En Estella, Al Tayr permite mirar el festival desde quienes empiezan: cómo se abre un lugar para escuchar y qué hace falta para conservarlo.
Alberto Ortega · Nocturnalia
La revelación de Al Tayr en la Semana de Música Antigua de Estella-Lizarra permite seguir el recorrido entre un escenario, un premio y una próxima invitación. En torno a esos músicos, y al exiliado que protagoniza su programa, aparece una pregunta menos cómoda que la celebración del encuentro: quién puede entrar, quedarse y volver.
En la fotografía, los tres sostienen el mismo diploma. Los dedos se reparten por el borde inferior; detrás, el retablo de Santa Clara ocupa casi todo lo que los cuerpos dejan libre. Abajo asoman las cabezas del público. Al Tayr acaba de recibir el reconocimiento de Revelación SMADE.
En el papel hay una cifra: 3.000 euros. La imagen tiene los elementos habituales de una ceremonia cultural: sonrisas, patrimonio, una distinción que cabe entre las manos. El dinero introduce otra escala. Para seguir haciendo música hay que ensayar, desplazarse, encontrar dónde tocar. El pasado conservado en un manuscrito necesita personas que puedan dedicarle tiempo hoy.
Al Tayr obtuvo también el reconocimiento del público. La coincidencia permite hablar de la gran revelación de esta SMADE, aunque lo más interesante empieza después del elogio. El Aplauso SMADE lleva asociada una invitación a la siguiente edición. Quienes han escuchado intervienen así en una decisión de programación: quieren volver a encontrarse con esos músicos. El festival termina dejando un compromiso para 2027.
Hasta llegar a ese papel hubo un recorrido. Generación SMADE había previsto sus muestras del 7 y el 8 de septiembre en la Casa de Cultura Fray Diego y la final del día 9 en Santa Clara. Dos sedes, distintas ocasiones de exposición, una selección. El itinerario ofrecía a las formaciones jóvenes algo que ninguna declaración sobre el relevo generacional puede sustituir: un lugar dentro del festival.
En otro retrato, tomado en Fray Diego, los tres aparecen delante de una cristalera, cada uno con su instrumento. Alberto Espinosa sostiene la percusión contra el cuerpo; Olga Rodon tiene una flauta entre las manos; Jon Wasserman sujeta el largo mástil de un instrumento de cuerda. La fotografía deja ver madera, piel tensada, agujeros, clavijas. Todo aquello que la expresión «patrimonio inmaterial» obliga a llevar de un sitio a otro.
Su proyecto se llama El viaje de Abendino. En el orden del programa, entre Rodrigo Martínez y Avraham Avinu, aparece el Edicto de Granada. Basta recorrer esa lista para advertir qué clase de viaje propone el grupo. Entre dos piezas musicales se introduce una orden de expulsión.
Abendino es un personaje ficticio: un judío que abandona Granada tras el decreto de 1492 y atraviesa el Mediterráneo hasta Constantinopla. La ficción proporciona un trayecto a músicas y textos de procedencias diferentes. El exilio que la pone en marcha pertenece a la historia. Esa distinción importa, porque la facilidad con que hoy celebramos los encuentros entre culturas puede acabar embelleciendo las razones por las que tuvieron que encontrarse.
Abendino se desplaza porque ya no puede quedarse. Quien viaja a un festival conserva, en principio, la posibilidad de regresar a casa. El personaje lleva consigo la pérdida de esa posibilidad. No conviene aproximar ambos movimientos hasta hacerlos equivalentes. Su diferencia es precisamente lo que da espesor al programa: una reunión elegida puede escuchar la memoria de quienes fueron obligados a separarse.
El libreto permite seguir el procedimiento. Conviven piezas del Cancionero de Palacio y del Codex Squarcialupi con canciones sefardíes y tradiciones de los Balcanes y Anatolia. Los poemas y documentos dan dirección al recorrido. Una fuente escrita, una canción transmitida y una decisión de los intérpretes llegan al mismo trabajo conservando historias distintas.
El propio grupo presenta el disco como una elaboración contemporánea sobre el exilio y la memoria, sin atribuirle la condición de reconstrucción literal de 1492.
Ahí reside el interés de la propuesta y también su exigencia. Reunir músicas bajo el nombre del Mediterráneo no basta para explicar sus relaciones. El mar admite demasiadas cosas para servir de argumento por sí solo. Hace falta elegir qué se pone al lado de qué, reconocer las distancias entre los materiales y dar a cada transición una razón.
En Abendino, el edicto impide que el trayecto se lea únicamente como una sucesión de hallazgos hermosos. Hay una autoridad que decide quién debe irse. El festival, a su escala, toma decisiones de otra naturaleza. Elige a quién ofrece escenario, qué relación propone entre dos conciertos, cuánto cuesta sentarse a escuchar.
