Crítica / Reseña

Exposiciones

El mundo al otro lado del espejo

Espejo del mundo, de Patricia Gómez y María Jesús González, rastrea lo que queda cuando una institución se vacía: superficies, archivo, cine y restos.

Por RG11 min de lectura
Vista de Espejo del mundo, de Patricia Gómez y María Jesús González, en el Museo Helga de Alvear

Hay espejos agrupados por pabellones. Esa clasificación, que podría pasar por un orden de montaje, reproduce en miniatura la geografía del Hospital Psiquiátrico de Bétera: las zonas que separaban a unos internos de otros, los recorridos del personal, la vida dividida en edificios, pasillos y cerraduras. Uno de los pabellones sufrió un incendio. Los espejos procedentes de allí no lo cuentan mediante una cartela; lo llevan encima. El fuego ha modificado su superficie, ha oscurecido o roto lo que podían devolver. Frente a ellos, el visitante no se encuentra con una metáfora de la herida. Se encuentra con una materia que conserva la violencia de un hecho.

En el Museo Helga de Alvear, Patricia Gómez y María Jesús González reúnen indicios del antiguo hospital: espejos, fotografías, paredes arrancadas, negativos, películas, mobiliario, cuadernos, moldes. Cada fragmento conserva algo de su procedencia y de su resistencia. Lo que entra en el museo no queda purificado.

El yeso arrancado y los espejos ennegrecidos resisten la estética de la ruina. Lo que sobrevive a una forma de encierro obliga al visitante a mirar sus efectos.

I. Los espejos no reflejan un vacío

El proyecto comenzó en 2017 y trabaja con el antiguo Hospital Psiquiátrico Padre Jofré de Bétera. Las artistas recuperaron espejos originales de sus distintos pabellones y registraron el espacio que cada uno reflejaba antes de trasladarlo al dispositivo expositivo. El espejo y la fotografía mantienen una relación incómoda: uno conserva la superficie que estuvo frente a un cuerpo; la otra fija el lugar cuando ese cuerpo ya no está.

Ponerse ante uno de esos espejos es ocupar el lugar desde el que otros se miraron. El cristal devuelve la cara del visitante entre suciedad, quemaduras y rayones. La intimidad de quienes estuvieron allí sigue fuera de alcance. ¿Qué clase de mundo encierra a unos tras esos espejos y deja a los demás contemplarlos desde fuera?

La muestra toma su título del estudio de Maria Clementina Pereira Cunha sobre el hospicio de Juquery, en Brasil. El manicomio, visto así, deja de ser una excepción arquitectónica: es una imagen invertida de la sociedad que lo levantó. En Bétera, el reflejo no devuelve la «sinrazón» como su opuesto exótico; devuelve una maquinaria de separación. Las artistas confrontan la fotografía, índice de lo que el espejo muestra, con el espejo, testigo de lo que vio. En esa fricción está la exposición.

Los espejos del pabellón incendiado concentran esa idea. La abrasión no funciona como una atmósfera dramática añadida por el museo. Es un dato físico, una alteración de la superficie que obliga a pensar en el edificio como un organismo sometido a accidentes, desuso y tiempo. La mirada no domina el objeto: tropieza con él. El fuego se ha quedado en el cristal y la imagen que devuelve ya no puede ser limpia.

II. Un hospital nacido cuando el manicomio ya empezaba a ser un problema

Para que esos espejos tengan densidad histórica hay que apartarse un momento del museo. El Hospital Psiquiátrico de Bétera fue concebido por la Diputación de Valencia entre 1966 y 1973 como una gran «ciudad sanitaria psiquiátrica». Empezó a operar en 1974. Su ambición arquitectónica coincidió, sin embargo, con una crisis cada vez más visible del modelo asilar: un gran dispositivo aislado, alejado de la comunidad, que aspiraba a resolver el problema de la salud mental concentrándolo fuera de la vida común.

No conviene convertir esa historia en un juicio simple. Bétera fue también escenario de conflictos laborales, debates clínicos y tentativas de reforma. En los años de la transición, parte del personal médico y asistencial discutió la medicación indiscriminada, abrió salidas al pueblo, impulsó formas de autoorganización y ensayó talleres de creación. Eran experiencias parciales dentro de una institución mayor, no la absolución de su modelo. Precisamente por eso importan: el hospital no fue una máquina sin fisuras, sino un lugar disputado por personas y prácticas incompatibles.

La historia del psiquiátrico está llena de diagnósticos confundidos con incapacidad. Idealizar a quienes estuvieron internados repetiría la simplificación por el extremo contrario. Espejo del mundo deja ver algo más preciso: la categoría clínica nunca agotó la capacidad de una persona para percibir, crear, resistir o juzgar el mundo que la clasificaba. La ineptitud institucional, por el contrario, suele expresarse con una prosa perfectamente ordenada.

