, podía ser investigada con la misma paciencia.

Talese reunió durante aproximadamente año y medio centenares de entrevistas, cartas, memorandos y documentos privados. Pidió a sus interlocutores que recordaran sus reacciones y sus pensamientos, además de los hechos en los que habían participado. Talese señala en la nota de autor que el periódico no revisaría el manuscrito antes de su publicación. Esa declaración permite distinguir el acceso del sometimiento: una institución podía abrir sus archivos sin recibir a cambio la facultad de cerrar el relato. La colaboración de las fuentes era imprescindible para la investigación; el juicio sobre lo recogido seguía perteneciendo al escritor.

A las cuatro de la tarde, los responsables de la redacción presentan las noticias a Clifton Daniel. El mundo que acaba de entrar en el periódico debe pasar por aquella mesa. En otro momento, durante su enfrentamiento con Tom Wicker, Daniel golpea una mesa y pierde el dominio de sí mismo. La relación entre las dos escenas vuelve visible una continuidad: la autoridad que organiza las noticias también se ejerce sobre quienes trabajan con ellas. El criterio profesional tiene un cuerpo y puede enfurecerse.

Una susceptibilidad podía modificar una carrera; el acceso a un superior permitía defender una información. La rivalidad entre Nueva York y Washington deja de ser una disputa abstracta: cada oficina reúne personas con distinta capacidad para imponer su criterio. Así muestra Talese cómo una decisión termina convertida en política del periódico.

Talese no caricaturiza a esos hombres. La vanidad convive con la competencia; la responsabilidad, con el deseo de conservar una posición. Quien defiende una jerarquía puede sostener al mismo tiempo un estándar útil para el lector. Esa convivencia impide repartir de antemano los papeles del cínico y del hombre íntegro.

Adolph Ochs proporciona el fundamento económico y familiar de aquella continuidad. Compró el diario en 1896, cuarenta y cinco años después de su fundación, y convirtió una empresa debilitada en una institución duradera. La solvencia financiaba el ideal profesional: permitía mantener una redacción y enviar corresponsales. También consolidaba una propiedad con sus reglas de sucesión. A través de Iphigene Ochs Sulzberger, su hija, continuó la dinastía, mientras la jefatura de la empresa pasaba de un hombre a otro. El parentesco organizaba una parte del futuro del periódico que el mérito profesional, por sí solo, no bastaba para decidir.

La solvencia y el apellido permitieron sostener una institución que también servía a sus propietarios. En El reino y el poder, la responsabilidad no borra el privilegio, pero el privilegio tampoco vuelve fingida la responsabilidad. Talese deja ambas fuerzas a la vista, sin reducir el periódico a una conspiración familiar ni absolver la herencia en nombre de la tradición.

Su mirada también tiene preferencias. Al narrar una discusión entre Wicker y James Baldwin, atribuye al primero serenidad y ventaja argumental, mientras describe el ataque de Baldwin como «histérico». La distribución del juicio acompaña al lector dentro de la escena. Antes de valorar las razones de ambos, ha recibido una indicación sobre quién sabe comportarse como interlocutor. El pasaje exige atender a la autoridad del narrador con la misma atención que el narrador dedica a la de sus personajes.

Talese observa con precisión una jerarquía y puede reproducir otra. Si la serenidad funciona como prueba de razón, el código de conducta de la casa favorece a quien ya lo domina. Baldwin no solo debe defender sus argumentos: debe disputar el retrato que lo precede. La elegancia de la prosa vuelve más persuasiva esa ventaja.

Tampoco el acceso a la intimidad equivale a una transparencia completa. Cuando Talese reconstruye lo que alguien pensó, declara apoyarse en lo que sus fuentes le confiaron. Entre la experiencia y la página median el recuerdo, la formulación posterior y la selección del escritor. Las entrevistas multiplican las posibilidades de contraste; cada testimonio conserva la necesidad de ser juzgado. El precio de la cercanía es que los hombres de la casa, en una redacción cuya autoridad se concentraba en varones, pueden terminar ofreciendo la apariencia de una explicación suficiente del periódico. Su mundo requiere también una mirada exterior.

