A las cuatro y diecisiete de la madrugada la ciudad parece haber muerto.
No es verdad, naturalmente.
Las ciudades no mueren de esa manera.
No cierran los ojos ni dejan de respirar. No hay un último tren que atraviesa un túnel y, al salir por el otro extremo, descubre que ya no queda nadie esperándolo. No existe un instante preciso en que las farolas se apaguen una detrás de otra, las neveras dejen de zumbar y los perros comiencen a ladrar hacia algo que los hombres no pueden ver.
Las ciudades siguen funcionando.
Ése es quizá el problema.
En los edificios quedan algunas ventanas encendidas.
Pocas.
Desde lejos parecen los últimos píxeles defectuosos de una pantalla gigantesca.
Detrás de una de ellas hay un muchacho tumbado en la cama.
Tiene veinte años.
Quizá veintidós.
Podría tener diecisiete.
La luz del teléfono le ha borrado la edad de la cara.
Hace horas que debería dormir. Mañana tendrá que levantarse, ducharse, tomar café y representar nuevamente la pequeña comedia de estar vivo.
Caminará hasta alguna parte.
Contestará mensajes.
Quizá alguien le pregunte qué tal.
Él dirá:
—Bien.
Y la conversación continuará.
Ésa es otra de las extraordinarias capacidades de nuestra especie.
Continuar.
Incluso después de que algo haya terminado.
Ahora no tiene sueño.
O sí lo tiene, pero ha aprendido a ignorarlo.
Fuera de la ventana no pasa ningún coche.
Un semáforo cambia de rojo a verde.
Espera.
Vuelve a rojo.
No hay nadie.
Durante unos segundos el muchacho contempla su reflejo en la pantalla negra mientras carga un vídeo.
Después aparece una muchacha bailando.
Doce segundos.
Desliza.
Un hombre explica cómo hacerse millonario antes de los treinta.
Desliza.
Una ciudad bombardeada.
Desliza.
Un gato cae de una mesa.
Desliza.
Un cadáver cubierto con una sábana.
Desliza.
Una mujer extraordinariamente hermosa mira a cámara y durante siete segundos parece mirarlo únicamente a él.
El muchacho se detiene.
Hay algo extraño en los ojos de la mujer.
No sabría decir qué.
Tal vez tristeza.
Tal vez cansancio.
Tal vez ninguna de las dos cosas.
Durante un instante piensa que ella sabe algo.
Algo que él ignora.
La mujer continúa mirándolo.
Entonces el vídeo termina.
La pantalla reproduce otro.
Un hombre prepara tortitas.
El muchacho permanece inmóvil.
Después desliza.
No sabe qué está buscando.
Esta es quizá la circunstancia más importante.
En algún lugar, dentro de un edificio que probablemente nunca verá, unas máquinas sí lo saben.
O creen saberlo.
Que, a efectos prácticos, viene a ser lo mismo.
Saben cuánto tiempo permaneció mirando a la mujer.
Saben que retrocedió tres segundos.
Saben que el millonario le interesó menos que el gato.
Saben que el cadáver retuvo su atención algo más de lo habitual.
Saben dónde estaba cuando abrió la aplicación.
Saben cuánto tiempo lleva despierto.
Saben que últimamente escucha una canción concreta después de las tres de la madrugada.
Saben que hace dos semanas escribió el nombre de una persona en el buscador y después lo borró.
Saben qué clase de rostro consigue detener durante una fracción de segundo ese pequeño movimiento aprendido de su pulgar.
No saben quién es.
No lo necesitan.
Quizá dentro de cincuenta años tampoco importe.
Tal vez dentro de cincuenta años ese muchacho haya muerto.
Su habitación tendrá otro dueño.
La cama habrá terminado en un vertedero.
El edificio podría haber sido demolido.
La ciudad podría llamarse de otra manera.
