Análisis & Essay — Fronteras Contemporáneas
Desinformación y movilización en Ceuta
Una frontera en el bolsillo
De Ayoub El Abyad sabemos unas pocas cosas. Sabemos que tenía dieciséis años. Sabemos que estaba en Marruecos, todavía a unas doce horas de Ceuta. Sabemos que tenía un teléfono. Y sabemos que, en algún momento del 30 de julio de 2026 —o quizá antes; la Historia acostumbra a llegar tarde a sus propias citas— hizo con el pulgar ese movimiento diminuto mediante el cual nuestra especie administra actualmente el tedio, el sexo, la política, las guerras y buena parte de su capacidad de juicio.
Deslizó la pantalla. Apareció un vídeo. Después, presumiblemente, otro. Había gente entrando en Ceuta. No sabemos dónde estaba sentado Ayoub cuando los vio. No sabemos si tenía delante un vaso de té, si alguien discutía en la habitación de al lado o si el teléfono cargaba mal porque había que retorcer el cable hasta encontrar el ángulo exacto en que la electricidad decide colaborar con la civilización. Sería fácil inventarlo. El periodismo literario tiene esa enfermedad profesional: ve un agujero y quiere ponerle una lámpara. Pero no hace falta. Dieciséis años. Una pantalla. Europa debajo del dedo. Eso basta. Ayoub habló con su primo. Decidieron intentarlo. Confiarían en Alá. Después consiguieron que dos conductores los acercaran haciendo autostop.No hubo mapa de operaciones. No hubo general inclinado sobre una mesa. No hubo un coronel trazando flechas rojas hacia el Tarajal. Nadie necesitó tocar una trompeta.Bastó con que una representación de lo que otros estaban haciendo alcanzara a dos muchachos situados a doce horas de distancia para que aquellos dos cuerpos comenzaran a desplazarse hacia el lugar representado.
«Durante siglos los ejércitos necesitaron tambores. Ahora a veces basta una notificación.»Naturalmente, sería de una estupidez considerable afirmar que un vídeo explica por qué un adolescente decide abandonar su casa. Antes del vídeo estaba todo lo demás. La falta de futuro. El dinero. Los amigos que se marcharon. Los que regresaron. Los que regresaron contando una versión de Europa cuidadosamente editada. Los que no regresaron en absoluto. La televisión. Instagram. Los futbolistas. Los coches. Las zapatillas. El primo de alguien que trabaja en Francia. El primo del primo que dice ganar tres mil euros descargando cajas en Bélgica y omite discretamente que duerme con otros cinco hombres en una habitación donde las cucarachas poseen derechos históricos. Europa lleva décadas emitiendo hacia el sur una publicidad extraordinaria de sí misma. Después se sorprende cuando alguien quiere comprar el producto. Esta es una de nuestras especialidades. Colocamos escaparates luminosos frente a una región donde una parte importante de los jóvenes contempla un horizonte económico bastante menos luminoso, añadimos satélites, Champions League, Netflix, TikTok, libertad de movimiento para capitales, tomates y turistas alemanes, y después erigimos una verja para explicar que el catálogo era meramente orientativo. El Mediterráneo funciona así como frontera y como escaparate. Una vitrina de catorce kilómetros. Lo suficientemente estrecha como para ver las luces. Lo suficientemente ancha como para ahogarse. Pero aquella semana apareció un ingrediente más en el cuscús.
El mecanismo del rumor
Circuló por las redes una interpretación falsa o gravemente deformada de una resolución reciente del Tribunal Supremo español: la idea de que quienes alcanzaran Ceuta por mar podrían permanecer en España. La sentencia no decía eso. Pero la precisión jurídica tiene un problema competitivo frente al rumor. Necesita subordinadas. El rumor no. El rumor puede alimentarse con una sola frase: «ahora se puede». Pruébese a colocar al lado:«De conformidad con la doctrina jurisprudencial relativa a la aplicabilidad de los procedimientos ordinarios de retorno y las limitaciones impuestas a determinadas actuaciones de rechazo fronterizo…»
Ya hemos perdido al lector. El bulo ha cruzado la frontera mientras el jurista todavía está decidiendo dónde poner la coma. Hay guerras que se pierden por falta de munición. Otras por exceso de sintaxis.
El rumor corrió. No sabemos quién lo puso primero en circulación. Y quizá esta sea una de las características más interesantes del asunto.
Nuestra imaginación política sigue necesitando un pastor. Un hombre. Un servicio secreto. Un traficante. Un funcionario marroquí fumando debajo de una bombilla. Un tipo con auriculares que pulsa ENTER y observa cómo cincuenta mil personas abandonan sus casas como si acabara de activar una unidad en un videojuego.