Una noticia verdadera todavía necesita posición, titular y extensión. Cada decisión puede defenderse por separado; juntas componen una imagen del mundo. Talese nos lleva al instante anterior, cuando varias posibilidades siguen abiertas y alguien debe cerrarlas. Investigar el poder consiste en preguntar quién decide y quién puede discutir esa decisión.

Bahía de Cochinos obliga a permanecer en ese instante. Convertir el episodio en la historia ejemplar de un periódico que calló por orden de Kennedy permitiría dictar sentencia antes de examinar lo publicado. El Times informó de los preparativos de la invasión antes del desembarco de abril de 1961. El historiador del periodismo W. Joseph Campbell ha discutido la leyenda de la supresión y señala el artículo de Tad Szulc que apareció en portada el 7 de abril. Su investigación distingue los cambios internos de edición de una intervención presidencial para silenciar el texto.

El matiz devuelve el problema a una escala verificable. Una información puede publicarse y perder, durante su edición, elementos capaces de modificar su lectura. También puede contener previsiones o atribuciones que los editores consideren insuficientemente acreditadas. La responsabilidad exige examinar esas decisiones y las razones que las sostienen. La portada no demuestra por sí sola una independencia impecable; la retirada de un dato tampoco demuestra, sin más pruebas, una orden del Gobierno. Campbell cumple aquí una función limitada y necesaria: impedir que una versión heredada sustituya el trabajo de reconstruir el desacuerdo.

Si la autoridad de un periódico depende de un trabajo acumulado, también puede convertirse en objetivo. En 2024, una operación de influencia intentó apropiarse precisamente de esa herencia.

washingtonpost.pm. El nombre permanece intacto. Después, pm ocupa el lugar de com. La dirección figuraba entre las utilizadas para suplantar medios en Doppelganger. El 4 de septiembre de 2024, el Departamento de Justicia estadounidense anunció la incautación de treinta y dos dominios asociados a la operación. La declaración judicial difundida por las autoridades atribuía a empresas dirigidas desde la Administración presidencial rusa una campaña de propaganda encubierta destinada, entre otros objetivos, a reducir el apoyo a Ucrania e influir en las elecciones estadounidenses.

Una mínima variación tipográfica abría la posibilidad del engaño. Según la investigación, cuentas y anuncios conducían hacia páginas que adoptaban la apariencia de medios reconocibles y ocultaban a su patrocinador. La dirección falsa necesitaba que el nombre siguiera significando algo. Se apropiaba de una confianza construida fuera de ella y eludía las obligaciones que la habían hecho posible.

Esa apropiación enfrenta dos clases de responsabilidad. Una cabecera puede equivocarse, proteger intereses o construir una versión que merece impugnación. La página suplantada oculta deliberadamente a quien habla. En un caso cabe exigir una rectificación a responsables identificables; en el otro hay que descubrir primero la procedencia. Tratar ambas operaciones como engaños equivalentes impide reconocer las diferencias que permiten reclamar cuentas.

Una noticia puede salir de una redacción con una posición precisa y aparecer después entre materiales elegidos por otros criterios. La plataforma establece proximidades que el editor no había previsto; una cuenta añade un comentario y una persona la comparte dentro de una relación de confianza. Las palabras de la primera publicación pueden permanecer mientras cambia lo que las acompaña. Esa nueva organización participa ya en su lectura.

En TikTok, la actividad del usuario, lo que ve o comparte y las cuentas que sigue figuran entre los factores que la compañía declara utilizar para ordenar vídeos. El propósito enunciado es ofrecer material relevante y entretenido. La importancia pública de una información responde a otra pregunta. Una noticia necesaria y un vídeo capaz de retener al espectador pueden competir en la misma pantalla.

En la mesa de Daniel había personas, conversaciones y documentos. En una plataforma también hay decisiones empresariales, aunque las ejecute un sistema de recomendación. Llamarlo simplemente «algoritmo» puede ocultar las preguntas que Talese habría hecho: quién fijó el criterio, qué espera obtener de él y ante quién responde.

