Saturninos lectores, venusianas lectoras y marcianos varios que todavía andéis despistados:
Es posible que, después de algún tiempo visitando Nocturnalia, hayáis reparado en una serie de anomalías.
La primera es bastante grave.
No tenemos redes sociales.
Ninguna.
No hay un community manager publicando a las ocho y cuarto de la mañana una fotografía de una taza de café acompañada por la frase «Hoy elegimos cultura». No hacemos vídeos verticales señalando palabras que aparecen sobre nuestras cabezas. No bailamos. No sincronizamos los labios. No hemos preguntado jamás «¿y tú qué opinas? Déjanoslo en comentarios». Y, hasta donde sabemos, ninguno de nuestros redactores ha señalado todavía una flecha roja mientras pone cara de haber descubierto la tumba de Tutankamón.
La razón es sencilla: no nos gustan los algoritmos.
O, siendo algo más precisos, no nos gusta que un algoritmo decida qué merece vuestra atención, cuánto tiempo debéis dedicarle y en qué momento conviene interrumpiros para enseñaros unas zapatillas que mirasteis durante siete segundos el martes pasado.
Tampoco creemos demasiado en la tiranía del clickbait.
Por eso nuestros titulares presentan el pequeño inconveniente de guardar cierta relación con los artículos que encabezan.
Sabemos que es una extravagancia.
Intentaremos superarla.
Quizá también hayáis observado otro fenómeno insólito: en Nocturnalia no hay publicidad.
Ni ventanas emergentes.
Ni banners.
Ni una lavadora siguiéndoos durante tres semanas por Internet.
Ni ese inquietante botón que permite «rechazar todas las cookies», después de localizarlo mediante una expedición arqueológica de cuarenta minutos por siete menús diferentes.
No utilizamos cookies publicitarias porque consideramos que vuestra privacidad nos pertenece aproximadamente tanto como vuestra nevera.
Es decir: nada.
Y vuestro tiempo tampoco.
Cuando alguien entra aquí queremos que encuentre un artículo, una fotografía, un ensayo, un poema, una entrevista o una historia. No una emboscada comercial acompañada de veinte mecanismos diseñados para impedirle marcharse.
Hay todavía una tercera rareza.
Si miráis detenidamente la página tampoco encontraréis el logotipo del Ministerio de Cosas Importantes, la Fundación del Excelentísimo Algo, la Consejería de Cultura y Otros Animales Mitológicos ni el sello de ninguna corporación que haya decidido generosamente proteger la libertad intelectual después de recibir el correspondiente beneficio fiscal.
No están.
La explicación vuelve a ser extraordinariamente sencilla:
nadie financia Nocturnalia.
Nuestro organigrama económico es considerablemente más sofisticado.
El socio capitalista del proyecto es un gato rojo.
El gato rojo pone el dinero.
Yo desempeño funciones de amanuense, chico de los cafés, fotógrafo, redactor, corrector, editor, documentalista, maquetador, conductor, técnico informático ocasional y persona que pronuncia palabras irreproducibles cuando WordPress decide que una fotografía de pronto debe medir cuatro metros de ancho.
La división empresarial de responsabilidades ha funcionado razonablemente bien hasta ahora.
El gato aporta capital.
Yo pierdo el pelo.
Él conserva el suyo.
Conviene explicar además una cosa que quizá desde fuera no resulte evidente.
Las entrevistas, perfiles, críticas, reportajes y fotografías que aparecen en estas páginas no llegan mediante teletransporte.
Se hacen como se hacía antes.
Uno coge una cámara.
Coge una libreta.
Se sube a un coche.
Conduce.
Compra combustible.
A veces paga un tren.
A veces un hotel.
Aunque esto último intentamos evitarlo porque el redactor jefe ha desarrollado una notable capacidad para vivaquear en lugares donde una persona sensata habría reservado una habitación.
El procedimiento suele consistir en localizar algún punto razonablemente horizontal, comprobar que no haya demasiados jabalíes, extender lo que corresponda y convencerse de que aquello no es precariedad sino periodismo de inmersión.
La diferencia conceptual ayuda muchísimo a conciliar el sueño.
También existe una política de contención del gasto alimentario.
El redactor jefe ayuna mucho.
Hay quien llama a eso disciplina metabólica.
Nosotros preferimos llamarlo presupuesto de producción.
En determinadas campañas de campo ha perfeccionado incluso un sistema revolucionario consistente en comer aproximadamente cada dos días, demostrando así que existe una línea extraordinariamente fina entre el ascetismo, la arqueología experimental y no querer pagar dieciocho euros por un menú turístico.
El gato rojo, entretanto, come diariamente.
De momento no hemos conseguido convencerlo de que adopte el modelo.
Tiene principios.
A veces, naturalmente, el redactor come.
Incluso, en momentos de irresponsabilidad financiera extrema, se toma una cerveza.
Después vuelve a casa y escribe.
Esta revolución tecnológica recibe el nombre de periodismo.
En los últimos meses hemos viajado, fotografiado, entrevistado, escuchado conciertos, recorrido exposiciones, leído libros y pasado muchas más horas de las médicamente recomendables delante de una pantalla.
Hemos dormido en hoteles.
Pocos.
En vehículos.
Más.
Y en algún lugar difícil de explicar a efectos contables.
Todo ello ha sido financiado mediante el sofisticado sistema económico conocido internacionalmente como ponerlo de nuestro bolsillo.
Bueno.
Del bolsillo del gato rojo.