La realidad contemporánea tiene la desagradable costumbre de ser menos elegante.
Pudo haber traficantes amplificando la información. Pudo haber cuentas interesadas. Pudo haber adolescentes reenviando un vídeo porque creían que estaban avisando a sus amigos. Pudo haber gente interpretando mal una noticia. Pudo haber oportunistas. Pudo haber propaganda. Pudo haber esperanza.Probablemente hubo un poco de todo. El algoritmo no exige que todos los ingredientes del cuscús sepan que están dentro de la misma cazuela. Sólo necesita calor. Después removemos. Y llamamos tendencia al vapor.
La masa y la norma
Entre el 30 y el 31 de julio decenas de miles de personas se dirigieron hacia Ceuta. Las estimaciones variaron mientras aquello ocurría demasiado deprisa para ser contado con comodidad. La ciudad vio llegar hombres, mujeres y adolescentes; hubo entradas por mar y por tierra, gases lacrimógenos, antidisturbios, vehículos ardiendo, militares, autobuses, vallas y cuerpos tratando de superar un espigón que hasta entonces había disfrutado de la tranquila irrelevancia de las infraestructuras que todavía no han sido elegidas por la Historia. Luego aparecieron los números. Cincuenta mil. Sesenta mil. Más… Ese es el momento en que dejamos de hablar de personas y empezamos a hacer ganadería estadística. No porque nadie diga literalmente «rebaño». No hace falta. Basta con la imagen aérea: puntos, oleadas, flujos, presión, masa, enjambre. La zoología constituye desde hace tiempo una herramienta magnífica para hablar de seres humanos cuando empiezan a incomodarnos en cantidades industriales. Nos encantan los enjambres. También las avalanchas. Las mareas. Las oleadas. De vez en cuando una horda, para los nostálgicos. Si el lenguaje militar se pone demasiado pesado siempre podemos acudir a la meteorología: «presión migratoria», como si el anticiclón de las Azores hubiera adquirido pasaporte. La palabra enjambre aparecerá tarde o temprano porque nuestro siglo siente verdadera pasión por observar conductas colectivas y compararlas con animales. Resulta tentador. Hasta el Pentágono, en momentos especialmente creativos de su historia, ha tenido problemas para mantener separadas las cabras de sus grandes interrogantes estratégicos. Pero aquí la metáfora del rebaño falla. Un rebaño necesita proximidad. Esto no. No había un pastor caminando detrás de cincuenta mil personas con un cayado geopolítico. Los individuos podían encontrarse separados por barrios, pueblos, ciudades y cientos de kilómetros. No necesitaban conocerse. Ni siquiera necesitaban recibir exactamente el mismo mensaje. Bastaba con que suficientes variaciones de una narración desembocaran en la misma conclusión: ahora se puede.«Esa es la verdadera novedad. El pastor ya no necesita estar allí. Ni siquiera tiene por qué existir. Una red puede coordinar sin comandante. Un rumor puede organizar sin organización.»Y entonces ocurre algo que conviene observar lentamente. Una información produce una percepción. La percepción produce una expectativa. La expectativa produce una decisión. La decisión pone un cuerpo en movimiento. Miles de decisiones producen miles de cuerpos. Y miles de cuerpos terminan ejerciendo presión sobre una frontera física de la Unión Europea. La información abandona la pantalla. Se pone zapatos. Camina. Nada. Trepa. Sangra. Muere. Y obliga a alguien, en algún despacho, a coger un teléfono.