La circulación tampoco pertenece por entero a las empresas. Una investigación publicada en Science en 2018 estudió noticias verificadas que habían viajado por Twitter entre 2006 y 2017. Encontró que las falsas se difundían más lejos y más deprisa; al examinar el papel de los bots, atribuyó la diferencia a la mayor propensión humana a compartir falsedades. El resultado se limita a aquel conjunto de datos, pero incluye entre los responsables de la distribución a quien pulsa compartir.

Un mensaje reenviado por alguien de confianza llega acompañado de una relación que su primer emisor quizá nunca tuvo. Puede perder señales que permitían interrogar su procedencia y adquirir otras que invitan a aceptarlo. La familiaridad presta crédito. El desplazamiento alcanza a la responsabilidad: quien comparte puede considerarse un intermediario menor, mientras quien recibe reconoce en ese gesto una garantía. La cabecera acompañaba al periódico hasta la tienda del padre de Talese. En la pantalla, el nombre de un amigo puede ocupar ese lugar.

Una fotografía auténtica con un pie falso puede desorientar tanto como una noticia inventada. Verificar los datos no siempre basta: importa qué se recorta, qué se yuxtapone y quién lo distribuye. El contexto forma parte de la información.

El desgaste empieza a adquirir otra forma cuando las versiones dejan de necesitar una coherencia duradera. El modelo de propaganda rusa descrito por RAND en 2016 reunía volumen, rapidez, repetición y escaso compromiso con la consistencia. Sus autores propusieron explicaciones de su posible eficacia apoyándose en investigaciones sobre persuasión. La imagen del torrente de falsedades permite pensar un objetivo que excede la aceptación de un mensaje concreto: volver costosa la tarea de separar las versiones y mantener al público ocupado en corregir una circulación que continúa mientras se la examina. La contradicción puede participar en ese desgaste.

En la mesa de Daniel se sabía quién podía decidir. La redacción que observa Talese debe responder por su selección, aunque lo haga de manera imperfecta. Una red de influencia encubierta puede aprovechar la duda sin reconocer una instancia responsable ante el lector. La diferencia aparece al preguntar de dónde procede una afirmación y qué ocurrirá si se demuestra falsa. La rectificación reconoce una obligación de comprobar; la evasión organizada desplaza el lugar desde el que habría que reclamarla.

En el vocabulario militar, la guerra cognitiva ofrece un marco para pensar esa disputa sobre la percepción y la decisión. El informe del científico jefe de la OTAN la relaciona con capacidades como las operaciones de información y las operaciones psicológicas, pero distingue sus alcances. Las PSYOPS se orientan a públicos definidos y persiguen efectos vinculados a objetivos políticos y militares. La ambición tiene un vocabulario militar y una organización que la estudia. Su alcance se demuestra con operaciones documentadas.

Definir una capacidad no demuestra que se haya empleado eficazmente. Los documentos militares pueden describir objetivos; los investigadores pueden identificar una campaña; sus efectos requieren pruebas adicionales. Confundir esos niveles es convertir una aspiración institucional en un resultado probado.

El diálogo con Los hombres que miraban fijamente a las cabras empieza después de la fascinación por el animal. La ambición de conseguir una conducta ajena mediante aquello que otro percibe y espera atraviesa materiales de naturaleza distinta. El archivo, el testimonio y la leyenda conservan obligaciones de prueba diferentes. Una institución puede financiar una posibilidad que nunca se convierte en herramienta fiable; un relato extraordinario puede seguir circulando precisamente porque nadie consigue cerrar sus huecos. La existencia de una oficina o de un programa debe examinarse junto a lo que sus responsables pueden demostrar que hicieron.

