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Flamenco, memoria y transmisión

Jesús Carbonell, la intimidad prestada

Un niño convierte un bote de Mimosín en guitarra. Décadas después, Jesús Carbonell toca en el Museo Gustavo de Maeztu. Entre ambas imágenes caben un padre, una casa gitana, Sabicas y la extraña facultad de la música para despertar recuerdos que no pertenecen al músico.

Estella-Lizarra (Navarra)

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Imagen destacada del perfil de Jesús Carbonell.

Jesús Carbonell

Guitarrista flamenco cuya trayectoria enlaza aprendizaje familiar, memoria, tradición y búsqueda expresiva.

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Un niño convierte un bote de Mimosín en guitarra. Décadas después, Jesús Carbonell toca en el Museo Gustavo de Maeztu. Entre ambas imágenes caben un padre, una casa gitana, Sabicas, muchas horas de estudio y esa extraña facultad de la música para despertar recuerdos que no pertenecen al músico.

Hay un niño de tres años sentado en el umbral de una casa gitana; dentro canta su madre. Son cantes antiguos, anteriores al escenario y quizá también a la necesidad de ponerles nombre. Pertenecen a la casa, a las sobremesas, a las reuniones donde nadie ha convocado un concierto y, sin embargo, alguien termina cantando. La música está mezclada todavía con las conversaciones, los platos, el ruido de las sillas y la gente que entra y sale. No es una profesión ni parece una disciplina, sino una de las maneras que tiene aquella casa de estar viva.

El niño sostiene un bote de Mimosín. Lo apoya contra el pecho como si fuera una guitarra y mueve los dedos sobre unas cuerdas que no existen, ignorando qué es una falseta, quién fue Sabicas, o que algún día pasará buena parte de su vida intentando decir con seis cuerdas aquello que le cuesta confesar mirando a otra persona. Su padre anda cerca; no toca, sencillamente observa.

Jesús Carbonell lo recuerda como un hombre sin formación musical ni estudios artísticos, pero dotado de una curiosidad que al hijo todavía le interesa explicar. Podía detenerse delante de un cuadro porque sí: no necesitaba conocer al pintor, la escuela o la fecha. Algo le llamaba la atención y él se quedaba. Puede parecer poco, pero no lo es. Décadas después, Carbonell resumirá de otro modo una parte de lo que aprendió entonces:

«Hay que mirarnos a los ojos».

Antes de saber tocar, aprendió a mirar.

El niño continúa en el umbral. Detrás quedan la voz de su madre, los cantes, las reuniones y el flamenco entendido, según recuerda, «no como oficio, pero sí como cultura, como lenguaje». Delante, en cambio, aguarda lo irreconocible: Lorca, las bodas a las que su padre lo llevará para observar guitarristas, las horas de estudio, la frustración, los escenarios y una furgoneta convertida en lugar de ensayo porque ni siquiera en vacaciones consigue dejar la guitarra quieta. Y muchísimo más lejos, al otro lado de la puerta de su futuro, el Museo Gustavo de Maeztu.

Por ahora hay únicamente un niño, un bote de suavizante y un instrumento inexistente. Muchos años después entrará en el museo con una guitarra de verdad, aunque su padre ya no estará para verlo.

El Museo Gustavo de Maeztu ocupa el antiguo Palacio de los Reyes de Navarra, uno de esos edificios que parecen haber asumido como obligación sobrevivir a quienes pasan por ellos. Un museo conserva, cataloga, restaura y fija fechas; nombra las cosas para impedir que desaparezcan. La música pertenece a otra especie: necesita desvanecerse. Una nota solo puede continuar si deja de sonar.

En Copla andaluza, pintada por Gustavo de Maeztu hacia 1915-1916, una mujer canta mientras un hombre sostiene una guitarra. El gesto ha sobrevivido; el sonido, no. Podemos contemplar esa madera durante cien años y jamás sabremos qué estaba sonando. Con Carbonell sucede exactamente lo contrario: la guitarra existe mientras se pierde, y luego solo queda lo que uno consiga recordar.

Hay algo casi demasiado perfecto en que toque aquí. Su primera actuación pública fue en Lorca, cerca de Estella, y su padre vuelve a estar detrás de aquella escena. Décadas después, regresa a esta geografía con un proyecto titulado Guitarra de Herrero. El nombre no es un simple adorno para el cartel, sino que contiene una familia y un método: un herrero repite un gesto hasta que la materia responde. Golpea, mira, escucha, corrige y vuelve a empezar.