La curaduría empieza a ser legible cuando esas decisiones producen consecuencias. En Estella, permitir que el público contribuya a elegir un regreso modifica por un momento el reparto habitual de funciones: los oyentes reciben una programación y participan en una parte de la siguiente.
Tampoco esa coincidencia convierte al público en un solo oído. Un premio recoge una preferencia suficiente para distinguir a un grupo; no permite reconstruir lo que sintió cada persona ni borra las otras propuestas. Convertirlo en una unanimidad sentimental le quitaría interés al encuentro. La sala puede reconocer a los mismos músicos por razones diferentes y seguir albergando a quienes habrían elegido otros.
La delicadeza con la música también tendría que alcanzar a quienes intentan escucharla. Hay cuidados elementales que permiten compartir una sala: interrumpir una conversación, esperar para moverse, dejar que la frase termine. El silencio tiene bastante trabajo dentro.
Pero conocer el momento del aplauso no concede autoridad sobre el cuerpo ajeno. Una tos o un cambio de postura pueden recordar que la escucha requiere condiciones distintas para personas distintas.
La pregunta por el acceso encuentra en el programa una respuesta parcial y comprobable. Generación SMADE y las conversaciones de Café con… eran de entrada libre hasta completar aforo. Se podía acercar uno a los jóvenes intérpretes o a una conversación sin comprar una entrada de concierto. La gratuidad resolvía una barrera concreta; dejaba intactas otras, desde disponer del tiempo hasta poder desplazarse.
Durante esos días, la ciudad ofrecía destinos distintos a la atención. Micrologus en Santa Clara; Ramón Andrés y Raquel Andueza en la Escuela de Música Julián Romano; las propuestas jóvenes en Fray Diego. Entre una sede y otra quedaba un tramo de calle.
La programación permitía pasar de escuchar una interpretación a discutir una idea, o de un nombre conocido a otro que todavía había que aprender. Ese cambio de posición explica mejor un festival que la suma de sus carteles.
Había además una cita para la que no bastaba con seguir el itinerario público. SMADE Social había reservado el encuentro de Miguel Rincón y Alejandro Palomas en la residencia San Jerónimo exclusivamente a sus usuarios. La precisión estaba en el programa.
En esa actividad, los músicos iban a donde vivían sus oyentes. La residencia dejaba de ser un lugar exterior al mapa cultural de la semana. Ese desplazamiento obliga a corregir la imagen cómoda de una comunidad formada por quienes consiguen llegar a una sala.
También cuenta la decisión de acercar una actuación a quienes están en otro sitio. No sabemos lo que cada residente sintió, y sería abusivo escribirles desde fuera una emoción ejemplar. Sí podemos examinar el gesto de programación: una parte del festival tenía destinatarios que no eran el público de paso.
Passio, el lema de esta edición, adquiere aquí una dimensión menos declamatoria. La disposición a dejarse afectar necesita una hora disponible, un asiento, un acceso posible. Antes de que la música haga algo con nosotros, alguien ha organizado las condiciones para escucharla.
Raquel Andueza y el equipo de la SMADE pusieron en relación esos espacios y formatos. El resultado se puede juzgar por las relaciones que hicieron posibles, sin pedirle al lema que garantice de antemano su bondad.
También hay que dejar lugar a una experiencia fallida. A quien no encuentra lo que esperaba, a quien escucha sin entusiasmo, a quien prefiere marcharse. ¿Qué lugar conserva quien se detiene?
La pregunta alcanza al público y, de otra manera, a los músicos que no obtienen el reconocimiento. Un festival capaz de descubrir talento necesita que la distinción de unos no convierta a los demás en material sobrante de la ceremonia.
La fotografía del premio permite recordar ese límite. Al Tayr ocupa el centro, pero no está solo: a un lado hay otros intérpretes y otro diploma; delante permanecen los espectadores. El encuadre conserva algo que una lista de ganadores suele perder. La revelación ha ocurrido entre otros.
Ahora la palabra debe soportar el tiempo. El premio puede facilitar trabajo; una invitación puede abrir una nueva ocasión de escucha. Ninguno garantiza una trayectoria. El entusiasmo de septiembre tendrá que encontrarse con decisiones tomadas en los meses siguientes, cuando ya no baste con celebrar que tres músicos han llegado hasta aquí.
Quienes coincidieron en Estella pueden volver a sus vidas sin conservar una pertenencia común. Haber escuchado juntos no les impone amistad ni idéntica emoción. Sin embargo, la semana deja algo más preciso que el recuerdo de una sala llena: la elección de volver a ofrecer un lugar a quienes estaban empezando a ocuparlo.
En el diploma queda escrita una cantidad. La invitación exige reservar una fecha.
