Ideas

De Mataderos y Vacas

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Es julio. El sol azota las costas mediterráneas con esa obscenidad mineral que adquiere el verano cuando ha decidido no conceder sombra a nadie. Las playas están atestadas, por distintos motivos, de miles de personas. Unas se abandonan al sol con la disciplina de los cadáveres, untadas en cremas protectoras y dejando que el agua juegue con sus pies. Han venido a descansar. Han pagado por ello. Sobre una toalla, junto a unas gafas de plástico y una botella de agua a precio aeroportuario, reposan algunos de los últimos privilegios reconocibles de la civilización occidental.

Otras personas llegan también por mar.

No tienen sombrilla.

En Ceuta, el Mediterráneo se convierte en un mar de plástico barato: botellas vacías, flotadores infantiles, cámaras de neumático, bolsas, sandalias; objetos de bazar concebidos para sobrevivir una temporada y que, por una curiosa promoción de la historia, han terminado convertidos en instrumentos de navegación. Son los billetes de primera de Ceuta Cruceros: una realidad que a veces incomoda, pero que no tiene nada de extraordinaria. Ni en lo cotidiano ni, desde luego, en lo histórico.

Europa tiene ese extraño talento: ennoblece los objetos cuando empiezan a acercarse a sus fronteras.

Un flotador deja de ser un flotador. Pasa a ser una amenaza geopolítica.

Y una bandera: para la extrema derecha o para la progresía, según quién llegue primero a la playa. Un juguete polarizador demasiado rentable para que nadie tenga verdadero interés en desinflarlo. Porque la inmigración no es nueva. Tampoco el colonialismo, las putas ni los santos. Lo verdaderamente europeo quizá sea seguir recibiéndolos a todos con expresión de sorpresa.

El plástico no sabe nada de Schengen, pero Schengen sabe mucho del plástico. Lo suficiente como para recordarnos que las fronteras más incómodas de Europa no siempre coinciden con las que aparecen dibujadas en los mapas.

Algunas están bastante más adentro. En los invernaderos. En los polígonos. En los clubes de carretera. En esos espacios liminales donde la Europa imaginaria se permite pequeñas excepciones: semiesclavitud, prostitución, droga, jornales de mierda y seres humanos convenientemente invisibles.

Historias terribles. De esas que, bien fotografiadas, quedan estupendas en Netflix.

En Europa hay palabras preparadas con antelación para estas ocasiones. Una de las favoritas es invasión. Tiene ventajas.

«Invasión» evita tener que preguntar quién invade, de qué huye, cuánto dinero lleva encima o cuántas horas ha pasado flotando. Tampoco obliga a mirar demasiado detenidamente una zapatilla perdida en el agua. Las invasiones son cómodas porque transforman personas en cantidades. Diez hombres son todavía hombres. Diez mil empiezan a parecer una estadística.

Y las estadísticas jamás tienen madre.

Como suele ocurrir, inmediatamente aparecen las voces que hablan de restringir movimientos dentro del espacio Schengen, reforzar fronteras, reconsiderar alianzas y desconfiar de España. La fortaleza descubre siempre que sus murallas son demasiado bajas cinco minutos después de haber proclamado que no necesita murallas. Nada nuevo bajo el sol.

Bajo ese mismo sol, Europa esputa todavía sangre de su tuberculosis decimonónica, una vieja enfermedad contraída durante una juventud que recuerda, curiosamente, como gloriosa. Aún conserva los retratos de familia, los museos, algunas porcelanas y la convicción de que todo aquello sucedió gracias a una superioridad moral difícil de localizar en los libros de contabilidad.

Porque las cuentas cuentan otra historia: caucho congoleño, trabajo forzado, opio vendido a China, algodón, azúcar.

La civilización también llevaba contabilidad.

Europa no se curó. Aprendió a vivir con los síntomas.

La crisis, mientras tanto, ha dejado de ser una crisis. Para que algo sea crisis debe, en principio, terminar. Lo nuestro posee ya una comodidad casi doméstica. Inflación, precariedad, envejecimiento, deuda, automatización, alquileres imposibles, salarios que avanzan con la majestuosidad de una tortuga artrítica y guerras retransmitidas a suficiente distancia para que puedan verse durante la cena.

La catástrofe contemporánea tiene una ventaja extraordinaria respecto de las antiguas: dispone de interfaz.

