Poder, memoria y alegoría

La conquista de las pasiones

En la fachada del Palacio de la Conquista, las virtudes no celebran simplemente una victoria. Organizan un programa de poder, memoria y disciplina en el que las pasiones humanas revelan tanto lo que una familia quiso recordar como aquello que necesitó ocultar.

Trujillo (Cáceres)

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Palacio del Marqués de la Conquista, en la Plaza Mayor de Trujillo. En la cornisa, tres virtudes cardinales comparten la piedra con músicos, animales y un cráneo; la Justicia no aparece materialmente representada.

Tres virtudes de granito, una mujer que no está y la memoria con que los Pizarro quisieron domesticar su propia historia

En la cornisa del Palacio de la Conquista aparecen tres virtudes cardinales y falta la cuarta. Entre el testamento de Hernando Pizarro, sus años de prisión y la memoria construida junto a Francisca Pizarro Yupanqui, esa ausencia abre una pregunta que ningún documento consigue cerrar.

El 10 de octubre de 1557, Hernando Pizarro creyó que podía morir.

No murió. Le quedaban todavía más de veinte años, pero aquella mañana —o aquella tarde; el documento no concede ni siquiera esa comodidad— la muerte había dejado de ser una abstracción. Llevaba catorce años preso en el castillo de La Mota, en Medina del Campo, y se declaró «malo y enfermo del cuerpo». Después dictó testamento.

No sabemos qué pensó mientras lo hacía. Conviene aceptar esa limitación antes de acercarse a él. Los muertos, cuanto más antiguos, más dóciles se vuelven en manos de quien escribe: les atribuimos remordimientos, les prestamos revelaciones, los sentamos junto a ventanas que quizá nunca existieron. De Hernando solo conocemos lo que decidió dejar por escrito.

Entre mandas, deudas y disposiciones familiares aparece una cláusula que altera el tono del documento. Reconoce «escrúpulos de conciencia» por el oro recibido de algunos indígenas «así por amenazas como en otra manera» y calcula su valor en quinientos o seiscientos ducados. Ordena que mil se empleen en una renta para los pobres.

Pudo ser arrepentimiento. Pudo ser miedo. Pudo ser la aritmética espiritual de un hombre que, al presentir el final, quería que las cuentas de la conciencia también cerrasen. El documento no permite elegir. Conserva algo más incómodo: a un conquistador enfermo haciendo cuentas con Dios después de haber pasado buena parte de su vida haciéndolas con la Corona.

Un testamento ordena lo que quedará cuando el cuerpo desaparezca. Una fachada intenta ordenar cómo será recordado.

Años después, Hernando y Francisca Pizarro Yupanqui levantaron en Trujillo un palacio sobre las antiguas casas familiares y parte de las carnicerías de la ciudad. La casa pertenecía a dos biografías, aunque durante demasiado tiempo la historia prefiriera leerla como la prolongación arquitectónica de una sola.

En la cornisa colocaron músicos, animales, frutas, un cráneo y varias figuras humanas. Alberto Sánchez Mendoza propone identificar tres de esas mujeres como la Templanza, la Prudencia y la Fortaleza: una vierte líquido desde una jarra; otra sostiene un espejo y se acompaña de una serpiente; la tercera encarna la resistencia frente a aquello que debe ser soportado.

Son tres de las cuatro virtudes cardinales. La Justicia no está.

La historia empieza en ese hueco. Durante siglos, las figuras permanecieron en esa región ambigua del patrimonio donde algo puede estar a la vista y, sin embargo, no haber sido visto. La altura favorece el error. Desde la Plaza Mayor, una jarra se reduce a una inclinación de la piedra; una serpiente puede ser apenas un relieve; un espejo pierde la cualidad que lo distingue de cualquier otro objeto. Para mirar la cornisa hay que levantar la cabeza y consentir que, durante unos segundos, la vida de la plaza salga del campo de visión.

Sánchez Mendoza volvió a mirar mediante imágenes aéreas. La cercanía permitió observar atributos y gestos que desde abajo se confundían, revisar identificaciones heredadas y proponer la presencia de las tres virtudes. La cuarta no aparece materialmente representada.

Ahí termina lo visible y comienza el peligro de interpretar.

