Ficción · Encuentro en el más allá

Los soldados vuelven al desierto

T. E. Lawrence y Christopher Lee coinciden junto a una hoguera en un desierto que no figura en ningún mapa. La Muerte sirve el té; los muertos hablan de nombres, guerras y del precio de sobrevivirse.

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Escena ficticia en blanco y negro de dos hombres junto a una hoguera en el desierto bajo un cielo estrellado, con una pequeña figura esquelética sobre un hombro.

Ficción

«La muerte parecía mi sirviente en el camino […]».

T. E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría, dedicatoria «A S. A.». Traducción propia del original inglés.

Los soldados muertos vuelven a los campos de batalla. Nadie sabe por qué. Tal vez dejaron allí algo que la muerte no sabe transportar. Un hombre puede abandonar un ejército, un país, incluso su propio nombre; ciertos lugares conservan durante más tiempo la forma de quienes los atravesaron. Aquella noche no había luna. Las estrellas pesaban sobre el desierto y el frío empezaba a subir por las piernas. Bajo la superficie, donde una bota removía la arena, quedaba todavía algo del calor del día. El viento sólo se oía al rozar las rocas. El hombre que llegó del este era bajo, delgado, de ropa clara. Caminaba deprisa, con el cuerpo apenas inclinado, sin desperdiciar movimientos. A su lado avanzaba una figura con capucha. El borde de la túnica rozaba el suelo sin arrastrar arena.

—Le he dicho que prefiero ir solo.

—LO HE OÍDO.

Siguieron andando. Desde el oeste se acercaba un hombre extraordinariamente alto. Vestía de oscuro y mantenía la espalda recta. Algo pequeño se movía sobre su hombro derecho; de lejos parecía una hoja atrapada en el cuello del abrigo. Los hombres se vieron mucho antes de distinguirse las caras. Ninguno saludó. Entre ambos, al abrigo de unas rocas, ardía una hoguera. Había una tetera sobre las brasas y tres tazas desportilladas dispuestas en la arena. El hombre bajo miró a su acompañante.

—¿Ha sido usted?

—EL TÉ SE ENFRIABA.

—Eso no responde a mi pregunta.

La figura se sentó y apoyó la guadaña contra una roca, con el filo vuelto hacia la piedra. El hombre alto llegó unos instantes después. Al entrar en el círculo de luz, la hoja de su hombro levantó una diminuta calavera. Llevaba capucha negra, una guadaña proporcionada a su tamaño y dos puntos azules en las cuencas.

—Es usted muy alto —dijo el hombre bajo.

—Eso me han dicho alguna vez.

—Su acompañante compensa.

—SQUEAK.

—No le ha gustado —observó el recién llegado.

Se sentó con dificultad, buscando un lugar para las rodillas. La Muerte de las Ratas se agarró a una costura del abrigo hasta que cesó el descenso; después acomodó la guadaña bajo el brazo. Durante unos segundos sólo se oyó el fuego.

—Thomas Edward Lawrence —dijo el hombre alto.

—Depende de cuándo.

El recién llegado se presentó con todos sus nombres: Christopher Frank Carandini Lee. Lawrence alzó los ojos antes de que terminara.

—Demasiados nombres.

Lee invocó la ascendencia italiana de los Carandini mientras se acomodaba el abrigo bajo las rodillas.

—Eso explica que los conserve todos —dijo Lawrence.

Lee sonrió sin levantar los ojos.

—Usted, en cambio, fue probando.

—Los nombres sirven hasta que alguien empieza a utilizarlos para dar órdenes.

La Muerte levantó la tetera. El asa quedó encerrada entre unas falanges de una blancura doméstica que a Lawrence le resultó más inquietante que la guadaña. Llenó una taza y la dejó junto a su rodilla.

—CHAPMAN. LAWRENCE. ROSS. SHAW.

—Veo que trae el expediente.

—NO LO NECESITO.

Chapman era el apellido de su padre; en su casa habían aprendido a vivir sin usarlo. Con Ross, y después con Shaw, había intentado pasar inadvertido. Lawrence miraba caer el té mientras lo explicaba.

—¿Y Lawrence de Arabia? —preguntó Lee.

La tetera terminó de llenar la segunda taza. Una gota cayó sobre el borde y dejó una marca oscura.

—Ése podían usarlo todos.

Lee aceptó la taza y sopló el té.

—Drácula —dijo Lawrence.

—No hemos tardado ni cinco minutos.

—¿Cuánto suele tardar?

—Menos.

