Editorial

Bienvenido al lado oscuro de la luna.

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Crecer en Villanueva de la Serena fue una experiencia que hacía de South Park una historieta de párvulos.

A sus doce años llegaba Miguel, el Gallego, con sus cincuenta gramos de costo recién bajado del autobús. Venía a buscarme al instituto y a las ocho de la mañana ya estábamos soplando birras y petas. Después aparecía Su Farlópica Majestad, que por aquellos entonces era heavy —ahí, incipiente—, mangando elásticos en Pavo o con el peluco tocando, fumaísimo, un violonchelo en el escaparate donde trabajaba, cual Rostropóvich de la Siberia extremeña. En realidad aquello sonaba a rata asesinada.

Robles pululaba por allí, trabajando con Félix y fumándose unos mawasigueri mientras te pasaba El misterio de las catedrales, de Fulcanelli. Kota resolvía determinadas disputas con una katana y una filosofía jurídica irreprochable:

—Tú sabes que yo soy buena gente, pero es que me ha robado.

Mientras tanto, algún licenciado de la comarca tomaba cafés con el rey y el Nika tenía pelotas.

Íbamos a la sala de juegos del Jabeño, cuya genealogía familiar habría hecho parecer a los Atridas una familia perfectamente funcional. Aquello tenía menos de establecimiento recreativo que de tragedia griega con futbolín.

Asiduamente peregrinábamos a Santiaguito para ponernos ciegos cual piojos y contemplar cómo le sangraba la nariz a Franki con la compostura de un caballero inglés durante la hora del té.

Luego estaban los Campo. Uno muerto de un tiro en el corazón; otro, colgado de una grúa.

En definitiva, esta redacción procede de lo que convencionalmente se conoce como la escuela de la calle. Véase también el Bar de la Mora, donde el Colorao apuñaló a Bartolo «Abibú» con un destornillador porque, según las distintas escuelas historiográficas, o bien lo había mirado mal o bien mediaban cien pesetas.

Venimos de lo que se llama un ambiente ejemplar.

Esta revista es el resultado imprevisto de años de percasoles tibetanos rebozados en harina del molar y maridados con Chateaubriand. No somos intelectuales ni lo pretendemos. Esto es un homenaje a Ivá, a las putas, a los yonkis y a las jeringuillas que nos guardaron la juventud. Es la conversión del grito agónico del cáncer de huesos en un ¡MGGGGAAAAIIIIII! de guerra.

¿Que quiénes somos?

Como dejó escrito García Oliver: somos Nadie.

Pero nos quedó el ojo.

El ojo estrambótico y mariconiano que nos vigilaba desde el fondo de un bar en Miajadas mientras caminábamos ciegos de hierba. Hoy solo somos fantasmas supervivientes de aquella Villanueva de la Serena de los ochenta, un lugar al que la heroína dejó una nómina de muertos demasiado larga para una ciudad tan pequeña.

Nos quedó la filosofía del Putas:

—Yo soy yonki pero soy honrao; vieja, dame dinero pa irme de guarras.

Y nos quedó la memoria de los despojos que fueron quedándose en el cunetón, como El Gran Masturbador, otrora Gran Maestre del Ñi, alias el Bola. Entre otras proezas familiares, su primo conducía la línea de autobuses Barcelona–Mallorca. Él, por su parte, le preguntó una tarde a Iván si, cuando tuviera un rato, podía enseñarle francés.

A pesar de todo, sobrevivimos.

Entre el Lefa y el Rata —quien firma estas líneas— acumulamos títulos en Humanidades, Historia, Arqueología, Derecho, Antropología y Periodismo para demostrar que se podía esnifar algo más que pegamento sin perder el colmillo.

Hoy, viendo de cerca el final de los tiempos, hemos decidido lanzar esta tabla de salvación. Un artefacto diseñado para incitar al peor de los pecados: el pensamiento propio, antes de que la Inteligencia Artificial termine de lobotomizarnos allí donde no lo consiguió el alcohol.

El tercero de nuestros triunviros atiende hoy la vida desde un retiro involuntario, víctima de una de esas ficciones punitivas que el sistema judicial redacta cuando le falla la imaginación y le sobra la burocracia.

Como dijo el Lefa, Capote sería asiduo a las Malvinas.

Saturnino lector: bienvenido al lado oscuro de la luna.