Luz, ausente,
en tu mirar
de humor vítreo:
inacabado.
Declamas:
algo muerto.
Y tú, junto al mar.
En ceniza, tus pupilas se disuelven
en partículas que aún colisionan.
Dios olvidó tu verbo.
La palabra jamás dicha
tiembla todavía
en tus ojos vaciados.
Sin origen ni horizonte.
Sólo pulso.
En el espejo
olvidado —fuiste
una vez niña,
antes ninfa,
ahora herida del cristal—
duerme el eco de tu ausencia.
Verde mar,
donde hasta el olvido
pierde su nombre.
Y tú, en la última esquina,
bajo el zumbido del cable,
esperas.
Un tranvía
a ninguna parte.