La Muerte llenó la última taza y se la ofreció a Lawrence. Él la cogió sin dar las gracias. Estaba escuchando algo.

—Tienen ustedes la misma voz.

Lee miró hacia la capucha.

—Le presté la mía en unas películas.

—LA UTILICÉ CON CUIDADO.

—Lo sé. Me habría gustado que ciertos directores hicieran lo mismo.

Lawrence miró las dos caras y bebió. El té era fuerte y sabía ligeramente a metal. Al otro lado del fuego, Lee se desabrochó el abrigo. Se estiró el puño de la camisa, que había quedado recogido dentro de la manga. Lawrence llevaba arena en la ropa. Había empezado a retirar piedrecillas de debajo de su bota y las disponía, sin mirarlas, en una hilera.

—He estado en desiertos como éste —dijo Lee.

—Éste no está en ningún mapa.

—Entonces todavía no lo ha reclamado nadie.

—Dé tiempo a los franceses.

La risa de Lee sobresaltó a su pasajero. Una pata huesuda se aferró a la solapa.

—Egipto —continuó—. Libia. Túnez. Pistas de aterrizaje. Mapas que había que recoger cada vez que avanzábamos.

Había querido ser piloto. Se tocó un párpado: los problemas de visión habían comenzado durante la instrucción. Acabó solicitando el ingreso en inteligencia.

—Una palabra arrogante —dijo Lawrence.

Lee recogió su taza antes de contestar.

—Solía significar que alguien entraba en una tienda y esperaba que usted supiera algo que todavía no le habían contado.

Lawrence conocía la situación. Las ruinas eran menos exigentes, dijo, girando entre los dedos una piedra de veta pálida. Para un trabajo de Oxford había recorrido castillos en Francia y Siria, midiendo muros, dibujando plantas. En los libros encontraba afirmaciones que los autores repetían sin haber vuelto a mirar una puerta.

—¿Y encontraba lo que buscaba? —preguntó Lee.

—A veces encontraba una cisterna. Era más útil.

Lawrence dejó la piedra en su sitio.

—Un castillo exige agua. Puede tener torres magníficas y un señor convencido de que Dios está de su parte. Si la cisterna se seca, todo eso cabe en una rendición.

La Muerte había extendido las manos sobre las llamas.

—¿Tiene frío? —preguntó Lawrence.

—NO.

—Entonces, ¿qué hace?

La Muerte miró las manos de los otros dos.

—COMPAÑÍA.

Lawrence bajó los ojos hacia su taza. Lee la levantó un poco, como si aquella respuesta mereciera un brindis discreto. Apuraron el té. Una ráfaga se coló entre las rocas y la arena repiqueteó contra la tetera. Lee habló de las fotografías aéreas, de los partes que debían estar listos antes del amanecer. Lawrence escuchaba sin mover las piedras.

—Desde arriba se ve mejor —dijo.

—Se ven otras cosas —contestó Lee, y dejó la taza en el suelo.

Con una ramita, Lawrence trazó dos surcos paralelos junto al fuego. Añadió líneas cortas entre ambos. Lee reconoció el ferrocarril antes de que terminara.

—Una vía. Se calcula dónde dañarla, cuánto tardarán en repararla, cuántos hombres tendrán que destinar a protegerla. Sobre el papel resulta limpio.

—Sobre el papel casi todo resulta limpio.

—Hasta que hay que escribir quién iba dentro.

El extremo de la ramita se quebró. Lawrence conservó el trozo largo.

—¿Quiere preguntarme si me arrepiento? —dijo Lee.

—Quiero saber qué hacía usted con lo que sabía.

Lee tardó en contestar.

—Trabajaba para que nuestros hombres regresaran.

—Y para que otros no pudieran hacerlo.

—Sí.

Lawrence esperó una explicación. Lee no la añadió. La Muerte de las Ratas había bajado hasta el antebrazo del actor. Desde allí contempló el ferrocarril dibujado en la arena, con la pequeña guadaña cruzada sobre las rodillas.

—¿Había ratas? —preguntó Lee a la Muerte.

—EN LOS TRENES. EN LAS TRINCHERAS. EN LOS ALMACENES.

—SQUEAK.

—SÍ. TAMBIÉN EN LOS ALMACENES DEL OTRO BANDO.

Lawrence pasó la palma por las vías. Quedaron unas depresiones poco profundas y una traviesa suelta.

—¿Y usted? —preguntó Lee—. ¿Qué hacía con lo que sabía?

Lawrence se limpió la mano en el pantalón.