Tras la Ley General de Sanidad de 1986 se aceleró el desplazamiento hacia la atención comunitaria y el vaciado progresivo de los grandes hospitales psiquiátricos. Aquel proceso tampoco fue una liberación sin restos: la desinstitucionalización exigía recursos comunitarios, viviendas, redes de cuidado y acompañamiento. Cuando fallan, la exclusión cambia de forma sin desaparecer.,

Ese fondo impide leer los muros de Bétera como una reliquia muda. Cada capa material pertenece a un debate que sigue abierto: qué atención merece una persona, quién decide su autonomía, qué sucede cuando el cuidado se convierte en apartamiento.

III. El muro como expediente

La operación de strappo —el arranque de una superficie mural para trasladarla a otro soporte— es una de las técnicas que atraviesan el trabajo de Gómez y González. En sus manos pierde toda neutralidad de restauración. No se extrae una pintura para devolverla a un supuesto estado original. Se traslada la piel de un edificio con sus defectos, sus cambios de capa, sus grietas, sus inscripciones y sus pérdidas.

La pared se convierte en documento, aunque no sea un documento suficiente. Puede registrar la altura de una mano, un golpe, una reparación improvisada, una conducción que atravesó el tabique, años de pintura extendida para disimular lo que había debajo. No puede contar una biografía completa ni convertir el deterioro en testimonio individual. Esa limitación es decisiva. La ética de la exposición empieza cuando se niega a hacer hablar a la materia más de lo que puede decir.

En Cáceres, las artistas prolongaron el procedimiento en la antigua Cárcel Vieja. De allí procede un arranque mural de veintitrés metros y dos piezas audiovisuales. El gesto vincula dos espacios de frontera, pero no los confunde. Una prisión y un hospital psiquiátrico han tenido funciones, historias y violencias distintas. La relación no procede de equipararlos, sino de atender a una pregunta común: qué deja una sociedad adherido a los lugares donde apartó a quienes no quería ver.

El museo introduce esas extracciones en un espacio de exposición contemporánea. El riesgo está a la vista: convertir el dolor material de otros en una superficie de prestigio. Las artistas lo reducen al mantener visible el procedimiento. El muro no llega como pieza decorativa; llega con el peso de haber sido arrancado. Su valor no nace de una pátina romántica, sino del conflicto entre lo que el museo puede preservar y lo que nunca podrá reparar.

IV. Cine dentro del recinto

La sala de proyección del Helga no pretende hacerse pasar por el cine del psiquiátrico. Usa sus rastros. Las butacas recuperadas de la antigua sala, las cortinas de acceso que evocan aquel umbral y los carteles pintados a mano de algunas proyecciones sitúan al visitante dentro de una sociabilidad reglada. Sentarse ya no es un gesto inocente: antes de mirar una película, uno ocupa un asiento que perteneció a una institución de encierro.

Las películas recuperadas se muestran por fragmentos. Junto a ellas, una intervención trabaja con sus propios negativos; otra proyecta sobre una mesa de luz siluetas recortadas halladas en el psiquiátrico. Las formas carecen de contorno definido. Sería tentador adjudicarles un uso clínico o una función diagnóstica. La exposición se fortalece cuando no cae en esa seguridad retrospectiva. El archivo contiene cosas cuyo significado ya no se deja clausurar.

El cine atraviesa la muestra como una de las muchas formas de administrar la mirada. Puede ser descanso, reunión, aprendizaje o distracción; dentro de un recinto cerrado incorpora, además, la pregunta por quién selecciona la imagen y quién queda situado ante ella. Los carteles hechos a mano devuelven escala humana a ese dispositivo. Sugieren programación, deseo de convocatoria, horas compartidas. Los negativos intervenidos devuelven la fragilidad de aquel material: una imagen no preservada como reliquia, sino trabajada desde su desgaste.

La sala no convierte a los visitantes en internos ni autoriza una simulación de su experiencia. Hace algo más útil: vuelve visible la distancia que todavía los separa. Quien se sienta en una butaca puede levantarse y marcharse. Quien aparece en los cuadernos o en la historia de esos pabellones no siempre tuvo esa libertad.

V. Los cuadernos y una pared de tiempo

La exposición termina de desarmarse —y de entenderse— en la vitrina. Los libros de pabellón documentan años de evolución de los internos: tratamientos, estados clínicos, conductas, afectos. Sus datos personales han sido anonimizados. Alrededor, una matriz de Harris ocupa tres paredes de la sala, como un libro de los muertos administrativo escrito a escala de habitación.

La matriz de Harris es una herramienta arqueológica que ordena relaciones estratigráficas y secuencias de acontecimientos. Gómez y González ya la habían utilizado para hacer visibles las capas documentales y materiales de una institución cultural. Aplicada al archivo psiquiátrico, desplaza el gesto: los cuadernos dejan de ser un bloque cerrado de burocracia y pasan a leerse como estratos, conexiones, cambios de vocabulario, tiempos de tratamiento y decisiones tomadas sobre otras vidas.

