Ficción · Noche de Difuntos

El realejo

Un cuento para la noche de Difuntos.

Por 18 min de lectura
Ilustración de un pequeño órgano renacentista sobre el banco de un artesano, su mano vendada y una capa con zapatos vacíos junto a una puerta oscura.
Ilustración para «El realejo».Crédito: Nocturnalia · ilustración generada con IAProcedencia: Generada para Nocturnalia

Mi padre dejó sin cobrar una cuenta de Hernando Pizarro. La encontré al vaciar el taller, en octubre de 1600: seis reales por templar un órgano. Debajo figuraba la próxima visita, dos de noviembre, y una advertencia: «No recibir oro».

Hernando Pizarro llevaba veintidós años muerto. Mi padre tenía otros clientes que se demoraban más, pero ninguno había dejado instrucciones para después del entierro.

Durante años había pensado que el taller sería mío cuando él faltara. Lo fue durante una mañana. Después vinieron los acreedores.

El casero se llevó tres tablas de nogal. Las escogió por el sonido, golpeándolas con los nudillos, y eso me molestó más que si hubiera venido con un alguacil. Sebastián reclamó su salario con la gorra entre las manos. El aprendiz quiso llevarse un cepillo que había aprendido a usar conmigo. Se lo di. Luego me enfadé con él por habérselo llevado.

Inés puso la cena en un extremo del banco. Estaba embarazada. La mitad de su dote seguía metida en maderas que se secaban desde antes de nuestra boda; si cerrábamos el negocio, el casero conservaría la madera y haría dos habitaciones donde ahora estaban los bancos.

—Podemos irnos a Valladolid —dije.

—También allí querrán que paguemos.

Partió el pan y dejó junto a mi plato la mitad más grande. Esperé a que se sentara para cambiarlos de sitio. Lo vio, no dijo nada y empezó a comer.

Le enseñé la cuenta de Pizarro.

—Habrá herederos.

—Por seis reales no merece la pena buscarlos.

Miró hacia los huecos que habían dejado las tablas.

El órgano estaba bajo una manta, al fondo del taller. Era un realejo pequeño, con un solo teclado y asas de hierro en los costados. Mi padre se lo llevaba cada otoño y regresaba al día siguiente. Nunca me permitió acompañarlo. Una vez levanté la tapa y me golpeó los dedos con una regla.

Llené el fuelle y oprimí una tecla. Salió un soplo que olía a ropa guardada. Probé otra.

Alguien respiró al otro lado del tabique.

Allí había trabajado el padre de Inés. Desde su muerte solo quedaba en el suelo el cuadrado oscuro donde había estado el yunque.

La respiración cesó cuando me acerqué. Al regresar al banco descubrí una gota sobre el teclado. La sequé con el pulgar y cerré la tapa.

En el libro había dinero para alquilar un carro. Más atrás encontré la misma anotación, repetida en años sucesivos. Seis reales. Dos de noviembre. La cifra aparecía siempre sin tachar.


El dos de noviembre llovió hasta media tarde. Inés envolvió los hierros del órgano en un paño para que no golpearan la caja durante el viaje.

—Si no hay nadie, vuelves.

—Claro.

—Y no dejes el órgano sin que te den un papel.

El arriero me preguntó quién me esperaba. Le di el nombre de Pizarro. No volvió a hablar hasta divisar la fortaleza.

—Hasta aquí.

Descargó el instrumento. Le ofrecí una moneda por ayudarme a subirlo. Miró la torre y me rebajó el viaje.

—¿Conocisteis a mi padre?

—Lo llevaba mi padre.

Desenganchó una mula, montó en ella y se llevó la otra de las riendas.

El hombre que abrió tenía el cuello de la camisa mojado y una expresión que yo había visto en los criados de las casas con deudas.

—Tu padre venía antes.

—Ha muerto.

Aguardó un momento, con la vela entre los dos.

—¿Y quién te ha mandado?

Le enseñé la cuenta.