Pero en algún servidor olvidado continuará existiendo una colección de pequeños acontecimientos:
el instante en que miró una fotografía,
la canción que abandonó en el segundo treinta y siete,
la mujer cuyo rostro contempló dos veces,
el anuncio que ignoró,
la madrugada en que no pudo dormir.
Una especie de fantasma construido con residuos.
No él.
Algo más duradero y más pobre.
Una sombra estadística.
El muchacho vuelve a deslizar.
Hace mucho tiempo los hombres imaginaron dioses capaces de conocer nuestros pensamientos.
Era una idea bastante razonable.
El mundo parecía demasiado cruel para carecer completamente de administración.
Los dioses observaban desde alguna parte, llevaban las cuentas y, cuando lo consideraban oportuno, intervenían.
También inventaron castigos.
A Prometeo le correspondió un águila.
A Tántalo, el hambre junto al alimento.
A Sísifo, una piedra.
Debía empujarla montaña arriba y, cuando estaba cerca de la cima, verla caer.
Después descendía tras ella.
Y comenzaba nuevamente.
No había progreso.
No había conclusión.
No había siquiera tragedia en el sentido habitual de la palabra, porque para que exista tragedia debe existir un final.
Sísifo no lo tenía.
Sólo repetición.
Los griegos comprendían la crueldad.
Lo que no pudieron imaginar fue que algún día Sísifo llevaría voluntariamente la piedra en el bolsillo.
El muchacho desliza otra vez el dedo.
No hay látigo.
No hay guardián.
No existe siquiera una orden.
Nadie le exige permanecer despierto.
Puede apagar el teléfono cuando quiera.
Dejarlo sobre la mesa.
Cerrar los ojos.
Dormir.
Mañana podría levantarse temprano, comprar pan, caminar hasta un parque y sentarse durante una hora sin mirar ninguna pantalla.
Podría incluso tirar el teléfono por la ventana.
La caída duraría aproximadamente tres segundos.
Luego se escucharía un ruido pequeño contra el asfalto.
Después silencio.
Nadie se lo impide.
Ésa es la perfección del mecanismo.
La puerta está abierta.
Siempre lo ha estado.
A las cuatro y treinta y uno pasa un avión.
El muchacho oye el sonido sin verlo.
Durante unos segundos imagina un avión completamente vacío cruzando el cielo nocturno.
En la cabina tampoco hay nadie.
El aparato sigue una ruta programada.
Madrid.
París.
Ámsterdam.
Tokio.
Después océano.
Continúa volando durante años.
Cuando se queda sin combustible, no cae.
Simplemente sigue.
No sabe por qué ha pensado eso.
Quizá esté cansado.
Quizá haya leído alguna vez una historia semejante.
Quizá el pensamiento no sea suyo.
En la pantalla aparece un vídeo de una playa.
Agua transparente.
Arena blanca.
Una pareja corre hacia el mar.
Sobre ellos hay un cielo de un azul casi obsceno.
El texto dice:
POV: por fin estás viviendo la vida que mereces.
El muchacho contempla el vídeo entero.
Después vuelve a verlo.
No recuerda cuándo fue la última vez que estuvo junto al mar.
Sí recuerda haber publicado una fotografía junto al mar.
Durante unos segundos intenta reconstruir aquel día.
Había cerveza.
Había tres amigos.
Una chica llevaba un vestido amarillo.
O quizá eso pertenecía a otra tarde.
Recuerda mejor la fotografía que el momento.
La imagen está perfectamente conservada.
Él sonríe.
El mar aparece detrás.
En una esquina puede verse parte del brazo de alguien.
Aquella tarde existió.
Sus amigos existieron.
La cerveza existió.
Incluso probablemente fue feliz.
Pero entre vivir aquella tarde y recordarla apareció una tercera cosa:
representarla.
Desde entonces ciertas experiencias parecen haber adquirido una consistencia extraña.
Como si hubieran ocurrido dos veces.
