Alain Delon habla francés y Fadi ya no consigue comprenderlo. Hay algo familiar en esos sonidos, una proximidad que no termina de convertirse en sentido. La película sigue. Para el niño, sin embargo, acaba de suceder otra cosa: su lengua de infancia se ha vuelto extranjera.
La escena permite medir una separación que ningún mapa puede representar. El viaje a Siria ya ocurrió; ahora Fadi descubre cuánto ha viajado él por dentro. Entre ambos desplazamientos han transcurrido días corrientes, aprendizajes, conversaciones. El olvido se ha producido mientras vivía. Sattouf encuentra ahí una manera particularmente dolorosa de contar el desarraigo: el niño consigue desenvolverse en su nueva vida y ese mismo proceso modifica el acceso a la anterior.
En Yo, Fadi, el hermano robado, primer volumen de un relato que abarca los años 1986–1994, Riad Sattouf vuelve sobre la fractura familiar de El árabe del futuro. En 1992, su padre se llevó a Fadi de Francia a Siria y lo separó de su madre y sus hermanos. Este libro se construye a partir de las entrevistas que Riad mantuvo con él en 2011 y 2012. El cambio de narrador obliga a revisar la posición desde la que aquella historia podía contarse: Fadi ocupa el lugar del sujeto que recuerda, con sus afectos y sus percepciones, después de haber sido para los demás el hermano ausente.
Esa posición se establece desde el arranque. Un jardín en Bretaña, unos huevos de chocolate, la desigualdad entre hermanos. Riad manda al pequeño a buscar en un supuesto mundo mágico; Fadi se aleja y se pierde. La madre lo encuentra. La broma contiene una crueldad corriente, y el autor acepta dibujarse dentro de ella. Su firma no lo protege del recuerdo de otro.
La secuencia introduce también una medida infantil de la distancia. Un camino puede bastar para perder el mundo entero. Recuperar a la madre devuelve la seguridad, incluso antes de entender el lugar en el que uno está. El episodio precede al gran desgarramiento familiar y adquiere, desde él, una resonancia inquietante. La primera pérdida todavía permite el rescate.
Sattouf prepara esa pertenencia mediante sensaciones pequeñas. El sabor de un dedo, la tierra húmeda, el olor materno. En otra página, Fadi recoge y guarda un mechón del pelo que su madre pierde durante la enfermedad. El lector entiende la amenaza que el niño apenas puede nombrar. Para él, el pelo conserva una belleza que merece ser guardada. La escena obtiene su fuerza de esa distancia entre conocimiento y percepción, sin obligar al personaje a explicar lo que todavía ignora.
La paleta prolonga ese trabajo y acompaña también el desplazamiento geográfico. Siria aparece dominada por granates, rojos y negros. Los tonos cálidos permiten leer una alusión al calor; la densidad de los negros añade peso a ese entorno. La asociación térmica es una interpretación plausible de la atmósfera, y adquiere otra función conforme el país se vuelve habitual para Fadi. El color sitúa al niño en un lugar y permite seguir cómo ese lugar pasa a organizar su experiencia.
Dentro de ese presente, los recuerdos abren otra temperatura. Los abuelos aparecen en azules, ligados a una mayor lejanía; la madre y los hermanos, en amarillos, conservan una proximidad más intensa. La diferencia permite leer grados de acceso a la vida anterior. El pasado tiene sus propias distancias: algunas presencias todavía se sienten cerca, mientras otras empiezan a retirarse. Es una lectura que se apoya en las personas evocadas y en la relación del niño con ellas, antes que en una supuesta equivalencia universal entre un color y una emoción.
Sobre esa organización actúan las variaciones de intensidad. Los rojos acompañan la integración cotidiana y se acentúan en los episodios de enfado. El mismo entorno puede volverse más agresivo sin dejar de ser el lugar en el que se vive. La paleta articula así la geografía, la distancia del recuerdo y la presión afectiva. Su fuerza procede de hacerlas actuar juntas: un color puede indicar dónde está Fadi y cuánto de ese mundo ha entrado ya en él.
El desplazamiento se percibe entre páginas, además de dentro de cada viñeta. El lector puede volver atrás y advertir lo que, mientras avanzaba, había empezado a aceptar. Los contornos negros, los cuerpos abreviados y los rostros reconocibles mantienen al personaje al alcance de la mirada; el color altera el campo en el que lo vemos. Esa persistencia gráfica vuelve especialmente sensible la pérdida: podemos reconocer a Fadi cuando él empieza a dejar de reconocer lo que fue suyo.
