El 25 de mayo de 1941, Hannah Arendt llevaba tres días en Nueva York y ya tenía problemas de alquiler.
Tenía treinta y cuatro años, un inglés precario y esa forma de cansancio que no procede de haber viajado mucho, sino de haber tenido que demostrar demasiadas veces que uno merece seguir viajando. Había cruzado Europa con Heinrich Blücher entre permisos, consulados, fronteras y funcionarios; esa pornografía administrativa del siglo XX en la que un sello húmedo podía separar la vida de la muerte con la misma indiferencia con que hoy se valida un recibo. Casi todo el equipaje había llegado. Una maleta y una caja, no. Su madre seguía en Lisboa esperando un visado. Europa todavía no había terminado de escupirlos.
Tres días después de desembarcar escribió a Günther Anders, su primer marido. La carta avanza entre nombres, gestiones, personas a las que había que visitar y asuntos que resolver. No hay épica. Hay burocracia. Y en mitad de aquella contabilidad del exilio aparece una frase pequeña:
«Ya he visto por dentro la Biblioteca Pública y me siento mucho mejor».
No era una metáfora. Era una refugiada buscando una mesa de trabajo.
Entre sus pertenencias llevaba además algo que ninguna aduana habría sabido valorar: una copia de las tesis sobre la historia que Walter Benjamin le había confiado antes de suicidarse en Portbou. Benjamin no había conseguido cruzar la frontera. Sus páginas sí. En ellas aparecía aquel ángel empujado hacia el futuro mientras contemplaba una montaña de ruinas.
Arendt acababa de atravesarlas. No pensaba quedarse mirando. Quería saber quién había organizado el desastre. Y, más difícil todavía, qué clase de criatura era capaz de organizarlo después de leer a Platón.
La pregunta no era retórica. Tenía nombre, rostro y una vieja historia de amor.
En 1924, con dieciocho años, Arendt llegó a Marburgo para estudiar con Martin Heidegger. Él tenía treinta y cinco, estaba casado, tenía dos hijos y todavía no había publicado Ser y tiempo, aunque entre los estudiantes ya circulaba la especie de que aquel profesor no impartía filosofía: la ejecutaba. Hablaba bajo, desmontaba palabras, regresaba a los griegos y conseguía que conceptos triturados por siglos de comentario académico volvieran a sangrar.
Arendt quedó fascinada. La relación fue clandestina: cartas, señales luminosas, encuentros discretos. Una estudiante judía de dieciocho años y un profesor casado. Material suficiente para alimentar durante décadas la libido secundaria de la historia intelectual, esa industria que necesita imaginar que detrás de toda metafísica hay una cama sin hacer.
La cama importa menos que 1933.
Heidegger aceptó el rectorado de la Universidad de Friburgo, ingresó en el Partido Nazi y prestó parte de su prestigio filosófico al nuevo régimen. El hombre que enseñaba a desconfiar de las fórmulas gastadas se acomodó con sorprendente facilidad a una fórmula política acompañada de uniformes, banderas y saludos con el brazo derecho. La profundidad alemana había encontrado administración.
Arendt nunca se libraría del todo de esa escena. ¿Qué relación existe entre inteligencia y juicio? ¿De qué sirve desmontar la metafísica occidental si uno no reconoce una vulgaridad criminal cuando entra por la puerta? ¿Qué protege a un hombre capaz de pensar de convertirse, llegado el momento, en idiota?
No mucho, al parecer.
Arendt hizo lo contrario. En 1933 colaboró con una organización sionista recopilando pruebas sobre propaganda antisemita. La detuvieron. Pasó varios días bajo custodia y, cuando quedó libre, huyó de Alemania. En París trabajó para Youth Aliyah ayudando a preparar a jóvenes judíos para emigrar a Palestina. No construyó después una mitología personal alrededor de aquello. Le interesaba poco la exhibición sentimental de sí misma. Había visto lo suficiente como para sospechar que, cuando el Estado empieza a interesarse demasiado por quién eres, la identidad pierde parte de su encanto literario.
En 1940 Francia dejó de ser refugio y Arendt fue internada en Gurs como «extranjera enemiga». La categoría merece conservarse intacta: una judía perseguida por Alemania era encerrada por Francia debido a que era alemana. La burocracia posee, en sus mejores momentos, un talento para el humor negro que ningún escritor debería intentar superar.
Arendt logró escapar durante el derrumbe francés, se reunió con Blücher y siguió hacia Lisboa atravesando permisos, sobornos, esperas y fronteras. Llevaba años sin ciudadanía. De ese barro surgiría más tarde una de sus ideas más limpias: antes de cualquier derecho concreto existe «el derecho a tener derechos».