Panofsky enseñó a demorarse: primero la forma, después el motivo y solo al final el mundo histórico que podría darle sentido. Gombrich introdujo una sospecha necesaria, porque ningún símbolo significa siempre lo mismo; una serpiente, una copa o un león cambian según el lugar que ocupan y las imágenes que los rodean. Warburg fue todavía más lejos: las figuras no transmiten únicamente conceptos, también conservan gestos, maneras antiguas de mostrar el deseo, el miedo, la victoria o el duelo.

Los tres conducen aquí a la misma cautela. Una lectura puede ser elegante y falsa. La piedra permite formular una hipótesis sobre el gobierno de las pasiones y la memoria de los Pizarro, pero no convierte esa hipótesis en confesión. Antes de preguntarnos qué quisieron decir las figuras conviene observar qué hacen.

La primera inclina una jarra. Si la identificación propuesta es correcta, esa mujer representa la Templanza. Vierte un líquido en una copa y el gesto, mínimo y repetido durante siglos, contiene una ética entera. No rompe el recipiente, no derrama la bebida, no prohíbe. Mezcla. Introduce una medida entre el deseo y su cumplimiento.

El deseo permanece. Eso es lo importante.

En La República, Platón construyó una parte decisiva de su pensamiento sobre esa dificultad: razón, ánimo y apetito no desaparecen, sino que deben aprender a guardar una relación. Gobernarse consiste menos en amputar lo que mueve el cuerpo que en impedir que una sola fuerza se apodere de él. Vista así, la jarra deja de ser un atributo inmóvil. Contiene el instante en que alguien todavía quiere algo, pero ya no está obligado a obedecerlo.

El hombre que acabaría colocando esa figura sobre su casa había conocido bien el apetito. El 9 de enero de 1534, Hernando Pizarro llegó a Sevilla con miles de pesos de oro y piezas aún sin fundir. El metal causó una impresión que los sevillanos recordaron durante décadas. «Riqueza» es una palabra demasiado pulcra para contarlo. El oro pesa, ocupa cajas, exige brazos que lo transporten; puede fundirse, prestarse, esconderse, embargarse, ofrecerse al rey o convertirse en tierra.

Con el tiempo se convirtió también en piedra.

Un palacio sobre la Plaza Mayor no era simplemente una casa más grande. Era una frase dicha con sillares, escudos y balcones; una manera de obligar a la ciudad a convivir con un apellido. Esto poseemos. De aquí venimos. Esto seguirá aquí cuando nosotros faltemos. La arquitectura nobiliaria no necesitaba escribir los pronombres: bastaba con elevarlos.

Allá arriba, la Templanza continuaba vertiendo su medida. No sabemos si corregía el apetito de quienes la encargaron o si lo ennoblecía después de los hechos. Las fachadas rara vez distinguen entre la virtud y su publicidad.

Cuando el oro dejó de abrir puertas, Hernando recurrió al papel.

La prisión produjo cartas, memoriales, peticiones, ofertas y quejas. El hombre que había administrado soldados, minas, dinero y alianzas intentaba intervenir desde La Mota en decisiones tomadas por otros. En una carta de 1549 citada por Sánchez Mendoza desconfiaba de las maniobras del fiscal y temía nuevos procedimientos para prolongar el encierro. Si las cosas fueran «por justicia», escribió, cabría otra actitud; el problema era que iban «por industrias».

La palabra ya estaba allí. Justicia. Años antes de que nosotros levantemos la vista hacia la cornisa, Hernando la había convertido en reclamación.

La segunda mujer sostiene un espejo. La serpiente que la acompaña permite identificarla como Prudencia, virtud del juicio, la previsión y las consecuencias. Un espejo no vuelve prudente a nadie, pero introduce una incomodidad: obliga a incluir el propio rostro en aquello que se juzga.

Hernando había regresado definitivamente del Perú en 1539 con dinero, servicios prestados a la Corona, relaciones y el prestigio feroz de la conquista. El oro enseña una lección peligrosa. Después de abrir suficientes puertas, uno empieza a creer que todas tienen una cerradura comprable.

