PSYOPS · PODER Y CONDUCTA

Los hombres que miraban fijamente a las cabras

Una cabra inmóvil, un manual para monjes guerreros y varios archivos desclasificados cuentan una historia menos cómica que la película: la del poder cuando traslada la batalla al interior de quien debe obedecer.

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Los hombres que miraban fijamente a las cabras

De MKULTRA a la guerra cognitiva: la larga aspiración del poder a conseguir que otro cuerpo obedezca sin necesidad de tocarlo

Una cabra inmóvil, un manual para monjes guerreros y varios archivos desclasificados cuentan una historia menos cómica que la película: la del poder cuando traslada la batalla al interior de quien debe obedecer y procura que la obediencia conserve la apariencia de una decisión propia.

La palabra habría

En Fort Bragg había cabras. La frase no contiene ningún misterio.

Según el relato que Jon Ronson reconstruyó en Los hombres que miraban fijamente a las cabras, los animales formaban parte del entorno empleado para el adiestramiento médico de las fuerzas especiales estadounidenses. Eran cuerpos sobre los que aprender a conservar otros cuerpos: anatomía sometida a la lógica ordinaria de un ejército que necesita que sus hombres sepan qué hacer cuando la carne se abre.

El misterio llegó después. Algunos militares vinculados a aquel mundo, contaba Ronson, habrían intentado detener el corazón de una cabra mediante técnicas mentales. Uno de ellos, sostenía la historia, lo consiguió.

Mirándola.

La palabra importante no es mirando. Es habría.

Las cabras existieron. Existieron los programas militares y de inteligencia dedicados a investigar capacidades humanas que hoy parecen extravagantes. Existe también el manual que imaginó soldados adiestrados en meditación, percepción y conciencia ecológica. No existe, en cambio, documentación pública equivalente que demuestre que un hombre mató una cabra con los ojos.

En este relato, como en tantos otros sobre los servicios secretos, una parte del material pertenece al archivo; otra, al testimonio; otra, a la leyenda que crece precisamente allí donde el archivo se interrumpe.

Ronson publicó su libro en 2004. Cinco años más tarde, Hollywood puso a George Clooney frente al animal y encerró bajo una misma comedia a videntes militares, LSD, monjes guerreros y hombres persuadidos de que podrían atravesar una pared si se concentraban lo suficiente.

La operación funcionaba porque la cabra volvía risible cuanto se acercaba a ella. ¿Cómo no sonreír ante un ejército que pretende matar con la mirada? La carcajada llegaba antes que la pregunta y permitía abandonar la sala con una certeza cómoda: nada de aquello merecía ser tomado en serio.

Pero dentro del chiste convivían hechos comprobados, programas fracasados, testimonios tardíos, documentos destruidos, experimentos clandestinos y fabulaciones. Reírse de todo era tan imprudente como creerlo todo. Los dos gestos permitían cerrar el archivo sin leerlo.

Detrás de la cabra quedaba una pregunta que no tenía nada de paranormal: ¿cómo se consigue que otro haga lo que queremos sin tener que moverlo por la fuerza?

El poder suele presentarse vestido para la ceremonia. Un palacio, un uniforme, una bandera; alguien habla desde una altura y otros escuchan desde abajo. Robert Dahl lo dejó casi desnudo en 1957: A ejerce poder sobre B cuando consigue que B haga algo que de otro modo no habría hecho. No importa todavía si A es un Estado, un ejército, una empresa o una persona. Tampoco si B es un país, una población o un solo hombre. Importa el verbo.

Hacer.

Josep Baqués recupera esa fórmula al explicar el modelo DIME, que distribuye los instrumentos del poder entre diplomacia, información, fuerza militar y economía. La clasificación corrige una superstición frecuente de los Estados: confundir el poder con aquello que poseen. Un país puede contar soldados, embajadas, divisas, satélites y toneladas de armamento; el inventario no demuestra que haya logrado producir un efecto en nadie. El poder solo se vuelve visible cuando B se mueve, se detiene, concede, renuncia o modifica su conducta. (Global Strategy)

Un fusil puede obligar a un hombre a levantar las manos. No es la única manera. También puede hacerlo porque cree que está rodeado, porque piensa que sus compañeros han abandonado la posición, porque teme el ataque siguiente o porque alguien le ha convencido de que continuar carece de sentido. En todos los casos vemos dos brazos sobre la cabeza. El desenlace físico es idéntico; el camino que conduce hasta él no.