Me ayudó a subir el realejo por un corredor estrecho. Caminaba de costado, procurando no rozar las paredes. Yo apoyé un hombro para cambiar de mano. La piedra cedió bajo mi peso y recuperó su sitio con un ruido pequeño, de muelas.

Oí golpes detrás de una puerta.

—¿Quién espera ahí?

—Los muertos no pueden entrar.

—Don Hernando también está muerto.

—Don Hernando tiene licencia.

Alzó su extremo del órgano para salvar un escalón.

—Cuando termines, vete.

—Tengo que cobrar.

Bajó la vela hasta iluminarme la cara. Pareció reconocer algo.


Don Hernando escribía a una mesa. Se había vestido para recibir a alguien de mayor importancia que yo. Llevaba una cadena sobre el pecho y unas botas limpias. Junto al tintero había un pan al que le habían sacado toda la miga por un agujero.

—Has tardado.

Le expliqué lo de la lluvia. Escuchó con atención, como si recordase cómo estaba el tiempo fuera.

—Tu padre sabía lo que había que hacer.

—Me ha dejado una cuenta pendiente.

—Aquí están todas pendientes.

Apartó unos papeles para que pusiera las herramientas. Vi el comienzo de un memorial dirigido al emperador. La misma frase se repetía en distintas hojas, con tachaduras cada vez más violentas. En una, la tinta había atravesado el papel y la mesa: las letras continuaban por el canto y descendían hasta una pata. La última palabra había empezado a escribirse sobre el suelo.

El guardián la rodeó para colocar el banco.

Don Hernando reparó en mi abrigo mojado y mandó traerme vino. Lo bebí demasiado deprisa.

Intentó partir un trozo de pan. La corteza se le deshizo entre los dedos. Recogió las migas sin levantar la vista y me acercó el plato. Dije que había comido por el camino.

—¿Tienes hijos?

—Estamos esperando.

Su mirada se detuvo en mis manos. Abrió un cajón y me ofreció un pedazo de tela para secármelas. Esperó a que terminara antes de dejarlo doblado en el mismo sitio.

En la pared, detrás de su silla, colgaba una capa. Por debajo asomaban unos zapatos pequeños.

Abrí el realejo. Varios tubos estaban obturados con cera. Otros contenían tiras de cuero, plomo y un trozo de documento que conservaba medio sello. Un remiendo cerraba casi por completo el conducto de aire.

—¿Quién os ha hecho esto?

—Tu padre.

Yo había preparado algunas de aquellas tiras. Recordaba una tarde de invierno cortando cuero mientras él repasaba mis bordes con el cuchillo. Inés, que entonces aún no era mi mujer, vino con un recado del herrero y permaneció junto al fuego hasta que dejamos de tener algo que decirnos.

—Lo ha dejado casi sin voces.

Don Hernando miró hacia la capa.

—Se deteriora de un año a otro.

Llené el fuelle y fui probando las teclas. Apoyó dos dedos en la mesa, siguiendo las notas sueltas. Al llegar a una levantó la mano.

—Esa.

La repetí. Un golpe respondió desde el corredor.

—Que no suene.

—Está bien templada.

—No te he pedido opinión.

Metí una aguja bajo el tapón de cera. Salió adherido a un cabello blanco.

Don Hernando se levantó para cerrar la puerta. Uno de los zapatos se había adelantado por debajo de la capa. Lo empujó con la punta de la bota y volvió a sentarse.


El guardián se encargó del fuelle. Empecé un tiento de Cabezón que mi padre tocaba cuando quería comprobar un instrumento.

Algunos tubos respondían mal; otros habían quedado mudos. Tuve que saltar varias notas y recomponer las voces sobre la marcha. Don Hernando advirtió una sustitución y marcó con dos dedos la entrada que yo había evitado. Hice un gesto hacia el instrumento. Comprendió y bajó la mano.

Entonces vi gente dentro del tintero.