Esta vez no funcionó. En 1540 fue recluido en el Alcázar de Madrid y en junio de 1543 lo trasladaron a La Mota. Las guerras entre los conquistadores, la ejecución de Diego de Almagro y los pleitos acumulados lo dejaron en la posición que quizá menos había practicado: esperar. Las cartas salían; las respuestas dependían de otros. La voluntad que había cruzado territorios quedó reducida al espacio que separa una petición de su resolución.

El espejo devuelve entonces dos rostros. Uno pertenece al hombre que reclamaba justicia a Carlos V. El otro, al conquistador que años después reconocería haber obtenido oro de indígenas mediante amenazas. El testamento los conserva juntos: quien se considera agraviado y quien admite el daño ejercido sobre otros.

Separarlos haría la historia más cómoda y menos verdadera. Puede sufrirse una injusticia después de haber sido injusto. La responsabilidad no vuelve imposible el agravio, del mismo modo que el agravio no cancela la responsabilidad. Con Hernando, el espejo se rompería si solo devolviera una cara.

Después de la medida y del juicio llega la resistencia.

La Fortaleza se asociaba con la capacidad de distinguir lo que debe temerse de aquello que debe ser soportado. No era la ausencia de miedo, sino su gobierno. Pocas virtudes podían servir mejor a la imagen que Hernando quisiera legar: soldado, conquistador, superviviente de las luchas internas del Perú, prisionero durante años. Incluso el idioma parece colaborar con el programa. Hernando enfermó dentro de una fortaleza; tiempo después, la Fortaleza ocuparía un lugar sobre su casa.

Pero una virtud encargada no prueba el carácter de quien la paga. Solo demuestra que quiso incorporarla a su retrato.

La fachada, en esto, se parece a una autobiografía y se diferencia de un archivo judicial. El archivo guarda pleitos, acusaciones, deudas, testimonios y órdenes que el protagonista no puede seleccionar. La fachada elige. Nadie coloca voluntariamente sobre su casa un catálogo de sus peores decisiones.

También la cronología obliga a desconfiar de una escena irresistible. Sería hermoso imaginar a Hernando levantando desde la cárcel la casa con la que pretendía sobrevivirse, pero el proceso constructivo documentado se sitúa entre 1561 y 1571, después de su salida de La Mota. Tal vez algunas decisiones se gestaran antes; no tenemos pruebas. El relato no pierde belleza cuando renuncia a una imagen falsa. A veces la encuentra precisamente ahí, en la resistencia a completarla.

La versión menos perfecta es esta: Hernando salió de prisión y, junto con Francisca, transformó las antiguas casas familiares y parte de las carnicerías de Trujillo en un palacio. El edificio cargó literalmente sobre las carnicerías municipales: en 1571, con las obras ya muy avanzadas, las estructuras inferiores se resentían bajo la fábrica de granito.

Francisca Pizarro Yupanqui no fue una presencia secundaria en aquella operación. Hija y heredera de Francisco Pizarro, esposa y sobrina de Hernando, aportó bienes, legitimidad dinástica y una biografía en la que los dos lados del Atlántico no se encontraban de manera pacífica.

El palacio no fue el monólogo de un conquistador. Fue una empresa familiar de memoria y poder, y reducirla a él repetiría el borrado que la propia historia ha ejercido sobre ella.

A partir de ese punto, la cornisa deja de parecer una lección ordenada. Las virtudes conviven con músicos, instrumentos, animales, cestos de fruta, un león y un cráneo. La piedra mezcla refinamiento, poder, preocupación moral, gusto y símbolos cuya lectura continúa abierta. Como ocurre en las casas habitadas durante mucho tiempo, nada termina de pertenecer a una sola época ni a una sola voluntad.

La correspondencia reunida por Sánchez Mendoza añade un detalle que modifica la música muda de la fachada. Durante su prisión, Hernando encargó un órgano, cuerdas de vihuela y otros objetos. Un envío procedente de Amberes naufragó cerca de Portugalete; después insistió en que las cuerdas viajaran por tierra porque las que llegaban por mar perdían calidad. Años más tarde, varios músicos ocuparon la cornisa del palacio. La secuencia no demuestra que una cosa explique la otra, pero permite mirar esas figuras sin reducirlas a decoración. El preso que vigilaba la calidad de unas cuerdas pudo reconocer en la música algo más que un emblema.