Puede seguirse en directo e incluso permite publicidad. Los ciudadanos sufragan conflictos cuyo significado geopolítico se les explica mediante mapas de colores mientras, alrededor del cadáver, circula una economía perfectamente viva: industrias armamentísticas, contratistas, materias primas, deuda y la promesa todavía humeante de la reconstrucción futura.

Hasta la ruina posee hoy un plan de negocio. La muerte, al fin y al cabo, es uno de los pocos sectores que nunca ha sufrido una verdadera crisis de demanda.

Lo extraordinario, entretanto, adquirió costumbres. Cada crisis llegó acompañada de la promesa de ser provisional. La guerra sería provisional. La vigilancia, provisional. Las restricciones, provisionales. Los precios, provisionales. La emergencia energética, provisional. Incluso la pobreza parece haber recibido un permiso de residencia temporal que nadie recuerda haber renovado.

Veinticinco años después, seguimos esperando que termine la excepción.

Entretanto, en algún lugar confortablemente alejado de las trincheras, alguien consulta una gráfica. Siempre hay una gráfica. O un KPI. Tres letras detrás de las cuales puede esconderse un objetivo trimestral, un departamento de recursos humanos o algún señor que aprendió su oficio en la Lubianka.

Los muertos tienen esa mala costumbre de desordenar los discursos, pero las gráficas son extraordinariamente educadas. Se dejan colocar en PowerPoint.

En Europa ya no se habla esperanto. En realidad, nunca se habló.

La palabra resulta casi enternecedora vista desde aquí: aquella ocurrencia según la cual bastaría con que los hombres compartieran una gramática para que empezaran a entenderse. El siglo XX se encargó de demostrar con un entusiasmo digno de mejor causa que los seres humanos son perfectamente capaces de exterminarse hablando el mismo idioma.

Europa no necesitaba una lengua común. Necesitaba una memoria común. Y tampoco parece haber funcionado.

Una vez más asoman las lenguas negras del odio. Cambian el uniforme, modernizan el logotipo, contratan a un diseñador gráfico y descubren las redes sociales, pero la mercancía conserva una sorprendente estabilidad histórica. El extranjero contamina. El pobre amenaza. El vecino conspira. El otro reproduce demasiado. El otro reproduce demasiado poco. El otro trabaja por menos dinero. El otro no trabaja.

El catálogo de acusaciones posee la virtud de admitir contradicciones sin deteriorarse.

El odio es probablemente la única ideología completamente sostenible. Se recicla.

A veces me asalta entonces una duda acerca de lo que pareció ser un sueño europeo, aquello que dimos en llamar socialdemocracia. Quizá fue una conquista real. Quizá fue también una tregua histórica. Quizá ambas cosas sean ciertas a la vez, circunstancia insoportable para cualquier buena consigna.

Durante unas décadas el capital aceptó compartir parte de la mesa con quienes podían darle la vuelta. No necesariamente por bondad. Los sistemas económicos rara vez sufren arrebatos franciscanos.

Existía un movimiento obrero organizado, existía la memoria cercana de revoluciones, existía un bloque soviético al otro lado del telón y existía, por tanto, una pregunta incómoda: qué cantidad de desigualdad podía soportar una sociedad antes de que los camareros dejaran de servir la cena y empezaran a preguntarse por qué no estaban sentados a la mesa.

Convenía repartir algo. No demasiado. Lo suficiente.

La socialdemocracia descubrió así una de las grandes recetas políticas del siglo: quizá resulte más barato conceder vacaciones pagadas que proteger el palacio con ametralladoras.

Funcionó razonablemente bien. Y mientras funcionaba, ambos bandos pudieron atribuirse el mérito. El movimiento obrero consideró que había conquistado derechos. El capital comprobó que podía conservar la propiedad. Los gobiernos descubrieron que podían inaugurar hospitales. Las clases medias descubrieron el frigorífico, el automóvil, agosto y la hipoteca. Incluso el proletariado empezó a resultar fotogénico.

Naturalmente, todo esto se asociaba con frecuencia —unas veces por ignorancia, otras por conveniencia— al comunismo soviético, aunque al Politburó de finales de los años sesenta le interesaba probablemente más su propia supervivencia que la emancipación universal del género humano.

Los burócratas envejecían. Las revoluciones también. Hay algo profundamente cómico en imaginar a la Historia Universal detenida porque un anciano del Comité Central necesita que le ajusten la manta.

El poder acaba siempre así. Napoleón termina teniendo hemorroides. El César necesita un urólogo. Y el secretario general que debía conducir a la humanidad hacia la sociedad sin clases acaba preguntando quién ha cambiado de sitio sus zapatillas.

