Carlos Giménez · Memoria gráfica

36-39: Malos tiempos. Edición total.

Carlos Giménez acerca la Guerra Civil hasta devolverla a la escala de una cocina, un mendrugo de pan y un niño que todavía no entiende las palabras con que los adultos se reparten el mundo.

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Los muertos no votan

I. El peso del papel

El volumen de 36-39: Malos tiempos pesa primero en las manos. Antes de la guerra, antes de Marcelinito, antes incluso de abrirlo, hay una evidencia física: papel, tinta, encuadernación, apéndices. La clase de gravedad material que pertenece a los libros concebidos no para sobrevivir una temporada editorial, sino para entrar en ese tiempo mucho más lento en el que los libros dejan de ser novedades y empiezan a parecerse a los archivos.

Carlos Giménez tardó décadas en enfrentarse directamente a aquella guerra. Hay asuntos que la proximidad vuelve casi imposibles de mirar: mientras la memoria todavía grita, narrarla puede significar apenas repetir el grito. Hace falta distancia —no necesariamente para reconciliarse con el pasado, mucho menos para absolverlo—, sino para distinguir dentro de él las formas, las voces, los gestos que el estrépito había ocultado.

Y entonces, en medio de la monumentalidad del volumen, aparece Marcelinito.

La Guerra Civil pierde de pronto las dimensiones de la biblioteca y empieza a pesar exactamente lo mismo que un mendrugo de pan.

Ahí comienza el verdadero trabajo de Giménez. La Historia cambia cuando cambia la altura desde la que se la mira. Vista desde arriba produce mapas, frentes, decretos, estados mayores, nombres propios escritos con mayúscula y fechas que los manuales imprimen en negrita. Vista desde abajo devuelve otra cosa: una cocina; una madre que calcula sin decirlo cuánto queda; la comida medida con esa precisión doméstica que solo adquiere importancia cuando empieza a faltar; un portal que suena y obliga a levantar la cabeza; un niño que todavía no comprende las palabras con que los adultos han decidido repartirse el mundo, pero entiende perfectamente que algo malo ocurre.

La guerra cabe en una habitación.

No es poca cosa. Buena parte de la historiografía necesita contemplar los acontecimientos desde una distancia suficiente para reconocer estructuras, responsabilidades, causalidades. Giménez hace el movimiento inverso sin discutir su necesidad: se acerca hasta que el acontecimiento deja de parecer una estructura y vuelve a convertirse en experiencia.

Los Estados redactan documentos. Los ejércitos producen partes de guerra. Los vencedores levantan monumentos y los derrotados, cuando pueden, conservan expedientes, cartas, fotografías. La mayoría de los hombres y mujeres que atraviesan una catástrofe histórica deja bastante menos. A veces un nombre anotado en algún papel. Una fotografía cuya fecha nadie recuerda ya. Una anécdota que pasa de una sobremesa a otra hasta que muere la última persona capaz de corregirla.

Después sobreviene otra muerte.

No la del cuerpo, sino la del recuerdo.

Giménez dibuja contra ella.

Por eso Malos tiempos no aspira a reconstruir 1936 como quien recompone una maqueta de precisión. Su materia es más incierta y también más íntima: aquello que permaneció después de que casi todo lo demás desapareciera. Un gesto. Una humillación. El hambre. El ruido de unos pasos. La espera. Los fragmentos aparentemente insignificantes que rara vez alteran la cronología de una guerra y que, sin embargo, contienen para quien la sufrió la guerra entera.

II. El mar entre las islas

El cómic posee una particular ventaja para trabajar con esa clase de memoria: puede mostrar de manera visible que algo falta.

Una viñeta ofrece un mundo cerrado y, a pocos milímetros, comienza otro. Entre ambos queda una franja de papel que no representa nada. El lector estaba en una habitación y de pronto está en la calle; era de mañana y ahora es de noche; alguien estaba vivo y en el cuadro siguiente ya no está. Entre esos dos momentos han podido transcurrir segundos, semanas o años.