En la formación de Carbonell tampoco aparece una gran revelación ni un maestro único al que convertir en mito fundacional. Su padre lo llevaba a bodas para que mirara a otros guitarristas. Y eso hacía. Observaba unas manos, una postura, la manera de acompañar o algún recurso que todavía no entendía; después regresaba a casa y trataba de reconstruirlo. Era una enseñanza clandestina, ocurriendo delante de él sin que nadie interrumpiera la fiesta para explicársela. La biografía de otros músicos se escribe siguiendo conservatorios; la suya parece construirse siguiendo una sucesión de miradas.

Con los años llegó también la conciencia de lo que faltaba. Habla sin rodeos de sus carencias, de la incomodidad de encontrarse junto a músicos que dominan una terminología que él no maneja del mismo modo, y admite que le gustaría estudiar más. No es falsa modestia, sino el reconocimiento frontal de una frontera. Y entonces dice:

«Hay que mirarnos a los ojos».

La frase es pequeña pero explica bastante. Se puede saber mucho y no escuchar a quien está delante, del mismo modo que se puede sentir muchísimo y tocar mal. Carbonell vive en esa franja incómoda donde ninguna de las dos cosas basta. El sentimiento no afina una guitarra, y la afinación no produce, por sí sola, una emoción.

En un recital a solas hay pocas cosas detrás de las que esconderse. El instrumento debe construir el espacio sin que nadie corrija una caída o rellene un silencio. Cada pausa queda al descubierto y cada repetición tiene que justificar por qué regresa. Ahí aparece una de las tensiones del músico: le gusta demorarse, respirar, dejar que una frase pierda velocidad. La lentitud puede ser profundidad o hábito; el silencio puede abrir la música o convertirse en afectación. La diferencia está en si detrás late una necesidad genuina.

Carbonell parece menos interesado en exhibir su destreza que en conseguir que, durante unos minutos, la técnica deje de llamar la atención sobre sí misma. Presenta Calle Mañueta, unas alegrías dedicadas a Sabicas nacidas de su participación junto a Guadiana en los balcones de Flamenco On Fire en 2023. Habla de cruces, de mezclas, de la relación entre las alegrías y la jota. Sabicas aparece aquí de manera saludable: como interlocutor, no como estatua. Una tradición que solo permite reverencias está muerta; una tradición viva obliga a contestar.

Quizá por eso el padre vuelve una y otra vez a esta historia, porque el verdadero tema puede no ser la guitarra, sino la transmisión. Un hombre que no era músico lleva a su hijo a observar músicos; alguien que no estudió pintura se detiene ante los cuadros. Alguien incapaz de enseñar una técnica termina transmitiendo una forma de trabajar. A veces heredamos de nuestros padres precisamente aquello que ellos nunca hicieron.

Carbonell habla también de la autoexigencia y de la frustración que llegó a producirle, porque el escenario convertía la posibilidad del error en una presencia amenazante. Ahora intenta engañarlo. Cuando toca ante el público procura imaginar que está en el sofá de su casa: toca despacio, respira, intenta olvidarse de que lo miran. Es una maniobra paradójica, pues focos, silencios y cuerpos orientados hacia un mismo punto conspiran para recordarle que existe una audiencia. Él intenta hacer el recorrido contrario: llevar la casa al escenario. Y entonces vuelve aquel bote de Mimosín, su primera guitarra, la única que tuvo una ventaja invencible sobre todas las posteriores: era imposible tocarla mal.

Aquí la biografía empieza a resultar peligrosa. Un padre muerto, una madre que canta, una infancia atravesada por el flamenco y un niño abrazado a un bote de suavizante ofrecen suficiente material sentimental para reducir la música a la simple ilustración de una vida. No conviene permitirlo: una historia triste no mejora una pieza, ni la sinceridad convierte automáticamente una interpretación en buena. Nada de lo que sabemos sobre Carbonell sustituye lo que ocurre cuando sus dedos empiezan a tocar. El concierto tiene que sostenerse también para quien no sepa nada de él.

Afortunadamente, Carbonell no habla de su infancia como una elegía permanente. Recuerda a quienes faltan, pero junto a ellos evoca reuniones, ruido, familia y sobremesas. Y cuenta algo que resulta más inquietante que cualquier retrato solemne del duelo: a veces es precisamente cuando todo va bien cuando regresan con más fuerza quienes ya no están. En el dolor no hace falta ir a buscarlos porque ya están allí; pero en la alegría uno se vuelve instintivamente hacia alguien para decirle «mira», y descubre de nuevo el vacío. Hay una felicidad que sabe perfectamente quién ha muerto.