Ahí se encuentra el nervio de las operaciones psicológicas. Propaganda, guerra psicológica, operaciones psicológicas y guerra cognitiva no son términos intercambiables, aunque la conversación pública los amontone. Cambian las doctrinas, las instituciones, las técnicas y el alcance que se atribuye a cada concepto. Comparten, sin embargo, una ambición: intervenir en la percepción, las emociones o el cálculo de una audiencia para favorecer una conducta.

La última palabra es la que cuenta.

No basta con que un soldado crea que está aislado; se pretende que abandone su puesto. No basta con instalar miedo en una población; se busca que calle, huya, colabore o deje de apoyar al adversario. Baqués define el componente informativo del modelo DIME por su capacidad de afectar el proceso de decisión de terceros, convertidos en audiencia objetivo, para alcanzar determinados efectos. La información deja entonces de ser solo aquello que se comunica. Se convierte en un instrumento que actúa sobre el repertorio de lo posible. (Global Strategy)

Una idea no abandona una posición. Un cuerpo sí. El miedo no arroja un fusil al suelo; lo hace una mano. La desesperanza no firma una rendición; alguien sostiene el bolígrafo. Incluso la forma más abstracta de influencia debe terminar en músculos, desplazamientos, obediencias, huidas o silencios.

El cuerpo nunca estuvo fuera de las PSYOPS. Era su destino.

En algún momento cambió el sustantivo: la audiencia se convirtió en sujeto, y aquella variación, tan pequeña en apariencia, alteró por completo la relación entre quien observaba y quien era observado.

Una audiencia todavía conserva el privilegio de escuchar, interpretar y desconfiar; se la puede engañar, seducir o intimidar, pero se admite que al otro lado existe una conciencia a la que hay que dirigirse. El sujeto experimental ocupa un lugar distinto, porque no necesita comprender, ni siquiera saber: basta con que responda.

La Guerra Fría llevó esa posibilidad hacia un territorio más oscuro. Conviene separar los expedientes antes de avanzar: MKULTRA no fue una fase secreta de las PSYOPS ni el primer peldaño de una escalera que conduzca desde la propaganda hasta los soldados paranormales. Fue un programa de investigación de la CIA sobre modificación de conducta, drogas y otras técnicas, sostenido por una ansiedad próxima, aunque no idéntica: la posibilidad de que la mente humana pudiera abrirse, alterarse y dirigirse.

En agosto de 1977, el director de la CIA, Stansfield Turner, compareció ante el Senado de Estados Unidos. La documentación recuperada permitía identificar 149 subproyectos de MKULTRA. Muchos parecían relacionados con la modificación del comportamiento, la adquisición y ensayo de sustancias o su administración clandestina. Los expedientes mostraban además mecanismos de financiación concebidos para ocultar el patrocinio de la Agencia y, en algunos casos, la participación de investigadores e instituciones. Una parte considerable del archivo había sido destruida en 1973 por orden del entonces director Richard Helms. (Senado de Estados Unidos)

La traición fundamental cabe en una asimetría: el investigador sabe; el sujeto no.

El investigador sabe qué sustancia administra, qué reacción espera y qué hipótesis desea confirmar; el otro ignora incluso que existe un experimento. Su miedo, su confusión o su deterioro dejan de comparecer ante quien toma notas como experiencias humanas y pasan a registrarse como resultados posibles, mientras el consentimiento, que debería constituir la condición moral de la investigación, se convierte en un obstáculo técnico: si el sujeto sabe, modificará precisamente aquello que se quiere observar.