Primero en el mundo.
Después en la pantalla.
Y como si, con el paso del tiempo, la segunda versión devorase lentamente a la primera.
El muchacho intenta recordar el olor de aquella playa.
No puede.
Recuerda el número de corazones que recibió la fotografía.
Ciento cuarenta y tres.
Esto lo inquieta.
No mucho.
Lo suficiente.
Deja el teléfono sobre el pecho.
La habitación queda en silencio.
Escucha el frigorífico de la cocina.
Una tubería.
Alguien tose en el piso de arriba.
Después nada.
Durante unos segundos experimenta una sensación absurda.
Piensa:
soy la última persona despierta.
Sabe que no es verdad.
En aquella misma ciudad hay médicos trabajando, taxistas, policías, gente haciendo el amor, gente muriendo, panaderos preparando la primera hornada, mujeres dando de mamar a niños que todavía no saben que existe Internet.
Millones de personas permanecen despiertas.
Pero la sensación no desaparece.
Soy la última persona despierta.
Mira otra vez el teléfono.
Una notificación.
Alguien ha reaccionado a una fotografía suya publicada hace tres años.
No reconoce el nombre.
Abre el perfil.
No hay fotografías.
No hay publicaciones.
No hay biografía.
Sólo una imagen gris.
Durante unos segundos espera que ocurra algo.
No ocurre nada.
Bloquea el teléfono.
La habitación vuelve a quedar a oscuras.
Entonces comprende, sin saber exactamente por qué, que algún día todas las habitaciones estarán así.
Las camas.
Los bares.
Los hospitales.
Los aeropuertos.
Las estaciones.
Los grandes edificios de oficinas donde ahora mismo miles de procesadores calculan cosas que nadie podría explicar del todo.
Todo vacío.
Las máquinas seguirán funcionando durante un tiempo.
Un semáforo cambiará de rojo a verde.
Un ascensor abrirá sus puertas en una planta donde ya no espera nadie.
Una pantalla publicitaria recomendará un perfume a una avenida desierta.
En alguna cámara frigorífica continuará encendida una luz.
Y dentro de algún servidor, mientras quede electricidad, un algoritmo seguirá tratando de averiguar qué vídeo debería mostrarle después a un muchacho que murió hace cien años.
Tal vez el verdadero fin del mundo sea eso.
No que las máquinas se rebelen.
No que una inteligencia despierte.
No que las ciudades ardan.
Algo bastante más melancólico.
Que nosotros desaparezcamos
y ellas continúen esperando nuestra siguiente elección.
El muchacho enciende otra vez la pantalla.
Son las cuatro y cuarenta y tres.
Publica algo.
No importa demasiado qué.
Durante unos minutos comprueba el teléfono.
Tres corazones.
Luego cinco.
Ocho.
Doce.
La piedra asciende.
Cada cifra es insignificante y, sin embargo, ninguna resulta completamente indiferente.
Alguien lo ha visto.
Algo ha ocurrido al otro lado de la oscuridad.
Durante una fracción minúscula del tiempo, su existencia ha provocado una reacción en otra pantalla.
Diecisiete.
La montaña parece menos alta.
Mañana la publicación comenzará a hundirse bajo millones de publicaciones nuevas.
Dentro de una semana será arqueología.
Dentro de un año quizá la propia plataforma se la presente como recuerdo.
Mira quién eras.
Y para entonces tendrá que haber producido muchas otras versiones de sí mismo.
Sísifo empuja.
La piedra sube.
La piedra cae.
Sísifo vuelve a bajar.
Pero existe una diferencia entre aquel pobre desgraciado de los griegos y nosotros.
A Sísifo lo castigaron los dioses.
Nosotros todavía llamamos libertad a la montaña.
Y acaso no mentimos.
Fuera, el semáforo vuelve a ponerse verde.
Nadie cruza.
En algún lugar empieza a amanecer.