Distinguí una frente vendada y un hombro desnudo. Había cuerpos muy juntos. Una mano sostenía otra para impedirle temblar. Al levantar la vista la habitación seguía vacía; en la superficie negra se apretaban hasta donde alcanzaba la mesa.

Una mujer se abrió sitio con el hombro. Quien estaba a su lado se apartó para dejarla mirar. Tenía los ojos puestos en mí.

Fallé una nota.

Su voz salió por el tubo que acababa de limpiar.

No entendí las palabras. Reconocí la manera de llamar a un niño que se ha alejado demasiado. El guardián soltó el fuelle, pero la voz continuó hasta consumir el aire.

Me aparté del teclado.

Don Hernando arrancó una hoja de la mesa.

—Lee.

Le dije que no era hombre de letras.

—Sabes llevar una cuenta.

Fui pasando despacio por una relación de servicios, entregas de dinero y peticiones sin respuesta. Me corrigió en varios nombres. Llegué a justicia y puso un dedo sobre el papel.

—Ahí.

Tenía las uñas comidas hasta la carne.

—Otra vez.

La repetí. Una carcajada sonó detrás de la puerta. Don Hernando aguardó a que terminara y me indicó la palabra siguiente.

Cuando acabé me pidió que volviera al principio. Apartó el pan y sostuvo mi extremo de la hoja para que no me cansara. Había pasajes en los que cerraba los ojos; al llegar a otros, asentía antes de que yo acabara.

El guardián salió y regresó con una arqueta. Vi monedas y piezas de oro sin acuñar: láminas, aros, un pájaro al que le faltaba un ala. Encima descansaba un libro abierto por una hoja casi llena de cifras.

—Han vuelto a presentar sus cuentas.

Don Hernando dejó caer su extremo del memorial.

—¿Cuánto?

El guardián le indicó una cantidad.

—Eso era lo de anoche.

—Han pasado la noche contándolo.

Don Hernando apoyó las manos en las rodillas. La cadena empezó a hundírsele en el cuello. Bajo un eslabón apareció una gota que fue agrandándose hasta caer sobre el libro.

—Dales algo.

El guardián cogió una moneda y la dejó junto a la puerta. Al volver, una de las cifras se curvó sobre sí misma y se convirtió en otra mayor.

—La han añadido.

—Pues que la devuelvan.

La moneda había desaparecido. En su sitio quedaba un cerco húmedo.

El guardián pasó la hoja y llamó a don Hernando. Este se inclinó para leer, cerró el libro de golpe y dejó fuera un dedo.

Ninguno dijo nada. El guardián volvió a abrirlo, metió el dedo y colocó encima el pájaro de oro.


Me acerqué a las cuentas. La suma parecía correcta hasta que intenté comprobarla.

Donde yo leía dos, el libro ponía tres.

Lo señalé con la aguja.

—¿Cuántas veces lo has contado? —preguntó el guardián.

—Dos.

—Ya.

Le pedí que mantuviera el dedo junto a la cifra. Al recorrer las cantidades descubrí una línea que antes no estaba. El guardián retiró el libro.

—También habrá que contarte a ti.

Se le había vuelto la manga. Por dentro llevaba escritas varias columnas de números que se prolongaban bajo el puño.

—¿Cuánto os deben?

Se bajó la manga.

Don Hernando se limpió las manos con un paño. La tela permaneció blanca; la sangre le salía por los pliegues de los dedos. Lo dobló y lo devolvió al cajón.

—Toca.

La mujer del tintero volvió a llamar. Por un tubo obturado respondió una voz más grave.

—Tu padre conseguía que callaran.

Volví al banco. Reconocí las lengüetas dobladas, el cuero que reducía el viento. Metí la mano en la caja y tuve que retirarla. Me había hecho una ampolla en la base del pulgar.

Don Hernando mandó traer agua.

Me sostuvo la jarra mientras yo me enfriaba la mano. El borde resbalaba entre sus dedos heridos. Esperó a que pudiera retirarla.