Ésa podría ser la contribución esencial del humor negro a la filosofía política: recordar que debajo del uniforme sigue habiendo intestinos.

Pero después cayó el muro. Y con él desapareció algo más que un régimen. Desapareció una amenaza.

No hace falta idealizar aquello que había detrás de la frontera para comprender lo que significaba su existencia a este lado. Un lobo puede ser desagradable y, sin embargo, explicar por qué el pastor trata bien al perro. Una vez muerto el lobo, empiezan las conversaciones sobre productividad.

La amenaza que el movimiento obrero representaba para el capital fue perdiendo densidad. Sindicatos debilitados, industrias deslocalizadas, trabajos fragmentados, trabajadores convertidos primero en autónomos, después en colaboradores y finalmente en usuarios de una aplicación que les explica amablemente dónde deben entregar la pizza.

El lenguaje progresó mucho más rápido que las condiciones laborales.

Ya casi nadie tiene jefe. Tiene una plataforma. No lo despiden. Lo desconectan. No es proletario. Es emprendedor. Si duerme dentro del automóvil entre un reparto y otro, además, dispone de oficina móvil.

El capitalismo tardío ha conseguido una hazaña lingüística que habría provocado la admiración de cualquier surrealista: transformar la pérdida de seguridad en libertad mediante una modificación del sustantivo.

André Breton habría agradecido probablemente semejante hallazgo. Una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección ya parecen una escena bastante convencional comparados con un trabajador sin salario fijo llamado «socio».

Y entonces llegaron las máquinas. Primero fueron brazos. Después ojos. Ahora empiezan a tener lenguaje.

Durante dos siglos el obrero temió ser explotado. La novedad consiste en que empieza a temer algo mucho peor: no resultar siquiera explotable.

Marx quizá no previó esa última humillación. Ser explotado conserva todavía una forma perversa de reconocimiento. Alguien necesita tus músculos, tus horas, tus manos. Hay una violencia en ello, pero también una relación. El patrón quiere tu fuerza.

La máquina no quiere nada. Ésa es su extraordinaria mala educación. No odia al obrero. Simplemente no lo necesita. Androides, inteligencia artificial, automatización, sistemas predictivos: el viejo peón descubre de pronto que el tablero continúa jugando sin él. Y aquí la metáfora ajedrecística deja de ser una metáfora elegante para convertirse en una obscenidad económica.

¿Adónde huye el peón cuando no queda huida?

Durante siglos podía cambiar de patrón, de fábrica, de ciudad, incluso de continente. Podía emigrar. Podía sindicalizarse. Podía amotinarse. Podía, en casos particularmente animados, cortar la cabeza del rey.

Pero, ¿contra quién se rebela un algoritmo? ¿A qué puerta llama? ¿Dónde vive?

La torre ya no necesita guardianes. Se ha dotado de panópticos electrónicos que ven sin mirar y registran sin recordar. Foucault imaginó el poder moderno como una arquitectura de vigilancia en la que el prisionero terminaba interiorizando la posibilidad de ser observado. Hemos perfeccionado incluso eso: ahora el prisionero compra voluntariamente el dispositivo, acepta sus condiciones de uso y lo coloca junto a la cama para que contabilice correctamente sus sueños.

El Gran Hermano tenía una grave deficiencia empresarial. Había que pagarlo. Nosotros hemos conseguido que el vigilado financie la cámara. Y encima actualice el software.

Zamiatin imaginó paredes de cristal. Nosotros ponemos cortinas y después instalamos micrófonos detrás. Se llama progreso.

¿Qué puede encontrar entonces quien atraviesa África para alcanzar esta Europa?

La pregunta tiene algo de humor negro porque presupone que nosotros lo sabemos. Tal vez espera encontrar aquello que Europa continúa anunciando en sus folletos: derechos, trabajo, seguridad, futuro. El catálogo resulta excelente. Si se compra el paquete completo incluye Estado del bienestar, democracia liberal, libre circulación y una fotografía de una pareja sonriente montando en bicicleta junto a un canal holandés.

La letra pequeña ocupa varios continentes.

Lo que encuentra es una Europa farisaica, un sepulcro blanqueado que conserva una extraordinaria habilidad para convertir sus contradicciones en conferencias. Predicamos derechos humanos en edificios climatizados, fabricamos alambradas, externalizamos fronteras y después organizamos un seminario sobre inclusión.