—Intentaba que se cumplieran las promesas que había repetido delante de hombres que podían morir por creerlas.

El fuego se había comido la parte fina de una rama. El resto cedió, dejando al descubierto una veta naranja.

—Faisal tenía sus propios planes —continuó—. Los hombres que combatían con él sabían qué querían. Después lo contaron como si hubiesen estado esperando a que un inglés viniera a enseñárselo.

—Un inglés vestido de árabe.

—Era ropa práctica.

—Y fotogénica.

Lawrence lo miró con hostilidad. Lee mantuvo el rostro serio.

—Lo dice alguien que trabajó muchos años con una capa.

Lawrence apartó la mirada. Tardó un poco en sonreír.

—Sabíamos lo bastante para desconfiar de Londres —dijo—. Y seguíamos necesitando a Londres. Armas, dinero. Cada cosa que aceptábamos tenía una cuerda. Yo iba explicando que después podríamos cortarlas.

—¿Lo creía?

—Había días en que sí.

—¿Y los otros?

Lawrence miró su mano abierta, como si aún quedara arena en ella.

—Los días en que no lo creía, también hacía promesas.

La Muerte lo miraba desde el fondo de la capucha.

—¿Va a juzgarme? —preguntó Lawrence.

—HE VENIDO ANDANDO A SU LADO.

—No le pregunto dónde estaba.

—TAMPOCO YO LE HE PEDIDO UNA DEFENSA.

Lee recogió la tetera. Quedaba un poco y lo repartió entre las dos tazas de los hombres.

—No hay nadie aquí que pueda absolverlo —dijo.

—Eso lo sé.

—Entonces deje de comprobarlo.

Lawrence empujó su taza. Volcó y el té se derramó sobre la arena.

—Usted tiene una facilidad envidiable para encontrar la frase adecuada.

—Me he ganado la vida con ellas.

—Generalmente las escribía otro.

Lee acusó el golpe con una pequeña inclinación de cabeza.

—Generalmente.

El té se hundió en la arena. Durante un rato nadie habló. Lee acabó mencionando la película. Lawrence cerró los ojos al oírlo; los mantuvo así mientras el actor añadía que O’Toole era más alto.

—Todo el mundo era más alto.

—Él bastante.

Lawrence recogió la taza vacía y le quitó unos granos de arena del borde. Quería saber si era buena. Lee la llamó una gran película, y el hombre bajo volvió la taza entre las manos antes de levantar la cabeza.

—No le he preguntado eso. ¿Era yo?

Lee lo estudió. El pulgar de Lawrence seguía raspando el borde de loza.

—Había algo suyo. La distancia. Podía estar rodeado de hombres y seguir lejos de todos.

Lawrence sostuvo la taza entre las rodillas. Tenía las orejas encendidas por el fuego.

—Podía haber hablado de los camellos —dijo Lawrence.

Lee sonrió.

—También salían bien.

Una brasa saltó fuera del círculo de piedras. Lawrence la devolvió con la suela. Después la aplastó sin necesidad.

—Se quedaron con un hombre que podía caber en una pantalla.

—Usted había escrito un libro.

—Estuve allí.

—Eso le daba más material. También más cosas que ordenar.

Lawrence apartó la bota. Debajo quedó una costra negra.

—Elegía las palabras —admitió.

—Y dónde acababa cada capítulo.

—¿Está sugiriendo que yo fabriqué a ese hombre?

—Sugiero que alguna vez le abrió la puerta.

La Muerte de las Ratas trepó de nuevo hasta el hombro. Lee le sostuvo la guadaña mientras subía y se la devolvió por el mango.

—¿Y usted? —preguntó Lawrence—. ¿Nunca quiso que desapareciera el suyo?

—A menudo. Pero siempre venía un productor a explicar por qué debía ponerse otra vez los colmillos.

Lawrence observó que siempre podía haberse negado. Lee recogió la taza y la sostuvo un momento antes de beber.

—A veces me negué. Las otras acepté el trabajo.

Lawrence lo miró por encima de su taza vacía. Lee dejó escapar una risa por la nariz.

—Drácula alimentó durante años a un hombre al que molestaba que lo llamaran Drácula. Bebió lo que quedaba de té y dejó la taza junto a su bota. El aire cambió y el humo fue hacia ellos. Lee cerró los ojos. Su pequeño acompañante hundió el cráneo en la capucha; las luces azules quedaron reducidas a dos puntos casi juntos. Lawrence quiso saber qué habían conservado las películas del hombre que tenía enfrente. El cuerpo, respondió Lee. La voz. Una manera de quedarse quieto. La Muerte recogió su taza.