La frase parece concebida para una placa de mármol. Había nacido ante una ventanilla.
Arendt había comprobado que una persona podía conservar intacta su condición humana y, al mismo tiempo, quedar fuera de cualquier institución obligada a reconocerla. El apátrida no perdía sólo el voto o la posibilidad de cruzar legalmente una frontera. Perdía algo más obsceno: la garantía de que alguien tuviera siquiera que registrar la injusticia cometida contra él. El hombre podía seguir siendo hombre. El expediente decía otra cosa.
Y ganaba el expediente.
Por eso, cuando Arendt llegó a Nueva York, no llegó únicamente a un nuevo país. Llegó a un lugar desde el que podía volver a aparecer.
Ella y Blücher se instalaron primero en el 317 de la calle 95 Oeste. Su madre llegó en junio. El dinero escaseaba. Blücher, antiguo comunista y autodidacta, trabajó durante un tiempo en una fábrica química de Nueva Jersey. Arendt empezó a escribir en alemán para Aufbau, defendió la creación de un ejército judío que combatiera a Hitler y discutió con organizaciones judías cuya prudencia consideraba una forma de impotencia.
Había huido de Europa. No había llegado para dar las gracias en silencio.
También trabajó en la recuperación de bibliotecas, archivos y objetos judíos que habían quedado sin propietario porque sus dueños habían sido asesinados. Libros sin lectores. Casas sin dueños. Papeles que todavía olían a sus muertos. Después entró en Schocken Books y participó en la edición inglesa de los diarios de Kafka.
No eran trabajos laterales. Recuperar una biblioteca saqueada, editar a Kafka o conservar el manuscrito de Benjamin respondían a una misma obstinación: impedir que a la desaparición física de las personas le siguiera una segunda desaparición, más limpia y más educada, en la que nadie recordara ya que habían construido algo antes de ser exterminadas.
Arendt empezó a entender el mundo común rodeada de restos. Pero Nueva York le ofreció algo que los archivos no podían darle.
Gente que respondía.
Alfred Kazin, Randall Jarrell, Dwight Macdonald, Mary McCarthy. Amigos, críticos, editores, enemigos eventuales, correctores. Jarrell trabajó con ella el inglés. McCarthy se convertiría en una amiga capaz de defenderla sin necesidad de fingir que tenía siempre razón, una modalidad de amistad bastante menos frecuente que el amor declarado.
Alrededor de Partisan Review encontró una cultura intelectual que bebía, polemizaba, interrumpía, atacaba y discutía las ideas mientras todavía estaban calientes. Allí el pensamiento no llegaba revestido con toga académica. Podía aparecer con una copa en la mano, una colilla consumiéndose en un plato y alguien diciendo que aquello que acababas de afirmar era una estupidez. Probablemente fue saludable.
Arendt nunca dejó de pensar en alemán. Cuando Günter Gaus le preguntó en 1964 qué quedaba de la Europa anterior a Hitler, respondió: «Lo que queda es la lengua». No Alemania. No la universidad. No la patria. La lengua.
Pero el inglés la obligó a salir de sí misma. Ya no podía confiar en que una palabra trajera consigo siglos de resonancias filosóficas. Tenía que explicar. Tenía que hacerse legible. Sus amigos americanos no le regalaron otra cabeza. Le exigieron que la que ya tenía pudiera ser usada fuera de Alemania.
En 1951 publicó Los orígenes del totalitarismo. Ese mismo año obtuvo la ciudadanía estadounidense.
La antigua apátrida escribía sobre las formas políticas capaces de convertir a millones de seres humanos en material sobrante mientras recibía finalmente un pasaporte. La historia posee a veces una obscena afición por las simetrías.
Arendt no escribió una historia convencional del nazismo y el estalinismo. Trabajó mediante conexiones: antisemitismo político, imperialismo, racismo, masas desarraigadas, ideología, policía secreta, terror, campos. Su inteligencia tenía una cualidad peligrosa. Veía estructuras. A veces antes que nadie. A veces donde la realidad sólo había dejado un montón de piezas que se negaban a encajar.
Para Arendt, el totalitarismo no era simplemente una dictadura más eficiente. Su ambición iba más lejos: destruir la espontaneidad humana, fabricar individuos superfluos, convertir a las personas en criaturas incapaces de actuar fuera de la lógica impuesta por el régimen. La ideología proporcionaba una explicación total. El terror obligaba a vivir dentro de ella. Los campos aportaban los cuerpos.