Así comienza la desaparición de una persona dentro de un vocabulario: modificación, estímulo, respuesta, evaluación, control, entrada, proceso, salida. Las palabras parecen limpias cuando se las examina por separado; juntas describen un sistema en el que una parte posee la información y la otra aporta el cuerpo.

Los documentos supervivientes no demostraron que la CIA hubiera descubierto una técnica infalible de control mental. Demostraron algo menos espectacular y más grave: una organización estatal había considerado la mente y la conducta humanas territorios experimentales de la seguridad nacional, y parte de esa investigación se había realizado sin el conocimiento ni el consentimiento de quienes soportaron sus efectos.

Existe una tentación narrativa de la que conviene desconfiar: cuando conocemos el final de una historia, convertimos cada episodio anterior en una señal. MKULTRA acaba pareciendo el prólogo inevitable de cualquier programa posterior relacionado con la mente, como si una única voluntad hubiera avanzado durante décadas por los mismos pasillos secretos, cambiando de nombre pero no de propósito. Los archivos no permiten contarlo así; hay conexiones culturales, miedos compartidos y una disposición institucional semejante a cruzar ciertos límites, pero no una genealogía limpia.

La falta de limpieza es precisamente lo que vuelve tan fértil este territorio. Después de la destrucción de parte de los documentos, los huecos fueron ocupados por otra máquina: la imaginación. Lo comprobado era lo bastante brutal para hacer verosímil casi cualquier añadido; lo perdido impedía cerrar por completo el perímetro. MKULTRA se convirtió en una explicación universal, y toda explicación universal termina protegiendo aquello que pretende denunciar. Si cualquier conducta extraña puede atribuirse al programa, ninguna necesita probarse.

Hay dos maneras de no leer un archivo: una consiste en negarlo porque resulta increíble; la otra, en asegurar que contiene incluso aquello que no está dentro.

Entre ambas queda el sujeto, alguien sobre quien una institución decidió experimentar porque poseía una información que él no poseía. No fue dominado por una fuerza sobrenatural, sino colocado en una relación donde el conocimiento de una parte exigía la ignorancia de la otra.

La propaganda todavía fingía hablarle.

El laboratorio había empezado a observarlo.

⁂

Pero los laboratorios no eran el único lugar donde una institución trataba de medir los límites de su poder. Los ejércitos tampoco regresan intactos de una derrota.

Vuelven con sus muertos, desde luego, y con las cifras que pueden presentar ante una comisión; también con algo más difícil de contar, una humillación técnica que obliga a la maquinaria a descubrir que su peso no era suficiente, que la superioridad de fuego podía conquistar una posición sin conquistar el significado de haberla ocupado y que un país capaz de destruir casi cualquier objetivo material podía perder en el terreno político.

Vietnam dejó esa herida en el ejército estadounidense. No fue una revelación mística, sino algo peor para una institución educada en la eficacia: la evidencia práctica de que la fuerza no bastaba.

En 1978, el teniente coronel Jim Channon dibujó una respuesta en el First Earth Battalion Field Manual. El documento no era la constitución clandestina de una unidad paranormal, sino un ejercicio de imaginación militar elaborado por un oficial que había servido en Vietnam. Existe, puede leerse y no necesita que aumentemos su rareza. (First Earth Battalion Field Manual)

El soldado de Channon sería un warrior monk: un monje guerrero entrenado en artes marciales, meditación, nutrición, conciencia ecológica, música y pensamiento sistémico. Entre sus instrumentos aparecían la radiestesia, el ginseng y otras promesas que parecían haber cruzado por error la puerta del Pentágono. La institución construida para concentrar violencia se asomaba a la contracultura y encontraba yoga, bioenergía, alimentos naturales y redes humanas; no sabía con exactitud qué buscaba, pero sabía que lo anterior no había funcionado.

Es fácil sonreír, y conviene hacerlo: ninguna solemnidad vuelve razonable lo que no lo es. Pero la risa, cuando dura demasiado, impide percibir el movimiento que se produce debajo.

