Nocturnalia no está en las redes sociales. No por descuido, desconocimiento o una súbita vocación de eremitas digitales. Sabemos cómo funcionan Instagram, TikTok, X y esa inmensa industria dedicada a conseguir que un pulgar continúe descendiendo por una pantalla hasta que el propietario del pulgar olvida vagamente para qué tenía manos. Precisamente por eso hemos decidido no estar.
Durante años nos explicaron que las redes sociales serían la nueva plaza pública: el ágora digital donde cualquiera podría encontrarse con cualquiera, hablar, disentir, compartir ideas y, en los días particularmente optimistas, mejorar la democracia. La metáfora era hermosa; la realidad ha resultado bastante más parecida a alquilar la plaza a un burdel.
Conviene no idealizar tampoco el pasado. El ágora ateniense no era precisamente una asamblea universal de ciudadanos libres e iguales, ni tampoco el foro romano. Mujeres, esclavos, extranjeros y pobres podrían haber hecho algunas observaciones al respecto, suponiendo que alguien hubiera considerado oportuno escucharlas. Pero aquellas plazas contenían una intuición política que sigue siendo extraordinariamente valiosa: entre la intimidad de la casa y el poder debía existir algún lugar común. Un espacio donde aparecer ante los demás, hablar, escuchar, disentir y, sobre todo, responder de las propias palabras.
Los primeros estoicos encontraron bajo aquellos pórticos el nombre y el escenario de su escuela. Roma tuvo su foro. Los cafés europeos acabarían haciendo algo parecido entre humo, periódicos y camareros probablemente hartos de la esfera pública. Mucho después, Jürgen Habermas le puso nombre a esa aspiración: esfera pública.
No se trataba simplemente de permitir que todo el mundo hablara al mismo tiempo —eso ya ocurre en una guardería y, desde hace algunos años, en internet—. Se trataba de crear las condiciones para que los asuntos comunes pudieran someterse al uso público de la razón: argumentos que pudieran ser examinados, discutidos y respondidos por otros. La idea es ingenua en el mejor sentido de la palabra: la autoridad de una afirmación no debería depender únicamente de quién la pronuncia, cuánto dinero tiene, cuántos seguidores arrastra detrás o con qué eficacia consigue incendiar a cuarenta mil desconocidos antes del desayuno. Debería importar, al menos de vez en cuando, si tiene razón.
El feed es una plaza privada. Tiene un sistema invisible que decide quién se sube a la fuente, quién habla desde una esquina y quién termina discutiendo completamente solo detrás de los urinarios mientras una marca de suplementos alimenticios le desea feliz martes. El algoritmo organiza la conversación antes de que la conversación empiece. No pregunta qué idea es más verdadera, compleja o necesaria: pregunta cuál consigue que permanezcamos otros siete segundos.
Siete segundos. A veces eso es todo lo que separa una reflexión política de un señor cayéndose de una moto. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Lo que indigna circula. Lo que excita circula. Lo que confirma prejuicios circula maravillosamente. Lo que provoca miedo, deseo, ternura instantánea o ganas de estrangular a un desconocido suele desenvolverse bastante bien. Una reflexión de ocho páginas sobre la erosión de la esfera pública tiene, admitámoslo, peor salida comercial que un vídeo de un mapache robando una hamburguesa.
Y así empezamos a aprender: no expresamos solamente lo que pensamos; empezamos a pensar aquello que puede circular. El argumento se convierte en titular, el titular necesita acortarse, la frase necesita una imagen y la imagen necesita provocar una reacción antes de que llegue la siguiente imagen. En algún punto del proceso, la cabeza termina convertida en un escaparate donde cada pensamiento lleva debajo su pequeño precio emocional. Al final, aquello que llamábamos conversación pública se parece menos a una stoa que a un mercado farisaico de likes, donde eres el más guapo, el más inteligente o el más fucker: un bazar de autoestima al peso.
Pero las plataformas no solo transforman lo que decimos; nos transforman a nosotros. Nos han enseñado una pequeña metafísica portátil: existir es aparecer. Ser visto significa importar. Desaparecer del flujo empieza a parecerse peligrosamente a desaparecer del mundo. Por eso hay que opinar deprisa, indignarse deprisa, consumir deprisa, contestarlo todo, publicar de nuevo y regresar a comprobar quién ha reaccionado —como el animal de laboratorio que ya no necesita que nadie pulse el botón porque ha aprendido a electrocutarse solo.
La inmediatez se presenta como libertad mientras funciona como una disciplina. La antigua plaza exigía comparecer ante los demás; la nueva exige representarse ante ellos. Entre vivir algo y recordarlo apareció una tercera obligación: demostrar que ocurrió. No basta con leer un libro: hay que fotografiarlo. No basta con visitar una exposición: en algún momento alguien decidió que Las meninas necesitaban también nuestra cabeza en primer plano. No basta con viajar, comer, enamorarse, aburrirse, sufrir o despedir a los muertos: todo puede convertirse en contenido. Incluso los muertos pueden convertirse en contenido; quizá porque rara vez protestan por el encuadre y porque, convenientemente iluminado, hasta el duelo admite un buen carrusel.