La carne siempre termina corrigiendo a la teoría.
Arendt concedió a la soledad una importancia extraña dentro del análisis político. No hablaba de estar físicamente solo, sino de perder asociaciones, amistades, instituciones y lugares donde la propia experiencia pudiera ser confirmada o discutida por otros. Una persona así puede vivir rodeada de millones de seres humanos y carecer de mundo. Entonces llega la explicación total. Y resulta seductora precisamente porque ya no exige comprobar nada. Todo encaja. Sobre todo lo que no encaja.
Uno de sus hallazgos más inquietantes fue que el sujeto ideal de la dominación totalitaria no necesitaba ser un fanático convencido. Bastaba con que hubiera perdido la capacidad de distinguir entre hecho y ficción. No hacía falta que creyera una mentira. Primero había que conseguir que dejara de importarle si algo era verdad.
Esa intuición sobrevivió mejor que algunas de las construcciones históricas del libro. Su comparación entre nazismo y estalinismo permitió reconocer mecanismos que las fidelidades de la Guerra Fría preferían mantener separados; también empujó a Arendt a comprimir historias distintas dentro de arquitecturas demasiado elegantes. Podía construir una catedral conceptual mientras los historiadores todavía discutían dónde poner los cimientos. A veces veía más. A veces veía demasiado alto.
Después de estudiar cómo desaparece la política, quiso comprender qué la mantiene viva. En La condición humana, publicada en 1958, distinguió entre labor, trabajo y acción. La acción era el espacio propiamente político: personas diferentes hablando y actuando juntas sin conocer de antemano el resultado. La incertidumbre no era un error. Era la condición.
Un carpintero imagina una mesa y fabrica una mesa. La política empieza a ponerse interesante cuando alguien imagina una sociedad y decide fabricarla por el mismo procedimiento. La madera protesta poco. Las personas tienen la desagradable costumbre de hacerlo.
Arendt admiraba por eso ciertos elementos de la tradición republicana estadounidense: el reparto de poderes, los concejos, las instituciones capaces de aceptar que el desacuerdo no constituye una enfermedad. Prefería la pluralidad incómoda a la fantasía de una única voluntad política. Una sola voluntad tiene, desde luego, una ventaja administrativa considerable.
Sobran todos los demás.
Hasta ahí, la arquitectura funcionaba. Entonces apareció Little Rock.
En 1957 nueve estudiantes negros intentaron acceder a Central High School, en Arkansas. Las fotografías mostraron adolescentes rodeados de una multitud blanca furiosa, soldados, insultos, dientes apretados, cuerpos intentando impedir que otros cuerpos cruzaran una puerta.
Arendt miró aquellas imágenes. Y se equivocó.
No del modo fácil. No defendía la supremacía blanca ni consideraba legítima la segregación racial. Rechazaba las leyes que prohibían los matrimonios interraciales y defendía la igualdad jurídica. El error fue más interesante porque nació de una de sus mejores herramientas. Separó «lo político» de «lo social». Consideró la escuela un ámbito en el que el Estado no debía cargar sobre los niños una batalla que correspondía librar a los adultos.
Miró a una adolescente rodeada por una multitud. Vio a la adolescente. No vio suficientemente la estructura que había fabricado aquella multitud. La segregación escolar no era una preferencia privada desagradable. Era una maquinaria sostenida por leyes, policía, financiación, violencia y una historia entera dedicada a decidir quién podía entrar por qué puerta.
Su categoría era impecable. La realidad tuvo la mala educación de no caber dentro.
Ralph Ellison entendió algo que Arendt no había visto. Muchas familias negras que enviaban a sus hijos a aquellas escuelas no estaban sacrificándolos por frivolidad política. Sabían que la ciudadanía no iba a serles entregada cuando alcanzaran una edad convenientemente adulta. Años más tarde Arendt reconoció ante Ellison: «No entendí precisamente el ideal del sacrificio».
La frase importa porque muestra cómo se equivocaba. No a pesar de su inteligencia. A través de ella. Había aprendido a pensar la exclusión desde el pasaporte, la frontera y el Estado porque había sufrido esas formas de exclusión. En Estados Unidos encontró una historia racial que no obedecía del todo a las herramientas conceptuales que traía de Europa.
Parte de la realidad quedó fuera del encuadre. Sucede incluso a las mejores cámaras.
En 1959 Arendt y Blücher se mudaron al 370 de Riverside Drive. El apartamento tenía vistas al Hudson y espacio para recibir amigos. Allí escribía, fumaba, discutía y organizaba cenas de Nochevieja.