Channon imaginaba combatientes con mayor autonomía, sistemas distribuidos de información, integración de comunicaciones e imagen, unidades capaces de intervenir en escenarios que ya no encajaban en la batalla convencional. Imaginaba asimismo situaciones en las que la presencia de observadores y cámaras alteraba el campo táctico, porque había comprendido que el combate observado se convierte en un combate por la interpretación del combate.

La cámara no dispara. Cambia el precio de disparar.

Un carro de combate puede dominar una carretera y no dominar lo que esa carretera significará cuando aparezca esa noche en millones de televisores. Una bomba destruye una casa, pero no decide por sí misma qué relato levantará la destrucción; una victoria táctica puede contener ya las condiciones de una derrota política. La imagen no reemplaza a la materia: actúa sobre la coalición que sostiene la guerra, sobre el ciudadano que la paga, sobre el soldado que debe continuarla y sobre el adversario que aprende cuánto tiempo necesita resistir.

El First Earth Battalion no resolvía este problema; lo exhibía con la desmesura característica de una institución que, al descubrir el límite de su doctrina, intenta apropiarse de cuanto encuentra fuera: espiritualidad, ecología, espectáculo, psicología, tecnología. Todo puede convertirse en capacidad e incorporarse a la misión, incluso la paz, si se presenta como una táctica superior.

Esa es la parte profundamente norteamericana del manual: no su extravagancia, sino su apetito, la voluntad de transformar una crisis moral en innovación, una derrota en programa de entrenamiento y la incertidumbre en un catálogo de herramientas. El ejército había vuelto herido y no quería preguntarse solamente por qué había perdido; quería saber qué clase de soldado debía fabricar para no volver a perder.

La respuesta de Channon era un monje con uniforme. En otros programas, algunos anteriores a su manual y sin que exista entre ellos una línea causal, la pregunta ya era otra: no qué debía ser capaz de hacer un soldado, sino hasta dónde podía llegar aquello que un ser humano era capaz de conocer.

⁂

La visión remota posee una cualidad incómoda: obliga a formular la pregunta antes de concedernos la burla. ¿Puede alguien describir un lugar o un objeto al que no tiene acceso por los sentidos ordinarios? La respuesta razonable parece inmediata; la respuesta institucional no lo fue.

Hay que levantar una barrera entre las historias: Channon no fundó STARGATE, el First Earth Battalion no era STARGATE y MKULTRA no evolucionó en secreto hasta convertirse en STARGATE. No existe una autopista documental que una LSD, meditación, cabras y percepción extrasensorial; lo que sí existió fue un contexto en el que distintas agencias aceptaron investigar hipótesis extraordinarias sobre las capacidades humanas cuando estas parecían prometer una ventaja estratégica.

La CIA reconoce que comenzó en 1972 a investigar si determinadas personas podían describir lugares u objetos inaccesibles por medios ordinarios. El programa pasó después por otras agencias y denominaciones. A mediados de los años noventa regresó a la CIA, que encargó una evaluación independiente a los American Institutes for Research. El informe de 1995 sostuvo que algunos resultados estadísticos merecían discusión, pero que la visión remota era demasiado inconsistente, esporádica y poco fiable para producir inteligencia útil. La Agencia decidió no reactivarla. (CIA)

Las dos afirmaciones pueden convivir: ciertos resultados fueron considerados lo bastante anómalos para continuar discutiéndolos, pero no produjeron una herramienta operacional fiable. La primera afirmación no demuestra que existiera percepción extrasensorial; la segunda no vuelve imaginario el programa que intentó comprobarla.

La pregunta acerca de por qué dedicar tiempo, dinero y personal a algo así conduce menos al misterio que a la lógica de la Guerra Fría, que no produjo únicamente una carrera de armamentos, sino también una carrera de posibilidades: armas que existían, tecnologías que quizá existirían, capacidades que el adversario podía estar investigando, rumores capaces de comportarse como informes y miedos capaces de obtener presupuesto.

La pregunta decisiva para una burocracia de seguridad no siempre es «¿esto es verdad?». A veces es otra: «¿qué ocurriría si fuese verdad y el adversario lo descubriera antes?».