En el colegio, un balón nuevo y los caramelos comprados con el dinero del padre modifican su lugar entre los otros niños. El marginado adquiere protagonismo alrededor del fútbol. La pertenencia encuentra unos medios modestos, perfectamente concretos. Para entrar en el grupo ayuda tener algo que los demás desean compartir.
Ser buscado, participar, dejar de ocupar el borde de los juegos: Fadi encuentra una alegría real en una situación que no eligió. Hay iniciativa en su adaptación, deseo de reconocimiento y alivio cuando lo consigue.
La alegría tiene una procedencia incómoda. El dinero del padre le abre un lugar en la sociedad a la que ese mismo padre lo ha llevado por la fuerza. Los caramelos cuentan en el patio y el balón cambia una jornada. Ninguno devuelve a la madre.
Desde ahí puede leerse también la relación con el padre. A la figura antes ausente se dirigen amor, extrañeza y una necesidad de comprender que desemboca en desconcierto. Fadi debe relacionarse con alguien que tiene autoridad sobre su vida sin que esa autoridad le proporcione una orientación afectiva segura. El vínculo familiar persiste dentro de la desposesión. Su persistencia vuelve el daño más difícil de ordenar para quien lo vive.
La mirada adulta dispone enseguida de una condena. El niño tiene que pasar el día siguiente. Necesita aprender las reglas del colegio y entender a las personas de las que depende; necesita además querer a alguien. El relato adquiere densidad cuando conserva ese tiempo cotidiano, en el que las necesidades siguen actuando aunque el lector haya identificado al responsable de la ruptura. El amor que subsiste carece de capacidad para absolverlo. Sí permite comprender la dificultad de vivir bajo su poder.
La película de Alain Delon devuelve todo ese proceso en un instante. Hasta entonces, aprender árabe puede aparecer como una adquisición: más conversaciones posibles, mayor capacidad para desenvolverse, menos extrañeza. Al escuchar el francés, Fadi percibe la pérdida que ha acompañado a ese aprendizaje. La familiaridad del sonido sobrevive a la comprensión. Queda algo de aquella lengua, pero ya no puede disponer de ella como antes.
Ese detalle impide celebrar su integración como desenlace reparador. La vida nueva le proporciona instrumentos y vínculos; también puede alejarlo de quienes siguen perteneciendo a la anterior. Nadie necesita arrancarle un recuerdo de forma visible. Basta con que durante suficiente tiempo sean otras voces las que organicen los días. El álbum permite pensar la adaptación desde esa ambivalencia, tan incómoda para las explicaciones que quisieran convertirla en una victoria limpia.
La claridad de Sattouf tiene, con todo, un riesgo. Una paleta emocional tan legible puede orientar en exceso la interpretación, y la reconstrucción en primera persona puede hacer olvidar al lector el trabajo que media entre el recuerdo oral y la página. Fadi cuenta; Riad selecciona, ordena y dibuja. Es importante conservar esa diferencia al valorar el testimonio: las imágenes hacen presente una experiencia mediante decisiones tomadas muchos años después.
En la escena de los huevos de chocolate, el recuerdo de Fadi retrata al propio Riad como mezquino. El dibujante acepta perder la ventaja de controlar su retrato. Escuchar al hermano también es dejarse incomodar por él.
La singularidad de Yo, Fadi se encuentra en la relación entre esos dos trabajos: devolver al hermano una posición desde la que contar y dar forma visible a la transformación de su percepción. El color sitúa su vida en Siria y conserva las distancias del recuerdo; el balón y los caramelos muestran cómo se negocia un lugar entre los demás; el francés incomprensible revela cuánto puede haberse perdido mientras todo eso ocurría. Son operaciones narrativas distintas que convergen en una misma infancia, sin exigirle una emoción uniforme.
Alain Delon continúa hablando. El sonido todavía conserva una familiaridad que Fadi no sabe recuperar. Para comprender que ha quedado lejos de casa, le basta con escucharlo.
Edición española: El árabe del futuro. Yo, Fadi, el hermano robado 1 (1986–1994), de Riad Sattouf. Traducción de Julia C. Gómez Sáez. Salamandra Graphic, 2026. Rústica, 144 páginas, aproximadamente 17 × 24 cm. ISBN: 9788419981257.
Agradecemos a Salamandra Graphic, sello de Penguin Random House Grupo Editorial, el envío del ejemplar.
Cubierta de Yo, Fadi, el hermano robado 1 (1986–1994), de Riad Sattouf. Salamandra Graphic, 2026.