El recorrido cobra aquí una forma inversa. Antes hemos atravesado espejos, superficies arrancadas, bañeras, cine y negativos. Al llegar a los documentos, entendemos que la materia no era un decorado de la historia: pertenecía a una institución que producía lenguaje sobre los cuerpos alojados en ella. El hospital era una arquitectura y también una escritura.

Conviene decirlo con cuidado. Los cuadernos fueron redactados por personal médico. Su interés no consiste en que ofrezcan el acceso directo a la voz de los pacientes. Contienen valoraciones, observaciones y categorías que corresponden a una mirada clínica e institucional. Cuando describen un comportamiento, describen también el marco desde el que ese comportamiento fue juzgado. En los márgenes aparecen inscripciones y algunos dibujos. No permiten atribuir autores ni resolver vidas. Interrumpen, sin embargo, la limpieza con que el expediente pretende organizar el mundo.

Este es uno de los puntos más potentes de la exposición. La documentación protege la privacidad borrando los nombres, pero conserva las relaciones de poder que hicieron necesario el registro. La matriz no corrige esa asimetría. La muestra la vuelve visible. A cada línea, a cada conexión, el visitante se pregunta cuánto de una vida cabe en una observación médica y cuánto queda fuera de ella, adherido a un muro, a un dibujo o a la omisión.

La lucidez no aparece aquí como consigna. Aparece como posibilidad negada por una escritura que hablaba sobre alguien antes de permitirle hablar. La obra no idealiza a quienes fueron internados; tampoco acepta que la clasificación clínica sea la última palabra sobre ellos.

VI. Las bañeras y la nave

Stultifera navis. Restos del naufragio ocupa el punto en que la materia se vuelve casi corporal. Trece piezas de escayola toman como molde bañeras del psiquiátrico y conservan su volumen en negativo. Lo que el visitante ve no es el objeto funcional, sino el hueco que dejó: una forma endurecida de ausencia.

La referencia a la nave de los locos procede de una larga tradición europea que imaginó la alteridad mental como expulsión y errancia. Las bañeras no ilustran esa genealogía; la hacen entrar en contacto con un elemento concreto del hospital. Cuerpos que estuvieron dentro de un recinto, agua, limpieza, cuidado, control, intimidad, repetición. La escayola no tiene que decidir entre esos significados. Los retiene sin resolverlos.

Ese es el trabajo conceptual más consistente de Espejo del mundo: dejar que los objetos mantengan su exceso. Un espejo no queda reducido a símbolo. Una pared no queda reducida a ruina. Una bañera no queda reducida a volumen escultórico. Cada resto contiene un uso, una organización de los cuerpos y una historia que no puede devolver intacta.

La exposición se construye con alusiones, pero no con vaguedades. Cada alusión tiene materia: el cristal afectado por el incendio, el yeso arrancado, el fotograma degradado, el recorte sin nombre, el asiento recuperado, la anotación clínica, el molde de una bañera. Es desde esos objetos desde donde la obra piensa la ausencia.

VII. La pregunta que queda en el museo

Patricia Gómez y María Jesús González no devuelven el psiquiátrico al presente. Sería una impostura. Devuelven su capacidad de interpelar el presente. La exposición no pide al visitante que se sienta culpable por mirar ni le permite salir con una lección moral intacta. Le pide algo más difícil: aceptar que el sistema de separación no era un accidente del edificio y que sus formas actuales pueden ser más limpias, más técnicas, menos visibles.

El Museo Helga de Alvear reúne por primera vez el trabajo sobre Bétera y lo pone en relación con la Cárcel Vieja de Cáceres. Esa decisión territorial impide que el hospital valenciano se convierta en un caso remoto. La cárcel entra en la exposición como otra arquitectura cargada de historia social, política y afectiva. No para fabricar una equivalencia total, sino para insistir en una intuición: los edificios conservan la forma de las decisiones que alojaron.

En una época que habla mucho de salud mental y poco de las condiciones materiales del cuidado, Espejo del mundo desplaza la conversación. No pregunta únicamente qué fue la locura para una institución. Pregunta qué hizo la institución con los ojos que la miraban. Los espejos, las películas y los cuadernos responden a su manera: la exclusión no desaparece cuando se vacía un pabellón. Permanece en los restos, en los archivos y en la facilidad con la que dejamos que otros vivan fuera de campo.

Al final, el espejo no devuelve el rostro de los ausentes. Devuelve al visitante dentro de una historia que todavía no ha terminado.

Espejo del mundo, de Patricia Gómez y María Jesús González. Museo Helga de Alvear, Cáceres, del 12 de junio al 1 de noviembre de 2026. Imagen de prensa: Museo Helga de Alvear.

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