La mesa reaparece. No hace falta convertirla en símbolo. Estaba allí.
Alrededor de ella se sentaban personas capaces de llevarse la contraria y seguir compartiendo habitación. Quizá la política, para Arendt, tuviera también ese tamaño: cuerpos distintos sentados lo bastante cerca como para que nadie pudiera convertir al otro en una abstracción sin que el otro protestara. Blücher discutía con ella de igual a igual. Mary McCarthy corregía su inglés y, cuando era necesario, sus ideas.
Arendt necesitaba interlocutores fuertes. En ocasiones parecía necesitar también derrotarlos. Su ironía podía abrir una discusión. A veces cerraba una puerta.
En 1961 pidió a The New Yorker que la enviara a Jerusalén para cubrir el juicio de Adolf Eichmann. Quería verlo.
Durante años había estudiado sistemas, masas, ideologías, burocracias y campos. Ahora tenía delante a un hombre. Dentro de una cabina de cristal. Uno de los responsables de la maquinaria de deportación y exterminio de los judíos europeos. El tamaño del crimen parecía exigir una criatura proporcionada. Algo demoníaco. Una profundidad moral invertida. Un monstruo que permitiera conservar una distancia tranquilizadora entre él y nosotros.
Arendt encontró un funcionario. O creyó encontrarlo.
Eichmann hablaba con clichés. Se refugiaba en órdenes, reglamentos, deberes, ascensos, competencias. Había construido alrededor de sí mismo una especie de preservativo verbal: las palabras impedían que sus actos entraran en contacto con los cuerpos que habían producido.
De aquella impresión nació la «banalidad del mal».
Pocas expresiones han sido tan utilizadas por personas que no han leído el libro que las contiene. «Banal» no significaba pequeño. Ni inocente. Ni perdonable. Arendt consideraba a Eichmann culpable y defendía su ejecución. Lo inquietante era otra cosa: un crimen monstruoso no exige necesariamente un criminal de profundidad monstruosa. El mal podía ser enorme. El hombre, mediocre.
La controversia no nació únicamente porque algunos lectores entendieran mal la expresión. Arendt también colaboró. Sus páginas sobre los Judenräte, los consejos judíos utilizados por los nazis en la administración de comunidades y deportaciones, estaban escritas con una frialdad que muchos supervivientes encontraron insoportable. La maquinaria de exterminio debía ser comprendida en toda su complejidad, incluida la cooperación forzada, el chantaje y la administración bajo terror. Pero hay algo obsceno en juzgar desde una habitación tranquila decisiones tomadas por alguien que tiene una pistola pegada a la nuca.
Comprender no exige absolver. Tampoco exige fingir que todos decidieron a la misma temperatura.
Gershom Scholem le reprochó entonces carecer de ahavat Israel, amor por el pueblo judío. Arendt respondió que no amaba pueblos. Amaba personas.
La frase es magnífica. Y un poco terrible. Contiene su independencia, su negativa a permitir que la pertenencia decida qué puede decirse y también una forma de orgullo intelectual que algunas veces confundió la capacidad de soportar el rechazo con la certeza de tener razón. No son lo mismo.
La documentación conocida después complicó además su retrato de Eichmann. Las conversaciones mantenidas en Argentina con Willem Sassen muestran a un antisemita comprometido, orgulloso de su papel y bastante menos gris de lo que sugería el funcionario encogido detrás del cristal. ¿Destruye eso la banalidad del mal? No necesariamente. La ensucia. Que es mejor.
Un fanático puede no pensar. Puede abrazar una ideología precisamente porque ha renunciado a someterla a la presencia de otras personas. La banalidad no necesita inocencia ideológica. Pero la escena obliga a hacer con Arendt lo que Arendt exigía hacer con los demás.
Juzgar.
Y todavía quedaba Heidegger. Siempre quedaba Heidegger.
Arendt regresó a Alemania después de la guerra y restableció el contacto con él en 1950. Después del rectorado. Después del Partido Nazi. Después de todo. Las cartas documentan la lealtad. No explican suficientemente su naturaleza. Amor, fidelidad, nostalgia, dependencia intelectual, indulgencia, rechazo a reducir una vida entera a una culpa. Se puede escoger una explicación y quedar satisfecho durante una tarde.
Heidegger nunca realizó una confrontación pública con su compromiso nazi proporcionada a la magnitud del compromiso. Arendt lo sabía. Continuó queriéndolo. La mujer que convirtió el juicio en una exigencia política fundamental conservó para él una zona de sombra privada.