Todo muy civilizado. Incluso la crueldad europea ha adquirido modales. Ya no necesita gritar. Rellena formularios.

Quizá sea ésta una de las grandes mutaciones de nuestro tiempo. El verdugo clásico necesitaba sangre. El moderno necesita una contraseña administrativa. Hannah Arendt observó algo parecido al enfrentarse a la banalidad del mal: el horror no siempre necesita monstruos. A veces le basta un funcionario eficaz, un reglamento correctamente numerado y alguien dispuesto a asegurar que él sólo tramita expedientes.

El mal absoluto vestido de gris. Con grapadora. Y pausa para comer.

Pero la Europa a la que llegan esos hombres ya tampoco es aquella tierra de abundancia que contemplaban desde lejos. Se parece cada vez más a un parque de atracciones construido alrededor de sus propias ruinas: palacios visitables, centros históricos convertidos en decorado, apartamentos turísticos, restaurantes donde una economía de servicios atiende a otra economía de servicios que ha venido a fotografiar los restos de una economía industrial.

Fabricamos experiencias. Es mucho más limpio que fabricar acero. El humo de las chimeneas ensuciaba el cielo. El de los aviones apenas se ve desde Instagram.

Mientras tanto, debajo del decorado aparece otra cosa: una población empobrecida que contempla al recién llegado no necesariamente desde la riqueza, sino desde el miedo.

Aquí la palabra decisiva quizá no sea xenofobia. Es aporofobia. No sólo miedo al extranjero, sino miedo al pobre.

El millonario extranjero rara vez provoca una crisis identitaria. Llega en yate, compra tres edificios, sube los alquileres y es recibido como inversor. Puede incluso recibir una copa. El problema empieza cuando llega nadando. Ésa es probablemente una de las definiciones más precisas de nuestra moral económica: el extranjero molesta en proporción inversa a su patrimonio.

A nadie parece preocuparle demasiado la invasión de un fondo de inversión. Los fondos no llegan en patera.

Y así el pobre teme al pobre. No porque posea mucho, sino precisamente porque posee demasiado poco. Quien conserva un mendrugo observa al hambriento y comprende inmediatamente la naturaleza del conflicto. No está defendiendo una fortuna. Defiende el mendrugo.

Arriba pueden repartirse fábricas, puertos, datos, tierras, minerales y presupuestos. Abajo empieza una guerra por media barra de pan.

Es un sistema admirable. Consigue que quienes no poseen nada se vigilen mutuamente para que nadie les robe la nada.

Ahí comienza el matadero. No con los cuchillos. Mucho antes.

El matadero comienza cuando una persona deja de ser alguien y pasa a ser algo administrable: migrante, parado, dependiente, soldado, excedente, coste, unidad productiva, beneficiario, amenaza demográfica. Primero llega el sustantivo. Luego llega la cifra. Después resulta mucho más sencillo que llegue el tren.

La banalidad del mal posee una característica terrible: casi siempre tiene contabilidad.

Una sociedad no necesita declararse monstruosa. Basta con que empiece a hablar de determinadas vidas exclusivamente en términos de coste. Cuánto cuesta mantenerlas. Cuánto cuesta curarlas. Cuánto cuesta alojarlas. Cuánto cuesta jubilarlas. Cuánto cuesta educarlas. Cuánto cuesta que sigan aquí.

Y una vez formuladas todas esas preguntas queda suspendida en el aire otra, mucho menos elegante pero contablemente inevitable:

¿Cuánto ahorraríamos si dejaran de estar?

Es entonces cuando el humor deja de ser negro y adquiere directamente el color de la tierra removida.

Las guerras poseen aquí una utilidad casi obscena. No porque exista necesariamente un consejo secreto de hombres acariciando gatos alrededor de una mesa —la realidad suele ser menos cinematográfica y bastante más vulgar—, sino porque la destrucción genera economías, disciplina poblaciones, reorganiza presupuestos y vuelve aceptables gastos que en tiempos de paz provocarían debates interminables. La paz exige justificar cada partida. La guerra tiene barra libre.

Y siempre habrá seres humanos suficientemente pobres para descubrir que incluso morir puede convertirse en una oportunidad laboral. Las nuevas vacas viajan. Cruzan fronteras. Firman contratos. Reciben entrenamiento. Son enviadas a lugares cuyo nombre meses antes apenas podían señalar en un mapa y allí descubren la vieja promesa de todos los mataderos: que su sacrificio posee algún significado superior. Patria. Libertad. Civilización. Historia. Seguridad.

