Perfil

Perfiles

El espejo invertido de Els Joglars: la sátira frente a su propia caricatura

Por 7 min de lectura

Hay hombres que pasan media vida quitándole la máscara a los demás y adquieren, con los años, la peligrosa costumbre de creer que ellos no llevan ninguna.

Ramon Fontserè lleva más de cuarenta años dedicado profesionalmente a esa clase de indiscreción. Ha sido políticos, próceres, artistas, reyes y criaturas menos fáciles de clasificar. Els Joglars, la compañía a la que entró en 1983 y que hoy dirige, cumple sesenta y cinco años haciendo una profesión de algo que normalmente estropea las cenas familiares: señalar la impostura cuando todos los demás han decidido comportarse como si no estuviera allí.

Así que llamar a Fontserè para hablar de Cervantes exigía cierta cortesía.

—Senyor Pujol, bon dia. Sóc Alberto Ortega, de Nocturnalia. Moltes gràcies per atendre’m. Què pensa el Molt Honorable de la trajectòria d’Els Joglars després de seixanta-cinc anys?

La pregunta tenía una pequeña trampa, aunque en casa de Els Joglars las trampas forman parte del mobiliario.

Jordi Pujol fue uno de los cuerpos que Fontserè habitó sobre un escenario. Y probablemente no sea mala manera de entrar en su trabajo: antes de preguntar a un actor qué piensa, preguntarle primero qué piensa uno de sus fantasmas.

Pero el asunto de fondo era otro.

Els Joglars vuelve ahora a El retablo de las maravillas, y Cervantes dejó escondida en aquel entremés una observación bastante más desagradable que la existencia de los embaucadores. Chanfalla puede mentir cuanto quiera; su verdadero talento consiste en conseguir que los demás hagan el trabajo por él. Nadie quiere ser el primero en admitir que no ve nada.

Cuatro siglos después hemos perfeccionado considerablemente el procedimiento.

Ya no hace falta reunir al pueblo delante de un retablo. Cada cual lleva el suyo en el bolsillo.

Y tampoco hace falta creer.

Basta con mirar alrededor antes de decir lo que uno ha visto.

Fontserè reconoce en ese mecanismo algo que excede con mucho a Chanfalla. La mentira funciona porque encuentra una comunidad dispuesta a sostenerla. El miedo a señalar que no hay nada delante termina siendo más poderoso que el propio embaucador. Cervantes no necesita construir un tirano particularmente eficaz: le basta con reunir a un grupo de personas preocupadas por lo que los demás puedan pensar de ellas.

La responsabilidad, entonces, cambia de sitio.

Es cómodo imaginar el poder como un hombre situado sobre una tarima, repartiendo órdenes entre una población inocente. El retablo de las maravillas propone una maquinaria menos tranquilizadora. Chanfalla pone en marcha el artificio, pero después son los propios vecinos quienes se encargan de mantenerlo vivo.

El poder descubre así una de sus formas más económicas: conseguir que los vigilados se vigilen entre ellos.

Han pasado veintidós años desde que Els Joglars montó por primera vez su versión de El retablo de las maravillas. En 2004 todavía resultaba razonable pensar que para imponer una ficción hacían falta grandes medios, instituciones, periódicos, televisiones o, al menos, alguien dispuesto a levantar una escenografía.

Hoy el decorado cabe en una mano.

Hay algo obscenamente cervantino en la pantalla de un teléfono: un pequeño rectángulo en el que cada uno contempla lo que todos los demás parecen estar contemplando. El mecanismo no necesita prohibir una opinión. A menudo le basta con enseñarnos cuál parece ser la opinión correcta, dictando en las redes sociales lo que Fontserè define directamente como «la ley del Oeste».

El viejo Chanfalla necesitaba talento. El algoritmo solo necesita datos.

Fontserè no concede, sin embargo, a la tecnología la coartada de convertirla en culpable de algo que empezó mucho antes. Las herramientas cambian; la necesidad de pertenecer, el miedo al aislamiento y la tendencia a consultar de reojo la reacción del vecino pertenecen a una maquinaria bastante más antigua.

No conviene atribuir demasiada inteligencia a las máquinas. Sería otra manera de absolvernos.

El algoritmo no inventó el miedo a quedarse solo. Tampoco esa curiosa propensión humana a decidir primero quién está mirando y después qué hemos visto. Mucho antes de que existiera una red social, una plaza de pueblo podía cumplir perfectamente la misma función.

La novedad es la escala.

Y quizá la velocidad.

Una comunidad podía necesitar antes horas, días o meses para construir una ortodoxia. Ahora puede hacerlo antes del desayuno.

