Crítica

No quiere, no puede

En los poemas de Emily Brontë, el paisaje puede sostener y aprisionar a la vez. Una lectura de la edición bilingüe de Nórdica, con traducción de Jordi Doce e ilustraciones de Elena Ferrándiz.

Por 5 min de lectura
Cubierta de La noche me envuelve con su oscuridad, de Emily Brontë: un rostro de perfil ante un cielo nocturno y ramas que se extienden desde la figura. Ilustración de Elena Ferrándiz.

Una mujer ocupa el centro de una página blanca. Su vestido se deshace en raíces que descienden sin encontrar tierra. Elena Ferrándiz coloca la imagen antes del primer poema de La noche me envuelve con su oscuridad. La figura parece sostenerse en esa prolongación de sí misma, aunque también podría estar prisionera de ella.

Nórdica reúne en edición bilingüe los veintiún poemas que Emily Brontë publicó en vida y otros nueve que la editorial presenta como atribuidos a ella, con traducción de Jordi Doce. El regreso a los versos permite escuchar una voz que la celebridad de Cumbres borrascosas suele dejar en segundo término. La novela pesa sobre cualquier aproximación a su autora; estos poemas merecen incomodarnos por sus propios medios.

El que da título al volumen ofrece una dificultad pequeña y decisiva. Anochece, los árboles ceden bajo la nieve y la tormenta se aproxima. Alguien permanece inmóvil, sujeto por un hechizo tiránico. Durante las dos primeras estrofas, la voz insiste en que no puede irse. En la última introduce una negativa voluntaria: «I will not, cannot go». No quiere, no puede. La imposibilidad y la decisión terminan dentro del mismo verso, sin que sepamos cuánto participa cada una en la quietud del cuerpo.

La forma aprieta ese nudo. Tres cuartetos, rimas alternas, una clausura que vuelve una y otra vez sobre la partida imposible. Todo se mueve alrededor de quien habla; el poema, al regresar a su estribillo, reproduce la inmovilidad. El poema se niega a explicar el hechizo y nos deja allí, inmóviles con quien habla. Darle una causa biográfica sería abrir una salida que el verso mantiene cerrada.

Tampoco conviene dar por hecho que la oscuridad amenaza siempre y la luz viene a salvarnos. En «Stars», el amanecer interrumpe una intimidad deseada. Las estrellas han acompañado a quien habla; el sol invade después la habitación, atraviesa los párpados y hace resplandecer incluso la almohada. La mañana se vuelve físicamente intrusiva. El mundo celebra su despertar mientras una conciencia desea recuperar la noche. Brontë introduce así una fisura en la correspondencia entre paisaje y ánimo: la alegría de la naturaleza puede resultar insoportable para quien la contempla.

Esa divergencia impide convertir su paisaje en mera escenografía del ánimo. Hay personajes que discuten, voces que se corrigen, convicciones sometidas a la experiencia de quien las pronuncia. En «Faith and Despondency», un padre acerca a su hija al fuego mientras recuerda a los muertos que yacen lejos, entre montañas frías. La muchacha le devuelve la doctrina con la que él pretendía educarla: si sus seres queridos están con Dios, ¿por qué desespera? La hija consuela al padre y, al hacerlo, deja al descubierto la distancia entre creer en la inmortalidad y soportar una ausencia.

La semilla que cae y vuelve a crecer ofrece una imagen de continuidad. Pero el consuelo necesita ser dicho, escuchado y aceptado; el poema tiene la forma de una conversación porque la certeza del padre ha fallado.

En el comienzo de «Fe y desaliento», Doce cambia la presión de los pareados rimados por una frase más amplia y conversada. El castellano gana naturalidad y pierde parte de aquel cerco sonoro; la objeción de la hija conserva su filo. La figura de raíces de Ferrándiz añade otra lectura: vuelve inseparables el sostén y la atadura. La traducción y la imagen aciertan aquí al acercarnos a los poemas sin clausurar su conflicto.

En «Remembrance», la supervivencia exige una disciplina más áspera. Han pasado quince inviernos desde la muerte del ser amado. La voz pide perdón porque otros deseos y otras esperanzas vuelven a ocuparla. Hay algo perturbador en esa disculpa: continuar viviendo puede sentirse como una deslealtad. El poema alcanza su mayor dureza cuando admite que la existencia puede sostenerse sin la ayuda de la alegría. Después llega la prohibición de abandonarse al placer doloroso del recuerdo. Quien habla conoce su atractivo y teme que, una vez entregada a él, ya no consiga regresar al mundo.

Aquí el duelo posee una capacidad de seducción que vuelve insuficiente cualquier elogio de la fidelidad. Recordar conserva al muerto y puede arrastrar al vivo hacia su tumba. La nieve sobre el cuerpo, las estaciones que pasan, el brezo que cubre la tierra dan extensión material a esa lucha. El paisaje sigue creciendo sobre aquello que la conciencia se resiste a dejar atrás.

«The Prisoner» lleva el conflicto hasta el cuerpo encadenado. Una cautiva describe la visita nocturna de una esperanza que afloja su sujeción al mundo sensible. Por un instante parece próxima a quedar libre. Lo terrible llega cuando vuelve a oír, a ver, a sentir el pulso: el alma siente la carne y la carne siente la cadena. Brontë hace del retorno a la percepción una nueva condena. La libertad que imagina la prisionera se acerca tanto a la muerte que el poema obliga a desconfiar del alivio que acaba de ofrecernos.

Aun así, conviene resistirse a convertir todos estos versos en una confesión uniforme de desesperación. «No Coward Soul Is Mine» habla desde una confianza que declara inútiles los credos y sitúa a Dios dentro del pecho. Su afirmación de una vida indestructible convive con la fragilidad, la duda y el deseo de desaparición de otros poemas. Leerlos juntos exige mantener esas diferencias. Una escritora puede dar forma a convicciones incompatibles sin que debamos resolverlas mediante una explicación sobre su carácter.

El prólogo de Mistral merece conservarse como una pieza de la recepción de Brontë y leerse contra sus propias certezas. Reconoce la violencia de la obra, pero protege a su autora mediante una inocencia ejemplar: la hermana sacrificada, la virgen capaz de escribir el horror sin contaminarse. La defensa convierte la imaginación en prueba del carácter de la mujer que escribe. Los poemas, con su deseo de desaparición y sus convicciones enfrentadas, desbaratan esa absolución. La biografía queda convertida en ejemplo justo donde la poesía abre un conflicto.

Bajo la cintura de la mujer dibujada, las raíces ocupan el lugar de los pies. Cuesta decidir si le permiten sobrevivir o le impiden marcharse. El último verso del poema sigue suspendido entre ambas cosas.

Ficha: Emily Brontë, La noche me envuelve con su oscuridad. Traducción de Jordi Doce. Ilustraciones de Elena Ferrándiz. Prólogo de Gabriela Mistral. Nórdica Libros, 2026. 176 páginas. ISBN 979-13-87922-41-2.

Imagen de apertura: cubierta de La noche me envuelve con su oscuridad. Ilustración de Elena Ferrándiz. Imagen: Nórdica Libros.

El derecho a pintar caballos azules · La anomalía autorizada