No hace falta resolverla. Sería indecente. Los seres humanos no están obligados a caber dentro de las categorías que inventan. Arendt tampoco.
Podía detectar el autoengaño de una sociedad y participar en el suyo. Podía escribir sobre la necesidad de juzgar y ser indulgente con el hombre al que había amado. Podía comprender la apatridia y no comprender Little Rock. Podía ser ferozmente lúcida y mezquinamente injusta. Eso no reduce su obra. Le devuelve temperatura corporal. Una estatua no se contradice. Tampoco piensa.
Heinrich Blücher murió en 1970. Arendt siguió escribiendo sobre violencia, revolución, los Papeles del Pentágono y Watergate. En sus últimos años regresó al pensamiento, la voluntad y el juicio. Había empezado décadas atrás junto a Heidegger preguntándose qué significaba pensar. Ahora la pregunta había perdido decoración. ¿Qué sucede cuando alguien deja de mantener esa conversación consigo mismo en la que debe decidir si podrá soportar a la persona en que se está convirtiendo? No buscaba una técnica para fabricar seres humanos virtuosos. Había visto suficientes fábricas humanas.
El 4 de diciembre de 1975 estaba en su apartamento de Riverside Drive recibiendo a unos amigos cuando sufrió un ataque al corazón. Murió allí. Tenía sesenta y nueve años. Había terminado las partes de La vida del espíritu dedicadas al pensamiento y la voluntad.
La sección sobre el juicio quedó sin escribir. La realidad volvió a permitirse una ironía de gusto dudoso.
No necesitaba editor.
Después llegó la posteridad y comenzó el negocio.
Desde entonces Hannah Arendt aparece cada vez que el presente muestra síntomas de mala educación. Un gobierno autoritario: Arendt. Una red social: Arendt. Una universidad cancela una conferencia: Arendt. Un algoritmo decide qué veremos esta noche: totalitarismo. Alguien prohíbe fumar en una terraza y probablemente habrá ya un hilo explicando la banalidad del mal.
Pocas cosas traicionan tanto a una pensadora de las distinciones como utilizar sus palabras para dejar de distinguir. El totalitarismo fue una forma histórica específica de dominación. Terror sistemático. Ideología total. Movimiento. Policía secreta. Campos.
Una democracia degradada puede ser peligrosa sin ser Auschwitz. Una plataforma digital puede manipular sin convertirse en la Gestapo. No hace falta exagerar el presente para que resulte inquietante.
Lo útil de Arendt está en otra parte. La soledad política. La pérdida de instituciones donde contrastar la experiencia. La atracción por explicaciones capaces de explicarlo todo. La destrucción de la verdad factual no mediante una mentira perfecta, sino mediante tantas versiones que al final comprobar cualquiera resulte agotador.
En 1974, durante una entrevista con Roger Errera, Arendt explicó que cuando todos mienten constantemente el resultado no es que la población termine creyendo todas las mentiras. Es que «nadie cree ya en nada».
Ahí todavía duele.
Nuestra esfera pública no necesita un Ministerio de Propaganda para producir cansancio. Basta con gobiernos, empresas, medios, algoritmos, imágenes sintéticas, campañas, rumores y millones de personas compitiendo por atención mientras descubren que la indignación corre mejor que la corrección. Nadie dirige necesariamente la orquesta. Quizá por eso cuesta tanto pedir que pare la música.
Pero Arendt tampoco basta. Su error ante Little Rock permanece junto a su lucidez sobre la mentira. No es una mancha que deba ocultarse para proteger el monumento. Es una instrucción de uso. Recordar que los hechos necesitan instituciones es importante. Preguntar quién puede entrar en esas instituciones, quién tiene voz dentro de ellas y cuánto debe sacrificar para ser reconocido también.
La verdad factual necesita archivos, tribunales, escuelas, periódicos, bibliotecas. Necesita lugares. Y personas.
Ochenta y cinco años antes, Hannah Arendt había entrado en uno de ellos. Tres días después de desembarcar en Nueva York. Su madre seguía en Lisboa. El dinero era escaso. Su inglés apenas servía. Parte del equipaje se había perdido. Europa continuaba llena de personas intentando conseguir un papel que les permitiera cruzar una frontera y de otras personas pagadas para decidir si lo recibirían.
Arendt atravesó las puertas de la Biblioteca Pública. Buscó sitio. Se sentó.
Sobre alguna mesa de aquella ciudad viajaban también las páginas que Walter Benjamin ya no podía llevar consigo.
Y por un momento, escribió, se sintió mejor.