Durante la pandemia compuso Mi suerte. Fuera había incertidumbre, pero dentro quedaba una guitarra y un problema que las manos podían intentar resolver: una pieza, un compás, una tarde. Mientras el exterior se reducía a estadísticas y encierro, él podía entrar en un lugar manejable. De ahí el título: no porque las circunstancias fueran afortunadas, sino porque aún existía algo que hacer con las manos. A veces el arte empieza mucho antes de cualquier teoría estética, sencillamente haciendo soportable una habitación.

Le pregunto qué consigue decir mediante la guitarra que le cuesta expresar mirando a otra persona. No tarda demasiado:

«Casi todo».

Y se acabó. Podríamos construir una leyenda estupenda sobre el hombre tímido que encuentra en la música su única lengua verdadera, pero sería demasiado sencillo. La guitarra le permite decir cosas, sí, pero nosotros no sabemos exactamente cuáles, y eso debería importarnos. Escuchar a alguien no equivale a poseer la llave de su vida. Una obra puede acercarnos mucho a otra persona y conservar intacta, al mismo tiempo, una zona inaccesible. La intimidad permanece ajena; solo se nos presta. Entonces, en algún momento del concierto, sucede algo para lo que las categorías empiezan a quedarse pequeñas.


Yo lloro. No es una valoración musical ni pretende serlo, porque las lágrimas no certifican una interpretación ni sustituyen el análisis. Una mala pieza puede emocionarnos por razones privadas y una obra extraordinaria puede dejarnos inmóviles. Pero ocurre. Y lo interesante no está en la lágrima, sino en que Carbonell no sabe por qué aparece. Toca desde una biografía que le pertenece y, al otro lado, algo de esa música tropieza con una historia que no conoce: la mía.

De pronto asoma un recuerdo que no estaba en el programa: un padre que no es el suyo, una persona muerta hace años, una habitación, una felicidad antigua. La música ha transportado una emoción sin transportar necesariamente su argumento. Eso es lo extraño: Carbonell toca desde su vida, yo escucho desde la mía, y durante unos segundos ambas se rozan. Las lágrimas llegan antes que la explicación.

La técnica sigue ahí, latiendo detrás de años de estudio, dedos repitiendo movimientos y la vieja disciplina de aquel niño que observaba en las bodas. Pero llega un momento en que la técnica deja de bastar para describir lo que sucede. Aquella tarde, en el Museo Gustavo de Maeztu, un hombre toca una guitarra; eso es lo único que podría consignar un inventario. Detrás de sus manos están la madre cantando en casa, el padre llevándolo a mirar, Sabicas, las dudas, la furgoneta y el tiempo. Delante estamos nosotros, cada uno con sus propios muertos, sus habitaciones y sus canciones. Nadie ha venido allí para confesar nada y, sin embargo, durante un rato hay cosas que salen a la superficie.

Después termina. La guitarra calla.

En algún lugar del museo, el hombre pintado por Maeztu en Copla andaluza continúa sosteniendo la suya, con la ventaja de no necesitar desaparecer para permanecer cien años dentro del mismo gesto, y con la condena de no volver a sonar nunca. La guitarra de Carbonell posee el destino contrario: para existir tiene que perderse. Quedarán fotografías, el programa, quizá una grabación, una fecha. El museo seguirá allí cuando todos los asistentes hayan desaparecido, pero lo más difícil de archivar no será la música, sino lo que esta hizo.

Por eso conviene regresar una vez más al umbral. Hay un niño de tres años a la entrada de una casa gitana, sosteniendo un bote de Mimosín mientras su madre canta y su padre ronda cerca. El pequeño ignora que un día ese hombre faltará y que pasará media vida buscando en las cuerdas las palabras que no logra pronunciar. Desconoce a Sabicas y a Lorca, los escenarios, los museos y a esos hombres adultos que terminan llorando al escucharlo por alguien a quien el guitarrista jamás conoció. Él solo juega. La madre sigue cantando, el padre mira, y el niño toca una guitarra que no existe.

Todavía están todos allí, antes de que el tiempo haga su trabajo, la madre calle, el niño crezca y el padre desaparezca. Muchos años después, Jesús Carbonell está sentado en el Museo Gustavo de Maeztu con una verdadera guitarra entre las manos. Empieza a tocar, yo escucho, y por un instante, una vida que no es la mía abre una habitación dentro de la mía. No puedo quedármela porque nunca me perteneció: solo me fue prestada.

Fuentes y documentos