También las cifras sobre interferencia necesitan conservar su perímetro. El cuarto informe del Servicio Europeo de Acción Exterior, presentado en marzo de 2026, reunió 540 incidentes registrados durante 2025, con unos 10.500 canales de redes sociales y sitios web implicados. El examen de las conexiones buscaba reconstruir la infraestructura de las operaciones. Los datos permiten relacionar publicaciones que, observadas una a una, parecerían episodios inconexos. Es una cartografía de medios empleados y de conexiones entre canales. La respuesta de los destinatarios requiere una investigación distinta.

Un servicio diplomático y una alianza militar producen conocimiento desde responsabilidades e intereses que deben quedar a la vista. Como en el Times, su posición no invalida un documento ni basta para darle crédito. Una campaña puede existir y fracasar; una coincidencia narrativa no demuestra coordinación. La prudencia necesaria para reconstruir Bahía de Cochinos conserva su utilidad cuando el archivo está todavía formándose.

La propaganda no comenzó con las redes. Lo nuevo es la velocidad, la escala y la mezcla de intervenciones encubiertas con conversaciones ordinarias. La guerra informativa puede orientar preguntas sobre acciones deliberadas, pero se vuelve una etiqueta inútil cuando pretende explicar cualquier desacuerdo.

En washingtonpost.pm, la semejanza debía ocultar la intervención. En Sun in Your Head, de 1963, Wolf Vostell hace visible la interferencia. Trabajó con la imagen televisiva distorsionada y la registró en película de 16 milímetros. La señal deja de ofrecerse como una ventana transparente. Su alteración obliga a mirar también aquello que suele atravesarse sin atención: el medio por el que llega una imagen.

Talese lleva al lector hasta la mesa que ordena las noticias. Vostell detiene la mirada en la señal que las transporta. La redacción tiene conversaciones y jerarquías; la televisión, una señal que puede alterarse y separarse de la emisión. El libro reconstruye el trabajo oculto tras la página. La película hace tropezar con la imagen antes de que aceptemos lo que muestra.

La página suplantada necesita que el lector no advierta el engaño. La interferencia de Vostell admite el reconocimiento y lo convierte en parte de la obra. Esa diferencia de propósito tampoco garantiza un resultado artístico. La distorsión puede volverse familiar, reducirse a un efecto esperado. Su valor depende de lo que permita examinar después del sobresalto.

La exposición que recupera ahora ese trabajo en Malpartida, con motivo del cincuentenario del museo, lo sitúa junto a propuestas de videoarte contemporáneo. El encuentro pone esas investigaciones televisivas en relación con la imagen digital. El diálogo pertenece también al presente de Nocturnalia: una obra que puso en dificultad la circulación de las imágenes vuelve a ser vista a través de una institución que la conserva y la explica. La preservación hace posible el encuentro y añade su propio criterio de lectura.

La cartela puede mantener abierta la pregunta o cerrarla invocando el prestigio del autor. El visitante corre el riesgo de reconocer una «ruptura» antes de experimentarla. No significa que el museo haya neutralizado la obra: conservarla y explicarla también modifica las condiciones en que se mira.

La cartela no solo sitúa una obra; puede convertir un rasgo formal en un juicio sobre quien la hizo. Talese describe como «histérico» el ataque de Baldwin y distribuye con una palabra la credibilidad de sus interlocutores. Algo semejante sucede cuando una creación pasa a presentarse como síntoma.

El derecho a pintar caballos azules examina la relación entre creación y diagnóstico. Las obras reunidas en torno a la colección Prinzhorn fueron vistas como manifestaciones artísticas y utilizadas también para desacreditar la modernidad bajo una clasificación de enfermedad. La otra orilla de la vanguardia permite seguir ese cambio de consideración. Una decisión formal puede acabar convertida en síntoma. El autor de la imagen debe entonces defenderse de la explicación que otros han colocado entre su obra y el público.

Un juicio narrativo, una clasificación médica y una política de persecución tienen consecuencias distintas. La relación que aquí importa afecta a la posibilidad de responder: qué pruebas pueden modificar una descripción y qué ocurre cuando la persona descrita queda excluida de la discusión. Talese conoce el valor de las fuentes que pueden volver sobre sus recuerdos. Cuando esa conversación falta, la lectura de cualquier documento que hable en nombre ajeno se vuelve más exigente.