No asistimos necesariamente a lo sucedido.

Saltamos.

Y en ese salto ocurre una parte decisiva de la lectura.

La página convierte el tiempo en espacio y obliga al lector a desplazarse entre momentos que permanecen simultáneamente ante sus ojos. Una imagen no desaparece del todo cuando llegamos a la siguiente: continúa allí, al lado, contaminándola. El sentido no reside únicamente dentro de cada viñeta, sino también en la relación que establecemos entre ellas. Es precisamente esa condición relacional del cómic —la imagen que significa por sí misma y vuelve a significar cuando otra aparece junto a ella— la que vuelve especialmente fértil su encuentro con la memoria.

Porque también recordamos así: conservamos las islas y perdemos el mar.

En Malos tiempos el espacio blanco no es, por tanto, un simple recurso de economía narrativa. Se parece demasiado a aquello que ocurre cuando intentamos reconstruir una vida muchos años después. Sabemos que entre dos recuerdos sucedieron miles de cosas. No sabemos cuáles. A veces podemos inferirlas. A veces no. Y llega un momento en que la honradez consiste precisamente en no rellenar el vacío.

El dibujo de Giménez trabaja contra otra ilusión: la de que la verdad visual depende de la exactitud fotográfica. No es así.

Sus cuerpos se encorvan, las caras se alargan, las mandíbulas se crispan, los ojos infantiles adquieren dimensiones que ningún retrato naturalista toleraría. Hay algo de caricatura y algo de deformación, pero esa distancia respecto de la anatomía no debilita la experiencia; la concentra. Una espalda inclinada puede llevar encima una jornada entera. Una boca demasiado grande puede contener el hambre. Un rostro infantil puede hacer visible una indefensión que veinte páginas de explicación sociológica apenas alcanzarían a describir.

Ese es uno de los errores más persistentes cuando se habla de historieta: imaginar que primero existe una historia y que el dibujo llega después para darle apariencia.

Aquí no.

La posición de un cuerpo es narración. La distancia entre dos personas es narración. El tamaño de una figura dentro de una habitación es narración. También lo son el borde de la viñeta, la ausencia entre dos imágenes, la repetición de un rostro, la cantidad de negro que ocupa una página.

El dibujo no ilustra el texto.

El dibujo piensa.

La crítica de cómic solo empieza realmente cuando aceptamos esa evidencia. El medio no yuxtapone una literatura y unas imágenes que podrían desmontarse sin pérdida; construye sentido mediante una red en la que palabra, figura, página y ausencia se condicionan mutuamente.

Y dentro de esa red está Marcelinito.

Los adultos han aprendido ya el vocabulario de la Historia: patria, revolución, fascistas, rojos, traición. El niño todavía conoce nombres propios. Todavía tiene amigos.

Parece una diferencia pequeña. Es enorme.

Una guerra civil exige, entre otras cosas, una pedagogía de la abstracción. Para poder odiar eficazmente hay que aprender primero a reducir. El vecino deja de ser el hombre que vive enfrente y se convierte en un rojo; el compañero de trabajo, en un fascista; alguien que ayer tenía un nombre acaba siendo un burgués, un traidor, un enemigo de clase, un desafecto. La palabra ordena el mundo y, al ordenarlo, puede volver tolerables determinadas cosas.

Marcelinito todavía no ha terminado ese aprendizaje.

Su resistencia carece de grandeza. No quiere salvar la República ni fundar un nuevo Estado. Quiere comer. Quiere jugar. Quiere que su madre deje de llorar. Quiere que alguien regrese.

Quiere mañana.

En esa modestia reside quizá la reserva moral más profunda de Malos tiempos. Frente a los grandes sistemas que justifican el sacrificio de individuos mediante palabras igualmente grandes, Giménez coloca a un niño cuya ambición política consiste en sobrevivir al día.

III. Cuando una categoría se come a una persona

Lo que Malos tiempos devuelve a la Historia es precisamente aquello que la maquinaria de la Historia tiene más dificultades para conservar: la textura de la vida corriente.

