Seba Calfuqueo remonta el Cautín para cuestionar algo más profundo que la privatización del agua: nuestra obstinación por separar cuerpo, naturaleza y territorio.
Un río parece una de esas cosas sobre las que debería resultar difícil discutir la propiedad. Nace, atraviesa una tierra y continúa su camino ignorando catastros, escrituras y fronteras. Sin embargo, pocas cosas cuentan mejor la historia de un territorio que la manera en que quienes lo habitan —o quienes llegan para conquistarlo— deciden relacionarse con el agua.
El Cautín atraviesa la Araucanía chilena, parte del Wallmapu, territorio originario mapuche. Su historia carga con distintas formas de colonización: desde las primeras misiones evangelizadoras hasta un presente capaz de convertir el agua en un bien susceptible de explotación, intercambio y propiedad.
Pero para Seba Calfuqueo el Cautín no es un recurso. Ni siquiera exactamente un paisaje.
Es un territorio vivo.
Hay en él rocas, arena, animales, plantas, cuerpos humanos y espíritus protectores. Materia visible y aquello que no lo es. La primera exposición individual en Europa de la artista mapuche, presentada por el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y TBA21, parte así de una dificultad mucho más profunda que la cuestión ecológica: nuestra costumbre de dividir el mundo.
Naturaleza y humanidad.
Cuerpo y territorio.
Materia y espíritu.
Puro e impuro.
Propietario y propiedad.
Precisamente esos binarismos ocupan desde hace años el trabajo de Calfuqueo. La propia artista define su práctica como una tentativa de cuestionar las divisiones heredadas del orden colonial y de confrontar modos de pensamiento indígenas y occidentales mediante instalación, cerámica, fotografía, performance y vídeo.
Por eso Cautín no aparece de repente.
En 2020 Calfuqueo realizó KO TA MAPUNGEY KA —Agua también es territorio—, una instalación que cruzaba las toponimias mapuche del agua con cerámicas, mapas, cuerpo y fragmentos del Código de Aguas chileno. Una frase recorría aquella obra: la tierra no se seca por sí sola; otros la secan. La pieza terminaba enfrentando explícitamente la relación histórica del pueblo mapuche con el agua al modelo chileno de privatización y extractivismo.
Dos años después, en Fluir como cascadas, el agua dejaba de ser solamente conflicto territorial para convertirse también en sonido, movimiento y cuerpo. Calfuqueo empleaba kaskawillas de bronce para reproducir la caída del agua y vinculaba su fluidez con género, sexualidad, bosque y ecosistema.
Cautín parece recoger ahora todos esos cauces.
Resultado de varios años de investigación en torno al río, la exposición rehúye la posibilidad de representarlo mediante una sola imagen. Calfuqueo trabaja con cerámicas zoomórficas inspiradas en especies endémicas e intervenidas con materiales sintéticos; animaciones que regresan a relatos fundacionales mapuche; pinturas bordadas construidas a partir de archivos históricos y flora local; y una vídeo performance en la que su propio cuerpo vuelve a introducirse en el territorio.
La presencia de lo sintético es importante.
Sería muy fácil convertir una exposición semejante en el relato confortable de una naturaleza indígena pura enfrentada a una modernidad occidental corruptora. Calfuqueo no ofrece esa salida. En su obra anterior ya había rechazado la propia idea de paisaje entendido como algo separado del hombre: en Serie Natura proponía precisamente una fusión de lo humano y lo natural frente a esa distancia fabricada por la modernidad.
En Cautín, por tanto, lo natural y lo artificial se contaminan. Lo sagrado puede convivir con lo impuro. La cerámica con el material sintético. El archivo histórico con una planta. El cuerpo humano con la corriente de agua.
El conflicto ya no consiste únicamente en preguntarse quién posee el río, sino en algo anterior:
¿qué clase de pensamiento necesita convertir primero un río en una cosa para poder después poseerlo?
Durante siglos hemos aprendido a mirar el territorio desde arriba. Un río es una línea azul sobre un mapa: puede medirse, dividirse, desviarse, represarse, cruzarse con una frontera o incorporarse a un registro administrativo. El mapa tranquiliza porque transforma aquello que fluye en algo inmóvil.
Calfuqueo invierte la perspectiva.
Quizá no sea el río el que atraviesa nuestro territorio.
Quizá seamos nosotros quienes estamos dentro del suyo.
Incluso el recorrido de la exposición contradice la dirección esperada. El visitante avanza a contracorriente, remontando simbólicamente el Cautín mediante una estructura cíclica en la que comienzo y final empiezan a perder su utilidad. La geografía termina convirtiéndose también en otra forma de pensar el tiempo.
De ahí que la hermosa imposibilidad con la que concluye el relato de la muestra —un río que nace en el océano y desemboca en el cielo— no sea únicamente una licencia poética.
Es la imagen de un mundo que se resiste a comportarse como hemos decidido que debe hacerlo.
Y, acaso, de un río que se niega a convertirse en cosa.
Seba Calfuqueo. Cautín
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza — Madrid
6 de octubre de 2026 — 17 de enero de 2027
Comisaria: Marina Avia Estrada
TBA21 Thyssen-Bornemisza Art Contemporary / Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Nocturnalia: muy recomendable.
Para saber más
La web de Seba Calfuqueo permite recorrer su obra anterior en vídeo, performance, fotografía e instalación. Especialmente recomendable antes de visitar Cautín es KO TA MAPUNGEY KA (Agua también es territorio), de 2020, antecedente directo de la investigación sobre agua, territorio y extractivismo que atraviesa la exposición del Thyssen.