Conviene mantener las jerarquías.
Publicar Nocturnalia supone aproximadamente 250 horas de trabajo al mes.
Doscientas cincuenta.
No sabemos quién inventó los meses, pero evidentemente no tuvo que editar una revista.
Y aquí aparece la parte de esta carta en la que normalmente debería surgir una plataforma de micromecenazgo, una fotografía en blanco y negro del fundador mirando por una ventana y alguna frase sobre «seguir haciendo posible este sueño».
Podéis relajaros.
Todavía conservamos cierta dignidad.
Lo que vamos a hacer es algo bastante menos dramático.
Estamos poniendo en marcha una asociación cultural vinculada a Nocturnalia.
Y antes de que alguien empiece a buscar la cartera:
también será gratis.
Asociarse no tendrá cuota.
Suscribirse a la newsletter tampoco.
No queremos convertir a los lectores en clientes. Queremos saber que existen.
Nos gustaría muchísimo que quienes encontráis aquí algo que merece la pena leer decidierais formar parte de esa comunidad y suscribiros para recibir las nuevas publicaciones, avances de los temas que estamos preparando y algunas noticias de esta pequeña criatura editorial.
Nada más.
No habrá nivel premium.
No habrá acceso gold.
No habrá un círculo platino para quienes aporten 19,99 euros al mes y obtengan el privilegio de leer el editorial cuarenta y siete minutos antes que los demás.
Cero euros.
Una cifra a la que el departamento financiero de Nocturnalia se ha adaptado con extraordinaria rapidez.
Sí.
Somos perfectamente conscientes de la contradicción.
Hemos decidido escapar del algoritmo y, como premio, acabamos de inventarnos más trabajo.
El gato rojo todavía no conoce todos los detalles.
Preferimos que los descubra progresivamente.
Tiene una edad.
Pero hay otra cosa que podéis hacer desde ahora y que probablemente sea más importante.
Compartid lo que os guste.
No todo.
No queremos convertiros en nuestros comerciales ni que persigáis familiares durante las cenas de Navidad recitándoles artículos de Nocturnalia.
Pero si alguna historia os conmueve, os enfada, os divierte o consigue que durante unos minutos miréis algo de otra manera, mandádsela a alguien.
Por WhatsApp.
Por Telegram.
Por correo electrónico.
Por una paloma mensajera.
Imprimidla y dejadla misteriosamente sobre la mesa de un bar.
Y, por supuesto, quienes sí utilizáis redes sociales sois absolutamente libres de compartir allí nuestros artículos. Nuestra guerra es contra la dependencia del algoritmo, no contra las personas que habitan dentro de él.
Ese gesto pequeño tiene para nosotros un valor enorme.
Porque detrás de esta revista no existe una empresa con veinte redactores ni un departamento de marketing.
Existe un gato rojo pensionista cuya economía dista bastante de la de Rupert Murdoch y un redactor jefe con un 67 % de discapacidad que considera, por motivos que algún especialista debería investigar algún día, que dedicar alrededor de 250 horas mensuales a levantar una revista cultural independiente, conducir cientos de kilómetros, vivaquear, fotografiar, escribir de madrugada y sustituir ocasionalmente una comida por café constituye una utilización perfectamente razonable de la existencia.
La combinación empresarial podría ser mejor.
También podría ser peor.
Podríamos tener inversores.
Y reuniones.
Y presentaciones de PowerPoint.
Así que tampoco nos quejemos.
No escribimos esto para provocar lástima.
La lástima es una pésima política editorial y probablemente todavía peor modelo de negocio.
Lo contamos porque creemos que el lector merece saber cómo se hace aquello que lee.
Cuando una revista es gratuita, alguien está pagando.
A veces paga un anunciante.
A veces una administración.
A veces una empresa.
A veces paga el lector con sus datos.
Aquí, por ahora, paga un gato rojo.
Y un señor que ha descubierto que una esterilla cuesta menos que una habitación y que el desayuno es, técnicamente, opcional.
Quizá precisamente por eso podemos permitirnos algunas cosas.
Podemos publicar cinco mil palabras cuando creemos que hacen falta cinco mil.
Podemos dedicar una página a un fotógrafo muerto hace décadas.
Podemos viajar para escuchar una conversación que quizá termine convertida en tres párrafos.
Podemos pasar frío para comprobar qué queda detrás de un topónimo.
Podemos salir de casa con una cámara, un saco y una cantidad de comida que preocuparía seriamente a cualquier madre mediterránea.
Podemos publicar un poema sin preguntarnos cuántas visitas tendrá.
Podemos hablar de libros que no están en ninguna lista de tendencias.
Podemos mirar despacio.
Eso es Nocturnalia.
Selección, no catálogo.
Y también una pequeña defensa del tiempo.
El nuestro.
Pero sobre todo el vuestro.
Por eso, si alguna vez encontráis aquí algo digno de permanecer unos minutos más en el mundo, hacedlo circular.
Asociaos, si os apetece.
Suscribíos, si queréis recibir noticias nuestras.
No os vamos a cobrar nada por ninguna de las dos cosas.
Bastante peligroso nos parece ya pediros una dirección de correo electrónico.
Nosotros seguiremos haciendo nuestra parte.
El gato rojo pondrá el capital.
Yo pondré el café.
La comida, cuando proceda.
Y mientras ninguno de los dos recupere completamente la cordura, habrá un próximo número.
Gracias por estar al otro lado.
La Redacción
por delegación del socio capitalista