Fontserè habla desde una compañía que ha convertido la sospecha hacia las ortodoxias en método de trabajo. Es una posición cómoda de describir y bastante menos cómoda de mantener. Porque después de sesenta y cinco años uno puede terminar convirtiéndose precisamente en aquello que lleva toda la vida atacando: una institución.

Els Joglars nació en 1961. Fontserè llegó en 1983. Albert Boadella dio a la compañía una identidad tan reconocible que durante décadas pronunciar su nombre bastaba para provocar una reacción política antes incluso que teatral. Hubo prisión, exilio, escándalos, rupturas y una larga colección de enemigos. También premios, instituciones, teatros públicos y aniversarios.

Fontserè rechaza tajantemente, sin embargo, la etiqueta de institución. Prefiere pensar Els Joglars como lo que ha sido desde el principio: un grupo de artesanos.

Pero el bufón envejece.

Y algunas veces el castillo termina invitándolo a cenar.

Le planteo entonces una posibilidad menos confortable que la habitual pregunta acerca de los límites del humor: si la sátira continúa teniendo capacidad de herir al poder o si el poder moderno ha aprendido a metabolizarla.

Fontserè sigue defendiendo la necesidad de esa distancia satírica, la capacidad del teatro para rebajar la solemnidad del poder y devolver al personaje público a unas dimensiones menos impresionantes. Y recuerda, de paso, que los cargos públicos deben aguantar esa fiscalización «con el dinero que cobran».

Pero la pregunta deja detrás otra bastante más desagradable.

Un poder torpe censura a quien se burla de él.

Uno más sofisticado puede comprar una entrada.

Puede sentarse en primera fila, reír especialmente alto de su propia caricatura, felicitar al actor al terminar y regresar a casa sin haber perdido absolutamente nada.

La sátira contiene también ese peligro: ofrecer al espectador la agradable experiencia moral de sentirse insumiso sin exigirle ninguna insumisión posterior.

Uno sale del teatro pensando que ha desafiado al poder.

Y al día siguiente llega puntualmente a la oficina.

Pero existe un problema todavía mayor, y Fontserè lo conoce porque su profesión consiste precisamente en deformar a los demás.

Durante años ha interpretado políticos, artistas, monarcas y personajes cuya respetabilidad mejoraba considerablemente cuando alguien la sometía a una nariz falsa, un gesto excesivo o una voz apenas desplazada de su centro.

La caricatura funciona cuando una exageración consigue parecer más verdadera que el original.

Hasta ese momento la conversación había seguido una distribución bastante confortable de los papeles.

Fontserè era el hombre que llevaba cuarenta años desconfiando de las ficciones del poder.

Yo era el periodista que le pedía que las identificara.

El problema de los repartos cómodos es que duran poco cuando uno entrevista a alguien que ha dedicado media vida a sabotearlos.

Así que quedaba una pregunta.

Quien se pasa la vida arrancando las máscaras de los demás tiene que creer, aunque solo sea durante unos minutos, que está viendo algo que los otros no ven.

La caricatura contiene necesariamente una pequeña declaración de superioridad óptica.

Yo veo lo que tú ocultas.

Yo veo lo que los demás no quieren mirar.

Yo veo al rey desnudo.

—¿Quién desenmascara al satírico?

—Otro actor —responde sin dudar.

Alguien que no esté de acuerdo con su juego y decida hacer una sátira sobre la sátira. La respuesta es menos defensiva de lo que podría parecer: el espejo puede girarse. También contra quien lo sostiene.

Y ahí queda otra cuestión en el aire.

Si Fontserè y Els Joglars trabajan ahora sobre Cervantes, uno no puede evitar preguntarse si su temperamento no ha sido siempre, en el fondo, algo más quevediano: menos indulgente, más desconfiado, más dispuesto a deformar al personaje hasta que la caricatura revele aquello que la dignidad pretendía esconder.

Tal vez algún día deberían cambiar de retablo y probar con La hora de todos y la Fortuna con seso: invertir por un instante el orden de las cosas, retirar cargos, prestigios y solemnidades y observar qué queda debajo. Al fin y al cabo, no está tan lejos de lo que llevan haciendo desde hace sesenta y cinco años.

Y quedan todavía dos preguntas más incómodas.

Qué tendría que dejar de hacer Els Joglars para dejar de ser Els Joglars.

Y, sobre todo, si existe algún retablo ante el que incluso quien ha dedicado una vida a señalar las ficciones de los demás podría descubrirse, por un instante, fingiendo que también ve.

Quizá ésa sea la última obligación del bufón: conservar siempre la sospecha de que, alguna vez, el engañado puede ser él.