—Por ahí no —dijo cuando fui a secarme—. Se te pegará la tela.

Buscó una punta del paño y la dobló para que yo pudiera apoyarla alrededor de la ampolla. Lo dejé hacer.

—¿Puedes continuar?

Dije que sí.

Corté una tira de cuero. La puse contra la boca del tubo por donde había salido la mujer y reduje el paso. Pedí al guardián que diera al fuelle.

La primera nota salió limpia. Encontré la siguiente y pasé a un acorde que las reunió a todas con una facilidad que no había tenido antes. Don Hernando se acercó para escuchar. Me corrigió una entrada y esperó. La repetí.

—Así.

Antes de continuar lo miré. Había cerrado los ojos y llevaba el compás con un dedo sobre el borde del banco. Volví al comienzo del pasaje.

Durante unos compases el tiento pudo oírse entero.

En el tintero, la mujer había abierto la boca.

Apreté la tira con el mango de la aguja. La voz cesó. Vi cómo separaba la mano de la otra que estaba sosteniendo; se llevó los dedos al pecho y buscó algo por debajo del borde de la mesa.

Tuve que retirar cera de dos tubos para compensar el que acababa de cerrar. Una tos salió de la caja, junto a mi mano herida. Mi padre despejaba así la garganta antes de hablarme.

Dejé caer la herramienta.

Don Hernando la recogió y me la puso sobre el banco.

—Todavía se oye.


El guardián me alcanzaba el cuero y retiraba los trozos viejos antes de que tuviera que pedírselo. Conocía el orden de las herramientas.

En una junta encontré una tira demasiado ancha. La había cortado deprisa porque Inés me esperaba en la puerta del taller. Mi padre repasó el borde torcido y me dejó ir.

La separé. Olió a la lana mojada que había traído puesta la tarde de nuestro primer paseo.

Pensé en los huecos que habían dejado las tablas de nogal. Volví a colocar la tira.

—He dado para los pobres —dijo don Hernando.

Buscó entre sus papeles una disposición de dinero. Me la ofreció con el mismo cuidado con que había sostenido el memorial, procurando que pudiera leerla sin acercarme demasiado a la vela.

Reconocí una cantidad, unas firmas.

Le pregunté si guardaba algún recibo de lo entregado a mi padre.

—Tu padre no quiso cobrar.

—Su cuenta dice otra cosa.

—Seis reales. Siempre seis reales.

Pasé la hoja. Don Hernando se inclinó hacia el tintero. Siguió un movimiento de la mujer y acercó una mano al cristal. La retiró antes de tocarlo.

—He pedido justicia.

El corredor se alargó.

Por la puerta abierta vi aparecer otras lámparas, muy separadas, y una escalera donde antes estaba la pared.

—No llegaremos nunca —murmuró el guardián.

Don Hernando se cubrió la cara. Cuando apartó las manos, tenía los ojos llenos de lágrimas.

Puse la última tira de cuero.

La pieza de oro cayó junto a mi mano antes de que guardara las herramientas.

—Lo de tu padre. Y lo tuyo.

Estaba seca. En el reverso tenía una uña diminuta, marcada cuando el metal aún estaba blando. La sostuve un momento: pesaba más de lo que cabía en una moneda.

—Necesito un recibo.

Don Hernando buscó una hoja limpia. No quedaba ninguna. Apartó el memorial y escribió en el reverso. Le pedí que pusiera los seis reales por separado.

Al oír mi nombre, la arqueta se abrió.

Vi una página con la letra de mi padre. Debajo apareció otra línea. El guardián apartó el libro antes de que pudiera leerla, pero alcanzó a escribirse parte de mi apellido sobre el canto de su mano.

Esperé a que don Hernando terminara de firmar. Me envolví la mano quemada en un paño, cogí el oro con la otra y lo guardé en la bolsa.

—El año que viene, antes.

El guardián levantó el órgano. Al agacharme para ayudarlo, la punta de uno de los zapatos rozó mi bota.