Infraestructura invisible
Este es el punto en el que la expresión fake news empieza a parecer infantil. Una noticia falsa puede ser simplemente una noticia falsa. Un señor asegura que George Clooney ha comprado un apartamento en Albacete. Muy bien. La humanidad probablemente sobrevivirá. Otra cosa sucede cuando una información —falsa, parcialmente falsa, estratégicamente exagerada o simplemente interpretada por miles de personas de la misma manera— modifica las decisiones físicas de suficientes individuos como para producir un acontecimiento político. Entonces ya no estamos hablando únicamente de información. Estamos hablando de infraestructura. El mensaje construye una carretera que no aparece en Google Maps. No está asfaltada. Está hecha de expectativas. Y por ella pueden circular miles de personas. Aquí conviene introducir una dosis de mala educación. Europa tiene una relación muy curiosa con el Magreb. Le gusta bastante como restaurante: cuscús, tajín, cordero, menta, una terraza con lámparas de latón y una camarera explicándonos que aquello es «auténtico» mientras suena una lista de Spotify cuidadosamente desinfectada de cualquier cosa que pueda estropear la digestión. También nos gusta como destino vacacional: riads, desierto, fotografía. Un niño llevando cabras junto a una carretera queda estupendo si uno utiliza una apertura suficientemente amplia. Lo que nos cuesta más procesar es que detrás de la postal viven millones de personas que también han aprendido a mirar. Y lo que ven al norte no es precisamente un monasterio trapense. Ven consumo, movilidad, derechos, empleo, universidades, fútbol, sexo, coches, fiestas, personas viajando por un continente sin enseñar el pasaporte cada veinte kilómetros. Nosotros miramos hacia el sur y vemos exotismo. Ellos miran hacia el norte y ven posibilidades. Ambas miradas deforman. Sólo una de ellas tiene concertinas.La voluntad instrumentalizada
Después, cuando suficientes personas deciden moverse, la conversación cambia de vocabulario. Ya no hablamos de Ayoub. Hablamos de seguridad, soberanía, frontera, defensa, amenaza. Europa descubre entonces que el muchacho del teléfono se ha convertido estadísticamente en otra cosa: una unidad, un flujo, un problema, a veces incluso una munición. Y aquí es donde empieza el terreno verdaderamente desagradable. Porque existe una dimensión cívica que no deberíamos perder bajo ninguna broma. Una persona vulnerable puede ser simultáneamente un sujeto con voluntad propia y una pieza explotable dentro de una dinámica política. Una cosa no cancela la otra. Reconocer capacidad de decisión no obliga a negar manipulación. Reconocer manipulación no convierte a quien la sufre en ganado. Precisamente por eso el lenguaje del rebaño resulta insuficiente. Las ovejas no tienen WhatsApp. No comparan oportunidades laborales. No interpretan una sentencia del Tribunal Supremo. No poseen primos en Francia. No sueñan con estudiar informática en Barcelona. No saben que delante hay una frontera. Y, hasta donde sabemos, ninguna oveja ha desarrollado todavía una teoría razonablemente consistente acerca del espacio Schengen. El ser humano sí. La manipulación moderna funciona porque trabaja con criaturas que interpretan. No elimina la voluntad. La utiliza. Esa es la diferencia. El mensaje eficaz rara vez dice: haz esto. Dice: esto está ocurriendo. Y deja que seas tú quien complete la frase siguiente. Esta fue, seguramente, una de las lecciones más importantes de aquel episodio. No necesitamos imaginar un titiritero manejando cincuenta mil cuerdas. Eso sería incluso reconfortante. Un titiritero puede detenerse. Puede ser identificado. Puede ser detenido. Puede declarar ante una comisión parlamentaria. Lo verdaderamente contemporáneo es la posibilidad de que el acontecimiento emerja de una combinación de actores con intereses diferentes, informaciones parcialmente ciertas, rumores, vídeos auténticos, interpretaciones falsas, necesidades económicas, expectativas personales y plataformas diseñadas para conseguir que aquello que despierta una reacción viaje más lejos. No es un rebaño. Es una reacción en cadena. Y el teléfono es un reactor extraordinariamente pequeño. Cada individuo recibe una parte. Decide. Transmite. Añade. Recorta. Comenta. Pregunta. Confirma. Miente. Se equivoca. Cree. Sale de casa. En algún momento el mundo digital alcanza suficiente densidad como para precipitarse sobre el mundo físico. Entonces aparecen los policías. Las ambulancias. Las vallas. Los políticos. Y, naturally, los periodistas. Llegamos los últimos y explicamos que todo comenzó aquella mañana. Quizá no. Quizá la frontera había comenzado a ceder mucho antes. No junto al Tarajal. No cuando apareció el primer cuerpo en el agua. Ni siquiera cuando el primer grupo alcanzó la valla. Quizá comenzó a ceder doce horas antes. En un lugar mucho más difícil de fortificar: en la representación que un muchacho se hizo del mundo después de mirar una pantalla. Ayoub tenía dieciséis años. Un teléfono. Un primo. Vio un vídeo. Después otro. Y decidió moverse. Todo lo demás —los gases, las cámaras, los ministros, los titulares, los mapas, los comunicados, las cifras con cinco caracteres y un punto— vino después.«Durante milenios hemos construido murallas para decidir quién entra. El siglo XXI nos ha entregado un problema nuevo. Antes de que un hombre llegue a la frontera, la frontera ya puede haber entrado en él.»