Entre los músicos aparece un cráneo. Su lectura como memento mori no necesita intimidad psicológica: el siglo conocía bien esa advertencia. Se puede volver con oro, sobrevivir a una guerra, resistir una cárcel y elevar un escudo sobre la plaza; nada de ello deroga el final. La enfermedad de 1557 acercó la muerte al documento, pero no demuestra que explique la escultura. Sabemos que Hernando enfermó. Sabemos que el cráneo acabó en la cornisa. Entre ambos hechos queda un espacio que la prosa debe saber dejar vacío.

No es el único. En La República, la Justicia no aparece como una cualidad más alineada junto a las otras. Surge cuando las partes guardan la relación debida y el conjunto —el alma, pero también la ciudad— alcanza un orden. Por eso la propuesta de Sánchez Mendoza resulta tan perturbadora: si Templanza, Prudencia y Fortaleza están materialmente representadas, la ausencia de la cuarta no deja un hueco cualquiera. Interrumpe el sistema.

Las tres virtudes presentes pueden leerse como formas de gobierno de uno mismo: medir el apetito, deliberar antes de actuar, resistir el miedo. La Justicia obliga a salir de ese recinto interior. Con ella entran el adversario, el acreedor, el subordinado, el indígena, el juez, el rey y la ciudad. Entra el otro, precisamente la figura que el poder olvida con mayor facilidad cuando escribe su autobiografía.

La investigación plantea una posibilidad: las quejas documentadas de Hernando y su convicción de haber recibido un trato injusto podrían explicar que la omisión funcionara como una reivindicación. La carta de 1549, con su oposición entre «justicia» e «industrias», vuelve esa lectura difícil de ignorar.

También nosotros queremos que la ausencia signifique algo preciso: que Hernando ordenara excluir la Justicia, que la piedra conserve una protesta, que la fachada termine confesando lo que el archivo apenas permite sospechar. Pero cerrar así el sentido sería repetir su gesto: domesticar la historia hasta hacerla obedecer.

No existe la orden que cerraría el relato. Ningún documento conocido dice: no pongáis la Justicia. La omisión pudo ser deliberada, pero también responder a un programa incompleto, a las distintas fases del edificio, a una identificación equivocada o a una lógica que ya no podemos reconstruir. La mejor objeción no empobrece la hipótesis; impide que la transformemos en propaganda de nuestra propia inteligencia.

En el nivel de los hechos solo puede afirmarse que una investigación propone reconocer tres virtudes cardinales, que la cuarta no está materialmente representada y que el hombre asociado al edificio dejó por escrito su sentimiento de haber sido tratado injustamente. Entre esas certezas se extiende la interpretación.

Allí permanece la pregunta. ¿Qué significaría que un hombre que reclamó justicia hubiera querido excluirla de la imagen de su casa? ¿Qué cambia cuando ese mismo hombre reconoció haber obtenido oro mediante amenazas? Lo contradictorio no es que alguien injusto pida justicia; eso resulta enteramente humano. La contradicción verdadera está en la facilidad con que el poder convierte su agravio en medida del mundo y el daño ajeno en una cláusula tardía.

Francisca obtuvo en 1571 licencia para fundar mayorazgo. Hernando recibió la suya en 1577 y pudo unirla a la de su esposa; al año siguiente instituyeron los vínculos destinados a impedir la dispersión de la hacienda. Tras conquistar, acumular, litigar, sobrevivir y edificar, quedaba una última pasión: conseguir que el tiempo obedeciera.

El tiempo no obedeció, pero aceptó negociar.

La casa sigue en pie. Desde la plaza, la mujer de la jarra continúa inclinando el recipiente; la Prudencia sostiene un espejo que ya no puede devolver el rostro de quienes encargaron el palacio; la Fortaleza resiste en su sitio; los músicos tocan una música sin sonido. Por debajo pasan vecinos, camareros, niños y turistas que desconocen la mayoría de los nombres inscritos en la piedra.

El edificio duró más que sus dueños y, aun así, no logró fijar el significado. Todas las demás figuras tienen un cuerpo. La Justicia conserva únicamente el espacio que habría ocupado.

La llamamos Justicia.

El nombre no llena el hueco

Fuentes y documentos