Antes del patio nos detuvimos para cambiar de mano.

—¿Te ha pagado? —preguntó el guardián.

Asentí.

—¿Cómo os llamáis?

Movió los labios. El nombre salió por uno de los tubos, tan bajo que no pude entenderlo.

El carro seguía allí, sin las mulas. Dejé el realejo sobre las tablas, cubierto con la manta, y emprendí a pie el camino a casa. Una luz recorría las ventanas de la torre. Cada vez que pasaba frente a mí, un hombre levantaba un papel.

Inés me abrió al amanecer. Había acercado una silla a la puerta para no tener que bajar cada vez que oyera pasos.

Me quitó el abrigo y vio la mano vendada.

—¿Qué te ha pasado?

—El órgano.

Me hizo sentar. Deshizo el paño y mantuvo mi mano dentro de la suya, con el pulgar en alto, para que no rozara la ampolla.

Le entregué el oro.

Lo sostuvo entre dos dedos y fue a la ventana para examinarlo.

—¿Era eso lo que debían?

Asentí.

—¿Y el recibo?

La firma había desaparecido. Por el otro lado continuaba el memorial al emperador.

—Eso no es una cuenta.

Le dije que el hombre se había confundido de hoja. Se quedó esperando.

—Mañana volveré.

Inés dobló el papel, dejó el oro encima y me mandó acostarme.

Al mediodía vino el arriero. Quería cobrar la recogida del carro. Lo había encontrado vacío junto a la fortaleza.

Al bajar vi el realejo al fondo del taller, bajo la manta, con las asas engrasadas.

Inés regresó de ver a un platero. Traía una cantidad escrita con carbón y la pieza de oro envuelta en un paño. Antes de dármelo miró el instrumento.

—¿Lo han devuelto?

—Habrán venido mientras dormía.

—He estado aquí hasta que abrí la puerta.

Faltaba un fragmento en el borde del oro, una muesca que el platero había hecho para comprobarlo. Lo que ofrecía bastaba para conservar el taller. Quedaría algo para los salarios. Me sorprendí repasando lo que le debía a Sebastián, tratando de recordar si habíamos descontado ya los días que había faltado por la muerte de su mujer.

—Tenemos que decidirlo hoy —dijo.

Le pedí que lo vendiera.

—Págales primero a ellos —dijo.

Asentí. Después le dije que había contado los días de Sebastián como si hubiera venido.


Mi hijo nació en marzo. Inés lo llevaba al taller cuando no conseguía dormirlo. Yo dejaba la herramienta y lo tenía contra el pecho, caminando de un banco a otro, hasta que el ruido de la calle dejaba de sobresaltarlo. Cuando Inés venía a recogerlo, yo decía que estaba a punto de dormirse. Algunas veces era verdad.

Habían vuelto los oficiales. Sebastián esperaba a que yo opinara antes de decir lo que había que hacer. Recuperé dos tablas de nogal. Se reparó la gotera y pagamos lo que debíamos.

El realejo permanecía al fondo, cubierto con una manta más gruesa.

La víspera de Difuntos, Inés me encontró cortando cuero. El niño se había dormido y ella bajó a recoger la ropa que quedaba junto a la estufa.

—Mañana no vayas.

—No tardaré.

—Eso dijiste.

Continué con el cuchillo.

—He cobrado por hacerlo.

—¿Por hacer qué?

Le hablé de las fugas de aire. Señalé en un retal el lugar donde había que apretar para reducir una voz.

Me dejó terminar.

—Dímelo sin enseñarme el oficio.

Dejé el cuchillo sobre el banco. Le conté lo de la mujer del tintero. Al llegar a la tira de cuero me quedé mirando el retal.

Inés puso la ropa en una cesta. No se la llevó.

—Yo vendí el oro —dijo.

Le respondí que había sido cosa mía.

—No te he preguntado eso.

Fui a coger la cesta y la apartó. Salí a buscar la leña que quedaba en el patio. Al regresar encontré el abrigo que me llevaba a La Mota, tendido en el respaldo de una silla. Inés lo había zurcido por el hombro.