—A MÍ ME RECONOCEN EN SEGUIDA.

—Lleva uniforme —dijo Lawrence—. ¿Nunca ha pensado en cambiarlo?

El esqueleto miró la manga negra. Antes de responder pasó un dedo por una pequeña mella de la taza.

—YA TIENEN BASTANTES DIFICULTADES PARA ENTENDER LO QUE OCURRE.

Lee reconoció la caída de la última sílaba. Había trabajado aquella voz durante años, colocando el aire, midiendo las pausas. La había oído salir de altavoces, separada de su cuerpo, pero siempre podía anticipar la respiración siguiente. Ahora esperó. Bajo la capucha no se oyó ninguna. La pausa se alargaba; abrió la boca para corregirla y volvió a cerrarla. Lawrence lo estaba mirando. Lee se llevó dos dedos a la garganta y los retiró antes de hablar.

—Pratchett hizo algo por usted —dijo el actor—. Le dio conversación.

La Muerte retiró del té una escama de ceniza.

—DESPUÉS ALGUNOS DEJARON DE HUIR EN CUANTO ME VEÍAN.

La Muerte de las Ratas acomodó el cráneo contra el cuello del abrigo. Lee dejó la mano suspendida junto al hombro.

Lawrence preguntó qué había quedado del hombre, si las películas se habían llevado el cuerpo y la voz. Lee bajó la mano.

—En casa. Mi mujer me veía quitarme los zapatos.

Lee llevaba cincuenta y cuatro años casado cuando murió. Lawrence volvió la cabeza hacia la Muerte y abrió la boca, pero acabó mirando de nuevo al actor.

—Eso es más de lo que yo viví.

Una rama cedió antes de que Lawrence formulara la otra pregunta.

—¿Fue feliz?

Lee tardó en responder.

—Muchas veces.

Lawrence se quedó mirando el asa de su taza.

—También eso parece mucho.

El actor no respondió. Cerca de su oreja, la pequeña guadaña se había inclinado; la enderezó con dos dedos. La noche enfriaba las piedras. Lawrence se arrimó al fuego. Lee tenía un hombro más bajo que el otro; lo conservó así mientras Lawrence le preguntaba cómo se llegaba a los noventa y tres años. Dijo que no lo sabía.

—Trabajar ayudaba —dijo Lee—. Había que aprenderse un papel. Estar en un sitio a determinada hora.

—Yo también trabajaba. La RAF. Los libros. Los motores. No me pasé los años sentado contemplando Arabia.

Lee levantó la mano.

—No quería decir eso.

—Lo parecía.

Una bolsa de resina se abrió en la leña y soltó un olor áspero.

—Usted buscaba maneras de dejar de ser Lawrence —dijo Lee—. A mí me interesaba seguir trabajando como Christopher Lee. Supongo que ésa fue una diferencia.

—No sabía que las motocicletas distinguieran entre ambas ambiciones.

Lee bajó la mirada.

—Tiene razón —dijo al fin—. Yo tuve más tiempo.

Lawrence dejó la ramita quebrada sobre las brasas.

—Cuarenta y seis —dijo, volviéndose hacia la Muerte—. A él le dio noventa y tres.

—YO NO SE LOS DI.

La Muerte acercó una rama al fuego. La sostuvo hasta que la llama prendió y entonces la soltó.

—¿Habría aceptado menos? —preguntó Lawrence a Lee.

El actor miró la mano que descansaba sobre su rodilla. La abrió y volvió a cerrarla antes de contestar.

—Podría haber prescindido de alguna tarde. De un año entero, no.

Lawrence levantó la vista. Sobre la arista de la roca que tenía enfrente faltaba una estrella. Buscó las otras, comprobó cuánto se habían desplazado.

—Quería una prensa pequeña —dijo—. Tipos. Buen papel. Que los márgenes quedaran como debían. Tenía Clouds Hill. Libros. Música. Podía haber aprendido a no hacer nada durante una mañana.

—Habría llevado una cuenta minuciosa de cuánto progresaba.

Lawrence soltó una carcajada. Lee se mantuvo inmóvil para no despertar a su acompañante. Lawrence buscó otra rama. Las que quedaban eran gruesas, difíciles de partir con las manos. La Muerte le tendió una ya partida. Él la aceptó.

—¿Qué hizo cuando se volvió demasiado viejo para trabajar?