La inmensa mayoría de las personas no dirige las catástrofes.

Las atraviesa.

Eso no significa que los acontecimientos carezcan de causas ni que las responsabilidades puedan disolverse en una especie de fatalidad nacional. El golpe militar de julio de 1936 tuvo responsables. Los asesinatos y matanzas cometidos en las retaguardias tuvieron responsables. La violencia revolucionaria tuvo responsables. La represión organizada tras la victoria franquista tuvo responsables, instituciones y una prolongación histórica que ningún balance serio debería borrar mediante una contabilidad tranquilizadora de cadáveres.

Comprender no consiste en equiparar.

Pero establecer responsabilidades tampoco obliga a imaginar que los millones de personas atrapadas en una guerra fueron manifestaciones químicamente puras de la ideología bajo cuyo nombre combatieron, sufrieron o murieron.

Para muchos hombres la geografía condicionó de manera decisiva el uniforme que acabarían vistiendo. El lugar donde uno se encontraba cuando el país se partió podía determinar movilizaciones, obediencias y posibilidades de supervivencia. La ideología existía, por supuesto; reducirlo todo al azar sería tan falso como reducirlo todo a la convicción. Una guerra civil mezcla elección, miedo, pertenencia, coerción, oportunidad y accidente hasta volver imposible que las biografías encajen limpiamente en los mapas que hacemos después.

Esa es otra de sus obscenidades: la categoría termina devorando al individuo.

Giménez realiza el camino contrario: le devuelve carne.

Quizá sea la razón por la que Malos tiempos incomoda de una manera particular en 2026. Han transcurrido noventa años desde el comienzo de la Guerra Civil y cincuenta y uno desde la muerte de Franco. Casi todos los protagonistas directos han desaparecido.

Los muertos, sin embargo, conservan una sorprendente actividad parlamentaria.

No votan, pero comparecen con regularidad en las campañas.

Existe una diferencia que convendría preservar entre recordar y necesitar políticamente el recuerdo. Una democracia tiene obligaciones con sus muertos; resulta más dudoso que deba seguir necesitando a esos muertos para definir cada mañana a sus adversarios.

La memoria antifranquista puede convertirse en capital político. Del otro lado persisten silencios, relativizaciones y selecciones interesadas de la historia. Las responsabilidades históricas a las que remiten esos discursos no son simétricas y fingir que lo son constituiría otra falsificación. Lo que sí puede aparecer en ambos extremos del debate es una misma comodidad: la posibilidad de encontrar en el pasado un enemigo perfectamente utilizable porque ya no puede responder.

Unos descubren franquistas con extraordinaria facilidad.

Otros siguen encontrando rojos donde hace mucho tiempo solo existen ciudadanos.

Así persiste un guerracivilismo de baja intensidad: no una repetición de 1936 —comparación tan perezosa como irresponsable—, sino la costumbre de ordenar una parte del presente mediante sus viejas categorías. A generaciones nacidas décadas después no se les pide únicamente que conozcan la guerra. A veces se las invita a heredar las trincheras.

Y ahí el libro de Giménez resulta más incómodo que muchos discursos conmemorativos, porque cada vez que la abstracción parece imponerse vuelve a aparecer alguien con una cara.

IV. El precio de los muertos

Hay asuntos que no deberían necesitar demasiada teoría.

Localizar a quienes permanecen enterrados en fosas comunes, exhumarlos, identificarlos cuando sea posible y devolver sus restos a sus familias pertenece al ámbito elemental de la dignidad humana. Una fosa no pregunta por el voto del cadáver.

El problema comienza en otro lugar: cuando la reparación se confunde con la administración política de la memoria; cuando conocer el pasado se sustituye por la tentación de conceder retrospectivamente certificados de inocencia y culpabilidad colectiva.

La Historia no está para devolvernos el pasado moralmente ordenado. Precisamente por eso resulta incómoda.