Así se expande el territorio de lo investigable, no porque toda hipótesis sea razonable, sino porque el coste imaginado de ignorarla parece mayor que el ridículo de estudiarla. La posibilidad produce oficinas, contratos, sesiones, especialistas y vocabulario; mucho antes de que una amenaza pueda demostrarse, su representación ya modifica conductas. Hay algo perturbador en esa lógica: permite que una idea empiece a actuar sobre el mundo antes de que el mundo haya confirmado la idea.

Por un camino inesperado, esta historia regresa al presente. En julio de 2026, la teniente del Cuerpo de Intendencia de la Armada Ángela Navarro Paredes propuso en un documento de opinión del Instituto Español de Estudios Estratégicos el concepto de Expectation Shaping Warfare: modelado de expectativas. No es una doctrina oficial ni una capacidad mágica, sino un marco de análisis. Su hipótesis es que la influencia puede actuar sobre aquello que una sociedad o un adversario consideran posible, probable o inevitable antes de que el acontecimiento se produzca. (IEEE)

Ya no se disputa únicamente la interpretación del presente, sino también el horizonte desde el que se calcula el futuro.

Qué opciones parecen disponibles, cuáles resultan demasiado costosas, qué desenlace se presenta como inevitable: una expectativa sostenida puede acelerar decisiones, desalentar una resistencia o conseguir que una medida antes inaceptable empiece a parecer prudente. No necesita ordenar «retrocede»; le basta con estrechar el escenario hasta que permanecer parezca absurdo.

El movimiento corporal puede ser idéntico y, sin embargo, la experiencia subjetiva cambia: en un caso, alguien sabe que obedece; en el otro, siente que ha decidido. Esto no significa que su voluntad haya desaparecido, sino que alguien puede intentar intervenir sobre las condiciones dentro de las cuales calcula; entre una cosa y otra existe toda la distancia que separa el poder de la fantasía del poder absoluto.

STARGATE fracasó como herramienta de inteligencia. Su historia conserva, sin embargo, una pregunta perturbadora: no si un hombre podía observar una habitación lejana con los ojos cerrados, sino hasta dónde estaba dispuesta a llegar una institución para averiguar si la conciencia poseía fronteras aprovechables.

Hasta que el cuerpo se mueve

Para actuar sobre esa frontera no hacen falta capacidades paranormales. Ni siquiera hace falta que alguien pueda señalar con claridad el instante en que ha empezado el conflicto.

La vida puede conservar durante un tiempo la apariencia de normalidad. No hay una declaración de guerra, una frontera cruzada por columnas blindadas ni una primera explosión que permita fechar el comienzo. Hay presiones que se acumulan, información que modifica el cálculo, amenazas que no terminan de convertirse en ataque, actores cuya relación con quien los utiliza puede mantenerse deliberadamente borrosa y una fuerza militar que permanece al fondo, visible precisamente para no tener que emplearse.

Una medida aislada puede parecer insuficiente. Después llega otra, y otra; cuando alguien intenta decidir si aquello merece ya el nombre de guerra, el terreno puede haber cambiado.

Guerra híbrida y zona gris son nombres recientes para combinaciones cuyos componentes no lo son. La propaganda, el engaño, la presión económica y la subversión existían mucho antes del teléfono inteligente. Lo que cambia es su articulación, su alcance, la velocidad con que circulan y la posibilidad de mantener una presión sostenida sin aceptar todavía el enfrentamiento convencional.

La guerra híbrida busca combinar instrumentos y prolongar el desgaste allí donde el adversario más fuerte espera imponer su superioridad militar. La zona gris procura obtener ventajas sin cruzar de forma inequívoca el umbral de la guerra abierta. Su eficacia depende de la acumulación: que cada movimiento parezca demasiado pequeño para justificar por sí solo una respuesta mayor. (Global Strategy)

Es una guerra que prefiere no llamarse guerra y un poder que aspira a no parecer poder.