—Seguí trabajando —contestó Lee—. Grabé heavy metal.

Lawrence detuvo la mano sobre el fuego. Lee tuvo que explicarle que se trataba de música. Había grabado después de cumplir los ochenta y continuado después de los noventa. Lawrence soltó la rama y miró a la Muerte.

—¿Usted lo permitió?

—NO ME PIDEN PERMISO.

Del cuello del abrigo surgió un chillido. Lee inclinó un poco la cabeza para escuchar.

—SQUEAK.

—A él le gusta —dijo.

—Tiene aspecto.

La Muerte de las Ratas se irguió con la guadaña levantada. Perdió pie en la tela. Lee ahuecó la mano bajo su cuerpo y lo devolvió al hombro. Lawrence se rio hasta que tuvo que agachar la cabeza. El fuego bajó. Ninguno se apresuró a alimentarlo. Lawrence levantó la tetera, comprobó que estaba vacía y la dejó otra vez en el suelo.

—¿Por qué nos trae aquí? —preguntó a la Muerte.

—USTED VENÍA HACIA AQUÍ CUANDO EMPECÉ A ACOMPAÑARLO.

Lawrence volvió la cabeza. Más allá de las rocas no podía distinguir el camino que había recorrido. Al otro lado del fuego, Lee se acomodó el abrigo y cerró los ojos. Se quedaron así un rato, escuchando el viento. Al este empezaba a palidecer una estrecha franja de cielo. Las rocas adquirieron volumen y el círculo del fuego se hizo más pequeño, como si durante la noche hubieran estado sentados en una habitación que alguien desmontaba desde fuera. Lawrence se incorporó primero. Se sacudió la arena de las rodillas y recogió las dos tazas vacías, que puso una dentro de otra. La de la Muerte seguía llena. Vaciló antes de derramar el té a un lado y añadirla a las otras; quedó un cerco pardo en el fondo.

—Perdone.

—ESTABA FRÍO.

Lee apoyó las manos en las rodillas. La Muerte de las Ratas se agarró al cuello del abrigo y esperó. Lawrence le ofreció el antebrazo al hombre alto. Lee lo aceptó sin hacer un comentario. La Muerte recogió la guadaña. En la luz gris, la hoja parecía una herramienta de labranza recién afilada. Lee señaló el este cuando Lawrence le preguntó hacia dónde iba. Era la dirección por la que había llegado Lawrence.

—¿Qué espera encontrar?

—Todavía no he ido.

Lawrence miró al oeste. El cielo conservaba allí las últimas estrellas.

—Muy poco militar.

—Ya no estamos en el ejército.

La Muerte de las Ratas acomodó el mango de la guadaña junto al cuello del actor.

—Sir Christopher —dijo Lawrence.

—Coronel.

—No vuelva a llamarme así.

—Entonces haga usted lo mismo.

Lawrence asintió.

—Christopher.

Lee se tomó un instante.

—¿Y usted?

Lawrence miró las tazas apiladas y el hueco que había ocupado entre las piedras.

—Lawrence servirá.

Se estrecharon la mano. Lawrence empezó a caminar hacia el oeste. La Muerte lo acompañó, guardando un poco de distancia. Detrás, Lee se había vuelto hacia el amanecer.

—Christopher.

El actor se detuvo. Lawrence quería preguntárselo una última vez: ¿de verdad había grabado aquella música a los noventa años? Lee asintió desde donde estaba.

—Absurdo —dijo Lawrence.

—Completamente.

Lawrence negó con la cabeza. Luego levantó la voz.

—Bien hecho.

La Muerte de las Ratas alzó la guadaña desde el hombro. Lee levantó una mano y siguió andando. Lawrence tardó un momento en reanudar la marcha. Su acompañante lo esperaba.

—Camina usted muy despacio.

—PUEDO CAMINAR MÁS DESPACIO.

Lawrence lo miró. Después metió las manos en los bolsillos. Continuaron.

Detrás quedó la hoguera. El viento hizo rodar un trozo carbonizado de rama hasta el lugar donde habían estado las vías del tren. Durante unos minutos se distinguieron dos caminos que se cruzaban junto al fuego. Uno iba hacia la claridad; el otro, hacia las estrellas que aún quedaban. Después quedó uno. Después ninguno.

Nota sobre las fuentes. El encuentro y los diálogos son ficticios. La Muerte y la Muerte de las Ratas son personajes de Terry Pratchett. Christopher Lee prestó su voz a la Muerte en la adaptación televisiva The Colour of Magic (2008).