La etiqueta cambia según el cliente. La carne es bastante parecida.

Podríamos llamar a uno de esos mataderos Ukrainian Inc. si recordamos que hablamos mediante una caricatura deliberada y no mediante una razón social. Una empresa peculiar: enormes cantidades de capital, tecnología punta, inversores internacionales, campañas de comunicación y un producto final que sigue consistiendo, con desagradable frecuencia, en muchachos agujereados.

Es posiblemente la startup perfecta. Quema capital a una velocidad extraordinaria. Y también empleados.

Antes se sacrificaban caballos. Hoy el caballo puede llegar a resultar más valioso que el hombre. No es una figura especialmente extravagante. Un buen caballo de competición posee precio, genealogía, veterinario, dieta, seguros y probablemente mejores perspectivas de jubilación que una parte considerable de los trabajadores europeos.

Conviene meditar sobre ello. Hemos tardado varios milenios en alcanzar una sociedad en la que resultar pura sangre vuelve a ser una ventaja. De modo que quizá sea lúcido quien comprende a tiempo que ha nacido caballo lento.

Los caballos lentos desaparecen del hipódromo. En la literatura de espionaje contemporánea, incluso los agentes defectuosos tienen su ciénaga. Los hombres que no sirven para ganar la carrera son apartados a un lugar donde puedan seguir existiendo sin molestar demasiado al espectáculo. Es una solución extraordinariamente humanitaria. El matadero queda peor en los periódicos. La ciénaga permite conservar nómina.

Pero hay una diferencia fundamental entre el caballo y la vaca. El caballo, aunque fuese durante unos minutos, galopó. Tal vez sintió el aire. Tal vez creyó que corría porque quería.

La vaca ni siquiera necesita esa ilusión. Nace dentro del circuito. Come. Engorda. Produce. Es clasificada. Cuando deja de resultar rentable, continúa viaje.

Las nuevas vacas se parecen cada vez más a nosotros. Sólo que están más delgadas. Se las envía de un matadero a otro a cambio de salarios que en ocasiones apenas cubren los gastos necesarios para continuar presentándose voluntariamente al sacrificio. Pagan alquiler para poder trabajar. Pagan transporte para llegar al trabajo. Pagan dispositivos para permanecer disponibles. Pagan formación para merecer el trabajo. Pagan impuestos para sostener un sistema que les explica que quizá, cuando envejezcan, ya no habrá suficiente sistema para sostenerlas.

Es difícil imaginar una sátira más perfecta. La vaca financia el matadero. Incluso acepta las cookies.

Y lo verdaderamente extraordinario es que todo este mecanismo empieza a descubrir que tampoco necesita tantas vacas. Durante siglos el problema consistió en obtener suficiente mano de obra barata. Ahora empieza a perfilarse otro: qué hacer con quienes ya no hacen falta.

Ésa es la pregunta que atraviesa silenciosamente nuestra época y que preferimos disfrazar con debates técnicos sobre productividad, transición digital, envejecimiento, sostenibilidad del sistema de pensiones o renta básica.

¿Qué ocurre cuando una sociedad construida alrededor del trabajo descubre que necesita cada vez menos trabajadores? ¿Qué identidad concede al hombre cuyo empleo sobra? ¿Qué derechos conserva el ciudadano cuando deja de ser económicamente interesante? ¿Qué hace el matadero cuando descubre que el ganado ya no tiene valor?

Quizá ahí se encuentre la frontera auténtica. No entre Europa y África. No entre cristianos y musulmanes. Ni siquiera entre izquierda y derecha. La frontera empieza a levantarse entre quienes todavía son necesarios y quienes han dejado de serlo.

Y esa frontera no tendrá alambradas. No harán falta. Será mucho más elegante. Tendrá algoritmos, puntuaciones, permisos, primas de riesgo, historiales, perfiles, suscripciones y pequeñas casillas que habrá que marcar para continuar.

Acepto. Naturalmente que aceptamos. ¿Qué otra cosa puede hacer una vaca frente al contrato?

Durante siglos creímos que el horror empezaba cuando se abrían las puertas del matadero. Tal vez fuimos demasiado optimistas. El horror comienza mucho antes: cuando la vaca aprende a llamar libertad al pasillo que conduce hasta él.

Y quizá ésta sea la broma final de nuestro tiempo. Después de haber perfeccionado durante siglos la explotación de la vaca, el sistema descubre que la vaca sobra. Todos nos hemos hecho vegetarianos.

Pero el matadero sigue abierto.