Volvamos a Dahl: A quiere que B haga algo y puede disparar, amenazar, negociar, bloquear una economía, ofrecer dinero, seleccionar aquello que B ve o alterar aquello que espera. Cuanto más eficaz sea la influencia, menos necesario resulta que A coloque físicamente una mano sobre B.

Aquí aparece la objeción sin la cual este relato se derrumbaría sobre sí mismo: influir no equivale a controlar. Si cualquier cambio de conducta provocado por un mensaje se describe como sometimiento, la palabra termina explicándolo todo y, por tanto, nada.

Las personas interpretan, desconfían, resisten y reelaboran; una operación psicológica puede fracasar, provocar el efecto contrario o no producir efecto alguno, del mismo modo que una campaña de desinformación no convierte a sus destinatarios en autómatas. MKULTRA no obtuvo el mecanismo fiable de control mental que sus responsables parecían buscar, y la evaluación de la visión remota terminó admitiendo la distancia entre una anomalía estadística discutida y una herramienta capaz de orientar decisiones reales.

Nadie tiene el mando a distancia.

Eso no vuelve inocuo el intento; solo obliga a describirlo con precisión.

El poder informativo trabaja con probabilidades: prepara un entorno, distribuye señales, miedos y recompensas, vuelve unas decisiones más visibles que otras y algunas consecuencias más difíciles de imaginar. No necesita fabricar una voluntad desde cero; le basta, cuando puede, con inclinar el terreno sobre el que esa voluntad camina. El cuerpo conserva agencia, pero decide dentro de un campo que alguien puede haber contribuido a diseñar.

Precisamente porque la agencia no desaparece, la distinción ética no puede descansar únicamente en el resultado. Importa quién conoce la intervención, quién puede abandonarla, qué asimetría existe entre las partes y si el otro es tratado como interlocutor, objetivo o material. Persuadir, engañar, amenazar, experimentar y torturar pueden perseguir una conducta; no son la misma cosa.

Todo gran aparato de poder termina descendiendo hasta una escala humilde: un puesto que se abandona, una puerta que no se abre, una multitud que decide quedarse en casa, una mano que firma, un dedo que comparte. El campo de batalla puede entrar en un teléfono, pero necesita todavía un cuerpo que lo sostenga.

Ese cuerpo puede estar cansado, asustado, convencido o confundido; puede aceptar el futuro que le han presentado como inevitable o descubrir que la inevitabilidad era también un relato; puede obedecer y puede negarse. Ningún modelo elimina por completo esa incertidumbre, porque ningún ser humano es solo el punto B de una ecuación.

Al final regresamos a Fort Bragg y encontramos la cabra donde la dejamos, entre el archivo y la leyenda.

El First Earth Battalion, MKULTRA y la investigación oficial sobre visión remota están documentados. No está documentada, en cambio, una utilidad operacional fiable de la visión remota: la evaluación encargada por la CIA concluyó que no servía como instrumento de inteligencia. La muerte de una cabra provocada por la mirada de un soldado carece de respaldo documental equivalente.

Esto ocurrió; esto se investigó; esto fracasó; esto procede de un testimonio; esto no podemos demostrarlo; esto pertenece a la cultura popular. Clasificar parece un trabajo menor, pero es la obligación que impide que la literatura se convierta en una forma elegante de mentir.

La cabra protege el archivo porque su absurdo invita a desecharlo entero: el conspiracionista la observa y decide que todo fue verdad; el escéptico perezoso la mira y concluye que nada lo fue. Ambos alcanzan exactamente el lugar en el que querían estar antes de empezar a leer.

Los demás tenemos que permanecer un poco más.

En la historia, el soldado mira a la cabra y nosotros miramos al soldado; detrás de ambos, casi fuera de cuadro, una institución considera la posibilidad de convertir una decisión en un efecto y una voluntad en un territorio.

La forma elemental del poder empuja. La más sofisticada prepara el espacio, modifica el cálculo y espera.

Hasta que el cuerpo se mueve.

Y procura dejarle el consuelo de creer que nadie lo ha tocado.

Fuentes y documentos