Editorial

Los que ponen nombre

Una chaqueta bordada, un caballo azul y una fotografía que exige explicaciones. El tercer número de Nocturnalia pregunta quién puede poner nombre a lo que vemos y contamos.

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Chaqueta de Agnes Emma Richter con mangas abiertas y textos autobiográficos bordados, 1895, colección Prinzhorn.
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Antes de que una revista llegue a sus lectores, alguien ha movido cada historia de sitio. La ha llamado «ensayo», «crítica» o «perfil»; ha elegido una imagen y ha escrito unas líneas para invitar a entrar. Son decisiones pequeñas, hasta que una de esas palabras impide ver lo que se tiene delante. Este número nace de una pregunta que también nos concierne: ¿quién puede poner nombre a una obra, a una persona, a un testimonio?

Agnes Emma Richter cosió una chaqueta durante los años que pasó ingresada en una institución psiquiátrica. La prenda se conserva hoy en una colección de arte. Entre el pabellón y el museo ha cambiado quién puede mirarla y bajo qué nombre se exhibe; no por ello conocemos mejor a la mujer que la hizo. Su trabajo encontró una forma de permanecer visible mientras buena parte de su vida sigue fuera de nuestro alcance. Conviene sostener ambas cosas a la vez.

Hubo críticos que buscaron síntomas en las obras que se apartaban de sus normas. También hubo artistas que miraron las creaciones de personas internadas y encontraron en ellas posibilidades para su propio trabajo. El reconocimiento de una imagen no garantizaba el reconocimiento de su autora. El caballo azul de Franz Marc deja ver la distancia entre discutir una elección pictórica y convertirla en un indicio contra el pintor.

Sería fácil concluir que toda institución estropea aquello que toca. Los espejos procedentes del hospital de Bétera quizá no habrían llegado hasta nosotros sin el trabajo de quienes los recuperaron, conservaron y expusieron. Pero su entrada en el museo tampoco borra los pabellones de los que salieron. Las marcas del fuego siguen sobre el cristal. Podemos mirarlas porque alguien abrió una puerta; debemos preguntarnos qué se perdió al cruzarla.

Nombrar una obra también determina cuánto espacio concedemos a quien la hizo. La responsabilidad alcanza también a quienes contamos historias. Gay Talese investigó The New York Times con los métodos que un periódico aplica a los demás. En una exposición de Sebastião Salgado, la fuerza de una fotografía vuelve urgente otra pregunta: qué relación promete esa imagen con lo que ocurrió ante la cámara. Una redacción y un encuadre ordenan el mundo. Su autoridad depende, en parte, de que podamos examinar sus decisiones.

Las personas tampoco caben enteras en la versión que otros han construido de ellas. Fernando Trueba filmó a Chicho Sánchez Ferlosio sin pretender explicar una vida de principio a fin; Máximo Pradera discute algunas decisiones de su tío sin dejar de reconocer lo que hubo en él de extraordinario. En Yo, Fadi, el hermano que había ocupado el lugar del ausente toma la palabra desde sus propios recuerdos. Ninguna de esas voces entrega un retrato definitivo. Juntas permiten escuchar las fricciones que un retrato demasiado limpio habría suprimido.

Al final del número, Emily Brontë deja a una voz suspendida entre no poder marcharse y no querer hacerlo. Borja González pone a sus personajes en manos de alguien que ni siquiera recuerda cómo acaba el cuento. Hay una libertad inquietante en esas páginas: la de no aceptar que otro haya decidido por completo el sentido de nuestra quietud o el final de nuestro camino.

Nocturnalia también elige, recorta y dispone. Publicar este número exige reconocer esa intervención y dejar a la vista sus límites. Una chaqueta merece ser observada como obra sin que desaparezca la mujer que la cosió. Una fotografía puede conmovernos y seguir debiendo una explicación. Un testimonio puede corregir la historia en la que hasta ahora figuraba como una ausencia. Tal vez mirar con atención empiece ahí: cuando el nombre que hemos puesto sobre algo admite todavía una respuesta.

Imagen de apertura: chaqueta bordada por Agnes Emma Richter (1895), colección Prinzhorn, Heidelberg. Fotografía: Sammlung Prinzhorn / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).