Al día siguiente fui a La Mota. El corredor era más largo. Entre dos lámparas habían aparecido una puerta y un trozo de pared que despedía olor a cal mojada.

Don Hernando preguntó por mi padre. Se lo expliqué otra vez. Me hizo leer el memorial y, al terminar, me dio seis reales.

Los conté una sola vez. Al regresar los puse sobre la mesa. Inés miró el dinero, después mis manos.

—Mañana lo anotas tú.


Cada noviembre preparaba el cuero y la cera. Durante el resto del año el taller seguía su curso. Mi hijo aprendió a distinguir las herramientas por el sitio donde las dejábamos. Inés le hizo un delantal con una camisa mía: había que darle dos vueltas al cordón y remangarle las mangas para que pudiera sacar las manos.

Este año ha querido acompañarme a La Mota. Dice que ya puede dar aire al fuelle. Lo ha visto hacer muchas veces y sabe apoyar el pie para que el cuerpo no se le vaya hacia delante.

Le dije que aún no.

—¿Cuándo?

Estaba limando una pieza. Aguardó a que la dejara sobre el banco.

Le dije que otro año y volví a la lima.

Fue a buscar a su madre. Los oí hablar arriba; después Inés bajó con la lámpara y la puso sobre una mesa.

Había empezado a llover. La piel de la quemadura tiraba al cerrar los dedos. Faltaban dos días para noviembre.

Al darme la vuelta vi que el niño había abierto el realejo. Tenía la tapa apoyada contra el pecho y contaba los tubos, señalándolos sin tocar, como yo le había enseñado a revisar las piezas pequeñas.

Me dijo una cantidad.

Le pregunté si estaba seguro.

Volvió a contarlos.

Me dijo otra.

Había cogido la regla antes de advertirlo. El niño retiró las manos y las escondió en las mangas. Todavía no me había acercado.

Inés puso la lámpara junto al instrumento.

Dejé la regla sobre el banco. Me costó separarme de ella: había un poco de cola seca en el sitio donde la tenía agarrada.

Mi hijo seguía con los brazos pegados al cuerpo. Me arrodillé para bajar la tapa sin que le cayera encima. Desde la caja llegó una voz. Se interrumpió en cuanto mi mano tocó la madera.

El niño levantó los ojos.

—¿La has oído?

Asentí.

Esperó a que dijera algo más. Quise explicarle que había aire dentro de los tubos, que algunas juntas no cerraban bien. Sabía decirlo de manera que lo entendiera.

—Sí —repetí.

Sacó una mano de la manga y la apoyó junto a la mía. Yo seguía sujetando la tapa.

La mujer volvió a llamar.

Dentro estaba la tira de cuero, ajustada sobre la junta. La había cortado una tarde para salir a pasear con Inés.

Cogí el cuchillo y levanté un extremo. Mi hijo se inclinó para ver. Aparté el filo de sus dedos, saqué la tira entera y la dejé en la palma que me tendía.

La sostuvo cerca de la lámpara. Se distinguía el corte oblicuo con que mi padre había corregido el mío.

—¿La guardo?

Por la abertura entró una corriente de aire frío. Le movió el pelo sobre la frente. Arriba empezó a crujir una tabla del dormitorio.

Seguíamos debiendo el alquiler de noviembre. Sebastián vendría al día siguiente por lo suyo. Inés tenía el brazo cansado y había apoyado el codo en la caja, sin bajar la lámpara.

Le quité al niño la tira de cuero.

La eché a la estufa.

Tardó mucho en dejar de oler a lana mojada.

Ficción histórica inspirada en la investigación de Alberto Sánchez Mendoza sobre el Palacio de la Conquista. Los encargos musicales de Hernando Pizarro durante su prisión y las dificultades para introducir un realejo en La Mota tienen base documental. El organero, su familia, el guardián y los episodios de este relato son invención literaria.