En Espejo del mundo, los registros de Bétera conservan observaciones escritas sobre personas ingresadas. Sus datos personales aparecen anonimizados. El lápiz perteneció a quien registraba. Esa autoría permanece aunque el documento haya salido de la institución clínica y se encuentre ahora en un museo. La cercanía física al paciente no convierte lo escrito en su voz.

El proyecto de Patricia Gómez y María Jesús González reúne materiales y huellas del antiguo hospital y los sitúa en otra experiencia de observación. El Museo Helga de Alvear documenta ese trabajo de recuperación y su relación con la memoria de los espacios de reclusión. La presentación modifica las posibilidades de lectura de los restos; también añade una autoridad que debe ser examinada. Una inscripción puede conservar una decisión de quien la hizo, mientras un registro conserva la observación de otra persona. La procedencia común no elimina esa diferencia ni permite reunirlos bajo una sola promesa de devolver la palabra.

Los personajes de Talese pueden contarle lo que recuerdan haber pensado; él debe juzgar esa memoria y declarar las condiciones de su reconstrucción. Ante un archivo clínico, parte de esa conversación puede haberse vuelto imposible. El documento conserva una mirada y deja lagunas sobre otras. La literatura puede hacer sentir esa ausencia sin inventar la conciencia que falta.

La autoridad del museo puede ayudar a reconocer ese límite si explica quién produjo cada material y qué recorrido lo llevó a la sala. El cuidado consiste también en evitar que la nueva interpretación se presente como la última palabra sobre quienes estuvieron allí. Una categoría puede hacer visible una obra y conservar a su autor dentro de una explicación que lo reduce. El problema regresa al periódico por un camino menos cómodo que una denuncia genérica del poder. Narrar a alguien exige seleccionar; la selección se vuelve discutible cuando permite reconocer su procedencia y deja espacio para aquello que no consigue abarcar.

La vigencia de El reino y el poder se encuentra en ese recorrido. El mundo que Talese investigó tenía una geografía profesional reconocible; el nuestro obliga a seguir circuitos más distribuidos. En ambos, la palabra sistema puede ahorrar la investigación de las decisiones que lo mantienen. El libro exige descender hasta ellas. Una cabecera no se vuelve fiable por poseer una larga historia, del mismo modo que una circulación amplia no acredita una noticia. La confianza necesita poder remontarse hasta un trabajo y encontrar a alguien que responda por él.

El propio Talese debe someterse a ese examen. Ni centenares de entrevistas ni una prosa excepcional vuelven indiscutible su retrato de Baldwin. La virtud del libro consiste en permitir que discutamos con pruebas la autoridad de quien cuenta una historia, incluida la suya.

En 2026, el ciento setenta y cinco aniversario del Times ofrece una ocasión para esa relectura. La recuperación vale por el trabajo que todavía propone: seguir una decisión hasta sus responsables, reconocer las condiciones que la hicieron posible y examinar la autoridad que reclama. Esa paciencia tiene un coste que la velocidad informativa hace cada vez más visible. Consultar un documento y contrastar una memoria requieren tiempo. El lector puede reclamar razones para concederlo y el periodista debe ofrecerle algo más que la elegancia de su resultado. Quien cuenta cómo se ordena el mundo participa en esa ordenación.

Garrett queda entonces en un lugar distinto al del comienzo. Su regreso a través del diario muestra la utilidad de un recuerdo que no coincidía con la memoria profesional del Times. El padre de Talese seguía preguntando por un hombre cuyo nombre su hijo no oía mencionar en la redacción. Las anotaciones de aquel periodista terminaron ofreciendo una entrada al carácter de Ochs. Entre los papeles que Talese necesitaba para entender el gran periódico estaban los de un visitante de la tienda de su padre. El Times tardaba dos días en llegar a Ocean City; una parte de su historia tuvo que hacer el camino de vuelta.

Cubierta de El reino y el poder, de Gay Talese. Alfaguara, 2026.

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