Aquí empieza algo bastante más serio que el postureo, porque el postureo no es solo una frivolidad contemporánea: es una pedagogía. Millones de personas están aprendiendo a contemplarse desde fuera, a supervisar su propia existencia desde la hipotética mirada de una audiencia. La cámara ya no necesita estar encendida: basta con saber que podría estarlo. El escenario ha terminado entrando dentro del actor y, llegado cierto punto, resulta difícil saber dónde termina la persona y dónde comienza el departamento de comunicación de la persona. Quizá en la mandíbula. Quizá en el desayuno. Quizá ya no termine en ninguna parte.
No queremos contribuir a esa educación desde una revista cultural. No queremos convertir a los escritores en cromos, las exposiciones en decorados, los libros en accesorios, los lectores en seguidores ni el pensamiento en el material ligeramente incómodo que aparece entre dos vídeos de alguien cocinando pasta dentro de una rueda de parmesano.
Por eso nuestra decisión es sencilla: Nocturnalia no tendrá redes sociales.
- No fabricaremos una personalidad editorial obligada a llamar la atención varias veces al día para demostrar que sigue viva.
- No convertiremos cada publicación en el anuncio de la siguiente.
- No fingiremos entusiasmo un martes a las once y cuarto porque una herramienta de analítica ha decidido que a esa hora nuestros lectores tienen mayor propensión a sentir curiosidad.
Sería absurdo fundar una revista para escapar de ciertas formas de ruido y terminar contratando nosotros mismos la megafonía. Quien quiera compartir nuestros artículos podrá hacerlo; quien quiera discutirlos, también; y quien quiera criticarlos, ridiculizarlos o llamarnos imbéciles podrá hacerlo dentro de una larga y honorable tradición democrática. Nada terrible sucede después: ninguna máquina corre detrás preguntando si desea ver OTRO CONTENIDO QUE PODRÍA INTERESARLE, ningún píxel de seguimiento sale de debajo de la cama y ninguna cookie exige conocer sus inclinaciones filosóficas, su talla de zapatos o lo que estaba mirando el jueves pasado a las 02:13.
Queremos recuperar una posibilidad que la cultura de la conexión permanente empieza a considerar casi obscena: terminar. Un artículo puede terminar. Un disco puede terminar. Una conversación puede terminar. Una tarde puede terminar. Incluso una experiencia extraordinaria puede acabarse sin dejar un vídeo vertical de cuarenta segundos como prueba judicial de su existencia. No hace falta que todo deje cadáver digital. Ese extraño fenómeno todavía tiene nombre: Silencio.
Frente al currículum de la inmediatez queremos ensayar algo parecido a un contracurrículum de la demora: aprender a leer despacio, sostener una duda, cambiar de opinión, guardar algo para uno mismo y no responder inmediatamente. Incluso aburrirse. Sobre todo, aburrirse. El aburrimiento es un territorio peligroso para cualquier economía basada en la captura de atención: una persona aburrida puede empezar a pensar sin permiso. Y una persona que piensa sin permiso constituye, desde el punto de vista de ciertas aplicaciones, una incidencia técnica.
También reivindicamos una forma modesta de intimidad. No como retiro aristocrático del mundo, sino como condición para volver a él con algo que decir. Hay pensamientos que necesitan permanecer un tiempo sin audiencia. Hay opiniones que mejoran extraordinariamente si no son publicadas en los primeros treinta segundos; algunas incluso alcanzan su forma más perfecta cuando no llegan a publicarse nunca: una conquista civilizatoria que quizá deberíamos proteger con casco.
La esfera que nos interesa empieza precisamente ahí, porque una sociedad que pretende llamarse democrática necesita lugares donde una palabra pueda valer por alguna razón distinta del número de personas que han pulsado sobre ella. Sabemos perfectamente lo que perdemos: alcance, tráfico, difusión, seguidores, visibilidad; quizá dinero. También sabemos lo que conservamos: tiempo, distancia, silencio, independencia y la posibilidad de publicar por una razón bastante antigua y poco escalable: porque creemos que algo merece ser leído.
No sabemos cuántas personas llegarán a Nocturnalia. Tampoco nos importa. La sensatez económica y la dignidad intelectual no siempre han compartido cama y, cuando lo han hecho, conviene revisar quién pagaba la habitación. Queremos hacer de la revista un lugar donde todavía sea posible detenerse, hablar, contradecir, pensar y marcharse. Sobre todo, marcharse.
Quizá la prueba definitiva de que un espacio es verdaderamente libre no consista en que cualquiera pueda entrar, sino en que cualquiera pueda salir sin que nadie corra detrás para preguntarle si desea activar las notificaciones.