Contextualizar significa aceptar que un objeto puede cambiar de función sin desaparecer. Una estatua puede abandonar un pedestal y entrar en un museo. Un lugar de represión puede preservarse precisamente porque constituye una prueba. Una calle puede cambiar de nombre sin que debamos fingir que nunca tuvo el anterior. Un monumento puede dejar de homenajear y comenzar a documentar.

Conservar no es venerar.

Pero destruir tampoco equivale a comprender.

La Transición española exige una incomodidad parecida. Durante años circuló una versión pulida hasta el brillo: unos hombres razonables se sentaron alrededor de una mesa, olvidaron generosamente el pasado y fundaron la democracia. Más tarde apareció su negativo exacto: nada cambió en realidad, la dictadura se limitó a cambiar de ropa y todo pacto fue una traición.

Ambos relatos poseen una cualidad extremadamente útil: son sencillos.

La realidad no lo fue.

Hubo miedo, cálculo, inteligencia política, generosidad, supervivencias institucionales, impunidades, renuncias y correlaciones de fuerzas. Una sociedad que había vivido cuatro décadas bajo una dictadura intentó averiguar hasta dónde podía avanzar sin conocer con certeza qué esperaba después del siguiente paso.

Eso no convierte sus decisiones en sagradas. La Ley de Amnistía puede discutirse. La Constitución puede reformarse. Las instituciones pueden revisarse. Una democracia adulta no demuestra su fortaleza impidiendo que se discutan sus fundamentos; la demuestra soportando la discusión.

Mientras tanto existe una ironía que Malos tiempos, sin proponérselo como programa político contemporáneo, ayuda a iluminar. El pasado posee una ventaja extraordinaria sobre el presente: administrarlo cuesta relativamente poco.

Los vivos, en cambio, presentan facturas.

La vivienda las presenta. La sanidad las presenta. La educación, la precariedad laboral, los salarios y los cuidados las presentan. Los muertos no pagan alquiler. Franco no espera una consulta médica. Una estatua no necesita una hipoteca. Se pueden movilizar cantidades extraordinarias de indignación alrededor de 1936 sin cambiar una sola de las condiciones materiales de 2026.

Y es entonces cuando cobra sentido el gesto que Giménez ha repetido desde el comienzo: bajar la mirada.

Cuando la Historia amenaza con convertirse otra vez en discurso, aparece un rostro. No necesita proclamar nada: un niño que tiene hambre, una mujer agotada, un hombre que teme los pasos que suben por la escalera.

La estructura fragmentaria de Malos tiempos impide por eso la comodidad de una conclusión doctrinal. Cada episodio interrumpe el gran relato. Cada figura devuelve una biografía al lugar donde la política había colocado una categoría. Cada pequeña necesidad doméstica recuerda que las palabras enormes de la Historia terminan siempre descargándose sobre cuerpos concretos.

Giménez toma partido sin dejar de mirar.

Ahí reside una diferencia importante. Reconocer que existieron verdugos no obliga a convertir a todos los demás en figurantes de una tesis. El pasado no necesita volverse inocente para recuperar su complejidad. Quizá sea esa la auténtica fuerza política de Malos tiempos: impedir que dejemos de ver a las personas precisamente cuando creemos haber entendido ya de qué lado estaban.

Al cerrar el volumen vuelve a sentirse el peso del papel. Pero ya no pesa igual.

Al comienzo era un objeto: hojas, tinta, encuadernación, archivo. Después de Marcelinito, ese peso ha cambiado de escala. Ya no se mide solamente en gramos. Se mide en aquello que una vida puede perder antes de llegar a figurar en un libro de Historia:

Un padre, una casa, comida, amigos…

Giménez necesitó cientos de páginas para devolver esos nombres pequeños a una guerra llena de palabras enormes.

Marcelinito, mientras tanto, apenas pide tres cosas: algo de pan, alguien con quien jugar y que el día siguiente llegue. Tal vez una civilización pueda medirse también así: por su capacidad para conseguir que mañana todavía exista.